Te odio: La reina del burdel de Londres 6
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Hugo pensó que sentiría alivio cuando por fin embarcaran hacia Londres, pero fue todo lo contrario.

Durante toda su vida, Hugo se había considerado una persona valiente; había recorrido las sinuosas callejuelas del infierno y había conseguido escapar de él, al menos eso creía Hugo.

Aunque eso había sido antes de conocer lo que Magda había denominado océano; para Hugo aquello no era más que otro tipo de infierno, uno menos cálido, pero igual de terrorífico.

Al principio, la inmensidad del agua le había fascinado, pero todo cambió cuando empezaron a navegar.

Hugo estaba aterrado, tanto que sentía calor cuando los demás tiritaban, le temblaban las manos y no era capaz de agarrarse con firmeza a los tablones del barco que servían de barandillas.

No importaba hacia donde mirase, Hugo solo veía agua; aunque era peor al caer la noche, cuando desaparecía para fundirse con la oscuridad del firmamento.

Un mar sombrío y una siniestra calma les envolvía como una serpiente que asfixia a su presa.

El barco de vela se mecía sobre las olas como un niño pequeño en brazos de una meretriz borracha, provocando que las tripas de Hugo añoraran los días de austeridad y ayunos.

Llevaban ya dos semanas de viaje en la mer , como decía Belrose, y Hugo solo podía pensar en pisar la tierra y en no volver a navegar en su maldita vida. El trayecto por el río Tormes, y después por el río Duero, le había fascinado, pero había algo en aquel mundo repleto de agua que le angustiaba.

Miraba hacia abajo y veía oscuridad, miraba hacia arriba y veía más oscuridad.

Debajo de las tablas que crujían se ocultaba un abismo desconocido.

Hugo sentía que aquella profundidad le llamaba y le imploraba que se sumiera en ella.

Hugo, además, se sentía humillado; una vergüenza le recorría todo el cuerpo, ya que los demás parecían disfrutar enormemente del viaje.

Juana se pasaba los días mirando por la cubierta y hablando con Magda; ambas, siempre con una sonrisa dibujada en el rostro.

Belrose no se quejaba, aunque tampoco se dejaba ver mucho y, cuando Hugo preguntaba por ella, siempre le decían que estaba en la bodega.

Hugo se imaginaba que estaría allí empinando el codo.