Te odio: La reina del burdel de Londres 3
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—Juana… ¿ha vuelto ya Rose? —preguntó Magda medio dormida.

—No, pero me dijo que te despertara para salir como alma que lleva el diablo en cuanto ella llegara —contestó Juana aletargada.

Magda gruñó.

—¿Por qué no me has despertado entonces?

A Hugo la espera se le estaba haciendo eterna, pero no se podía quejar.

Tenían comida y un techo bajo el que dormir, aunque eso había sido gracias a Magda.

Era tarea de Belrose conseguir los pasajes a Londres, y sabían que la madame se estaba esmerando en ello, pero mientras tanto, Magda se las había ingeniado para conseguirles un lugar donde cobijarse.

Magda, desoyendo las protestas de Juana, había vuelto a trabajar para conseguir unas monedas con las que pagar un alojamiento hasta que algún barco con destino a Londres tuviera un hueco libre para ellos.

A Juana le había molestado que Magda volviera a trabajar como meretriz. Juana sentía por aquella mujer una cariño infantil y visceral; un sentimiento propio de una huérfana que, sin madre, idolatraba a aquella mujer que le había dedicado una brizna de amor.

—¿Dónde andará la madame? —preguntó Juana dándole un codazo a Hugo.

—Conociéndola… bebiendo vino y embaucando a algún capitán de barco —murmuró Hugo.

Juana asintió con un sonido gutural.

El aura de fantasía que rodeaba a madame Belrose se había disipado durante el trayecto por el río Duero.

El culpable de aquello no era otro que el sangriento vino.

A bordo del barco de vapor había poca agua potable, y lo poco que quedaba se la reservaban a Juana y a Hugo.

Los adultos tuvieron que beber vino para saciar su sed.

Así ocurrió que, llevando bebidas ya más de dos damajuanas de vino, la madame decidiese dar rienda suelta a su lengua.

Rose, además, hizo algo que asombró a Hugo: despojarse de sus ropajes.

El vino la había acalorado, y la madame le enseñó a Hugo una gran lección: la edad no mata la belleza.

Ataviada nada más que con un corsé oscuro que tapaba sus partes femeninas y con una botella de vino en mano, Rose Fèvre contestó a la pregunta que le había hecho Hugo.

—¿Cómo acabó una mujer como usted así?

La madame le profirió un tórrido beso a la boca de vidrio con sus labios rosados, macerados, tan majestuosos que fue el propio vino el que se impregnó de ellos; apuró la bebida con un largo trago y comenzó su relato.