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—Todo empezó en Francia —comenzó a relatar Rose Fèvre con un suspiro.
»Nací en París, en los albores del Imperio napoleónico iluminando a la nación; aunque no fue en ninguna cama de hospital, sino a orillas del río Sena .
»La mujer que me parió era una trabajadora del famoso barrio rojo de París ; se las conocía como soumises y se ganaban la vida en las maisons de la tolérance que poblaban la zona. En resumen: era una meretriz gitana de piel tostada que trabajaba en un burdel.
»¿Entonces por qué no me parió en una cama junto a sus compañeras?
La respuesta es bien sencilla: quería conservar su puesto.
Por lo visto la susodicha no era una ramera cualquiera; no, ella no se dedicaba a aliviar a los borrachos que pasaban por las esquinas…
no, ella trabajaba en un burdel de lujo.
¿Cómo era de lujoso su burdel? Digamos que era donde le comían a Napoleón sus diminutos couilles .
Rose se aclaró la garganta y volvió a darle un trago a la damajuana.
»Claro que todo esto me lo contó mi querido padre. ¿Era Charles Fèvre mi padre biológico? ¿O solo fue un hombre honrado e ingenuo que se vio engañado por una arpía? Las respuestas no me importan lo más mínimo…
»Mi padre era una persona honesta y trabajadora, a quien el destino le había arrebatado de forma prematura a su gran amor; pero él, como la mayoría de los hombres, tenía también una amante, una que le calentaba el corazón y le permitía llenar los huecos que deja el amor en nuestra vida cuando nos abandona, y esa amante era la forja.
»Charles era herrero, se pasaba día y noche en la forja, y cuando alguien dejó a su supuesta hija en la puerta, su vida no se alteró en lo más mínimo. Él seguía pasando su vida allí metido, solo que ahora tenía compañía.
»Tengo vagos recuerdos de aquellos días, momentos agradables que se han quedado cristalizados en mi mente.
Fue una etapa feliz, aunque no fue fácil; y ahora, cuando echo la vista a atrás, me doy cuenta de que la felicidad se puede hallar hasta en los momentos más oscuros y pecaminosos de nuestra vida.
»Charles Fèvre jamás me golpeó, ni tampoco me insultó. Papá decía que la vida se encargaría de ello. Su dedicación hacia mí fue la misma que mostraba hacia sus armas; y se empeñó en templar mi personalidad para que no hubiera persona en el mundo capaz de quebrarme.
»Sus últimas palabras todavía resuenan en mi mente: “Te podrán doblar, te podrán golpear, incluso te podrán desarmar, pero una de mis espadas jamás se romperá en combate, y tú eres mi mejor espada”.
»Me dijo aquello en el año mil ochocientos diez, cuando yo tenía diez años. Charles me envió al sur de Francia, o lo que él creía que sería el sur de Francia, ya que los españoles les demostraron a los franceses que cuando dejan de pelear entre ellos por un enemigo común son invencibles.
»Sobreviví porque yo no tengo patria más que mi propio higo, lo demás no me importa. Aprendí castellano en apenas dos años, y me cambié de bando cuando Wellington les dio por culo a los franceses en Ciudad Rodrigo. Para la batalla de Arapiles yo ya iba gritando “¡Por España!”.
»En Francia soy una traidora a la patria, ya que les vendí secretos a los guerrilleros españoles a cambio de mi propia vida y un par de hogazas de pan.
Se podría decir que fue la primera vez que me desvirgaron el alma.
Luego aprendí que mi cuerpo era también una fuente infinita de recursos que podía explotar y que los hombres no eran más que monos peludos, fuertes, violentos y… manipulables.
»Cuando llegó el Deseado, yo ya estaba asentada en Salamanca y sabía cómo ganarme el pan.
Después de la guerra, cientos de niñas se habían quedado huérfanas y desamparadas.
Yo las convertí en mi huerto y, con esmero y mimo, las labré, las regué y luego recogí sus frutos.
Aunque tuve que quemar muchas malas hierbas por el camino.
»Magda fue una de aquellas niñas extraordinarias. Hija de un soldado británico que había fornicado con una de mis compañeras, que murió en el parto. Así que acogí al bebé y lo crie, aunque yo tan solo tenía trece años, pero mi padre me había forjado bien.
»Para mis dieciocho años ya era la meretriz más deseada y cara de toda Salamanca, y a mis veinticinco años ya dirigía la Casa de la mancebía en la sombra.