Te odio: La reina del burdel de Londres 7
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El tiempo en el barco pasaba lento. Por lo que, un día, Hugo decidió buscar a Belrose e ir con ella a beber vino.

Hugo, aunando todas sus fuerzas, consiguió armarse de valor y salir en busca de la bodega.

Quería beber todo lo que pudiera hasta quedarse dormido.

El capitán decía que ya quedaba poco para llegar a Londres.

Hugo quería creerle, ya que todos le decían lo mismo, pero desconfiaba de todo el mundo.

Aquel día, el hambre le había obligado a comer un poco de cecina, unos trozos de queso maloliente y un vaso de gazpacho. Lo había vomitado casi todo al poco rato, pero su estómago parecía haberse quedado tranquilo.

El carpintero del barco estaba faenando cuando Hugo se acercó a la puerta de la bodega. El barco siempre parecía estar lleno de agua y Hugo no entendía cómo la embarcación que los había llevado a Oporto era más fuerte y estable que aquella goleta roñosa.

La goleta en cuestión tenía cuatro mástiles, con numerosas velas blancuzcas, además de una más grande que tenía una franja azulada con el escudo de Portugal.

El capitán los había saludado cuando habían subido a la que él llamaba la Orellana , en honor a un conquistador de Extremadura, que a saberse dónde cojones estaba eso.

Belrose debía de haber comprado los pasajes más baratos que hubo encontrado, para así quedarse con el dinero que sobrara. Hugo no lo suponía, sino que lo sabía; ya que él habría hecho lo mismo.

Hugo se internó en la bodega, negra y húmeda. Varios barriles de vino se amontonaban en las paredes y numerosos sacos de arena se apilaban en una de las esquinas, donde una cuadrilla de ratas jugueteaba.

—¡Belrose! —llamó Hugo hacia la profunda oscuridad que no le permitía ver lo que se hallaba al final de la bodega.

La voz del zagal resonó y ahuyentó a las pobres ratas que veían cómo su hogar era invadido por un bárbaro desalmado.

—No está —contestó una voz femenina y aguda desde el fondo.

Otro Hugo habría avanzado hasta el fondo con el paso firme y los puños prietos, pero ahora estaba en un barco, y el Hugo que surcaba los mares era todo menos valiente.

—¿Quién eres? —preguntó Hugo a la nada.

—Somos tus amigas —contestó la misma voz.

—¿Amigas? —preguntó Hugo mirando a las ratas.

—Sí, petit Hugo, son mis amigas —susurró una voz detrás de Hugo.

La voz de madame Belrose era inconfundible.

Hugo se giró, no para comprobar si de verdad era Rose, sino porque era peligroso darle la espalda a alguien como ella.

Allí estaba la artífice de aquel plan, con una lamparilla en la mano izquierda y una sonrisa tan ardiente como las llamas del propio candil.

—¿Quieres conocerlas? —preguntó Belrose dando a entender que, en realidad, no era una pregunta.

—Yo en realidad venía a por vino…

Belrose se sacó una botella de vino de debajo de la túnica, se la dio a Hugo y se dirigió hacia las sombras, ahuyentándolas con su haz de luz llameante.

—Un candil en un barco de madera… —murmuró Hugo para sí mismo—. ¿Qué puede salir mal?

Hugo vaciló, pero al final sabía que no le quedaba otra que seguir a Belrose a través de la negrura: ella era su faro, su guía, la única que tenía un fuego interno tan abrasador que no había sombra capaz de apagarlo.

Hugo no era más que una pequeña brasa y sabía que, sin una llama candente al lado, se extinguiría.

La luz del candil de Belrose se paró e iluminó una esquina de la bodega.

Había cuatro niñas. Todas estaban muy delgadas, desaliñadas, llevaban la ropa ajada, las caras de todas ellas estaban sucias, negruzcas, y ninguna estaba bien peinada.

Pero, a pesar de toda aquella suciedad, Hugo pudo entrever que aquellas niñas eran gráciles y angelicales.

—Te presento a mis prunelles —dijo la madame alumbrándolas con el candil—. Presentaos al petit Hugo.

—Soy María, aunque la madame me dijo que, cuando lleguemos a Londres, seré Mary —contestó la primera con un marcado acento gallego.

—Yo soy Ana, aunque me convertiré en Annie, la más deseada de Londres —contestó la segunda con un acento andaluz.

—Me llamo Isabella, pero para los aristócratas ingleses seré Elizabeth —contestó una tercera niña.

—Yo soy Catarina, pero en Londres seré la hermosa Katherine —contestó la última con un acento como el de Belrose.

Hugo se quedó petrificado observando a aquellas cuatro querubinas alborozadas, sabiendo cuál sería su pobre y leonino futuro.

—¿Qué te parecen, petit Hugo? —preguntó la madame alargando su sonrisa y acariciando la cabeza de María.

—Creo que me ocultas cosas, Belrose —susurró Hugo mostrándose compungido—. Creía que éramos un equipo y que yo también estaría al tanto de todo.

Madame Belrose frunció el ceño y, acto seguido, se llevó una mano al pecho.

—Yo jamás haría eso, mi querido camarade … Es solo que no me gusta vender la leche antes de ordeñarla.

Hugo miró a las niñas y vio en ellas una mirada ardiente, ávida de nuevas aventuras que les hicieran olvidar la inmundicia en la que debían de haber vivido en Oporto.

Quizá Belrose les hubiera explicado algo, pero Hugo sospechaba que lo único que les habría dicho era que iban a tener una vida mejor allá a donde iban.

«¿A cambio de qué, Belrose? Eso no lo cuentas, nunca muestras el precio de la felicidad que vendes», pensó Hugo mirando las sonrisas de aquellas cuatro niñas.

—¿Qué edad tenéis, zagalitas? —preguntó Hugo inclinándose hacia las niñas.

—Nueve, diez, once y doce —respondió Belrose señalándolas en el mismo orden en el que habían hablado previamente.

Hugo le dedicó una mirada feroz a su protectora.

—Pronto llegaremos a Londres, jovencitas. Sed pacientes y no salgáis de aquí —ordenó Belrose—. Vamos fuera, petit Hugo.

Una vez fuera de la bodega, la madame cambió su expresión y le dedicó a Hugo una mirada de enfado propia de una madre.

—¿Acaso me tomas por un monstruo?

—Sé lo que pretendes hacer con esas muchachas…

Belrose bufó.

—Sí, darles un futuro mejor… Por ahora solo van a aprender modales, buena educación y a comportarse como verdaderas damas. No empezarán a trabajar hasta los dieciséis. Así que quita ese ceño fruncido.

—Las vas a utilizar en tu beneficio… al igual que usaste a Magda, al igual que vas a usar a Juana y al igual que me usarás a mí…

Hugo esperó el golpe, incluso se encogió de hombros por instinto; pero madame Belrose era una meretriz, no una monja, y no le golpeó, sino que le sonrió.

—De no ser por mí, Magda habría muerto de peste blanca.

Sin mí, vosotros dos estaríais de vuelta en el orfanato.

Sin mí, esas niñas morirían de cólera en apenas unos años.

—Belrose hizo una pausa, se acercó al borde de la cubierta y escrutó el horizonte: dos enormes bloques de tierra altos como columnas custodiaban un gigantesco canal hacia el que se dirigía el barco—.

Cualquier futuro es mejor que morir de hambre y frío en un callejón maloliente, donde lo único que puedes hacer es rezar para que los opiómanos no te violen y luego vendan tu cuerpo enfermizo por partes.

Hugo se sintió apesadumbrado. Había días en los que el sol brillaba en su interior, días oscuros y nebulosos en los que él solo veía luz y felicidad; días en los que los problemas causaban sonrisas, en los que la tristeza era algo efímero e irreal; días en los que agradecía al mundo estar vivo.

Hasta que llegaban los otros días.

Días en los que el sol brillaba y la naturaleza le mostraba sus mejores obras de arte, pero en los que una oscuridad infinita se apoderaba de su alma y consumía cada brizna de luz que intentaba penetrar su corazón; era en aquellos días cuando cualquier problema le arrancaba una lágrima de los ojos.

Cada desgracia le recordaba que aquel mundo no merecía la pena, que vivir era una maldición, una enfermedad que se transmitía a través del fornicio con el único fin de perpetrar un dolor eterno en el alma de las personas que moraban en la tierra.

Hugo había vivido la mayor parte de su vida en días oscuros y, al escuchar el relato de la madame, sabía que muchas otras personas habían pasado por situaciones iguales de terribles que las suyas.

Belrose era dura, no se dejaba embriagar por fantasías irreales de días resplandecientes; no, ella conocía la realidad más descarnada.

Tenía los pies en la tierra, y sabía que cuando una herida se infectaba y se gangrenaba, lo mejor era amputar.

Ella era, en resumidas cuentas, una cirujana de la vida.

No le temblaba el pulso cuando tenía que actuar, cuando tenía que abandonar una vida en un callejón, cuando tenía que matar una ilusión.

A ella solo le importaba salvar a los que podían ser salvados.

Belrose era la que convertía los días oscuros en días luminosos. Hugo sintió una admiración hacia ella que jamás olvidaría.

—¿Cuál será mi tarea en Londres? —preguntó, armándose de valor.

Belrose soltó una pequeña risotada, le arrancó la botella de vino y le dio un buen trago.

—Tú, petit Hugo, harás lo que el emperador no pudo hacer: conquistar Londres.

No te he traído para que expulses a los rijosos problemáticos de mi futuro burdel, eso lo hará Magda.

Tampoco quiero que atiendas a las meretrices que allí vivan, eso lo hará Juana.

Ni mucho menos que practiques la sodomía.

No, mi niño, tú estudiarás y te convertirás en un lord inglés, así luego nos sacarás a todas de esta miserable vida.

Hugo le dio un trago a la botella de vino.

Asintió y se colocó la boina que el viento, con obstinación, intentaba arrebatarle.

Con los codos apoyados en el balaustre de la goleta, escrutó la apertura hincada entre las dos tierras.

Estaba excitado, ávido de llegar a Londres, deseoso de nuevos desafíos; aunque no tenía ninguna duda de que madame Belrose lo explotaría como a una de sus concubinas, quizá no tendría que desnudarse, pero le joderían igual que a las demás.