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Habían llegado a Oporto bajo el amparo de la noche, después de cuatro días de viaje por el río Duero a bordo del barco de vapor.
Un viento frío les había dado la bienvenida y unas lluvias intermitentes les habían calado hasta los huesos.
La noche portuguesa olía a pescado y a sal, pero también olía a mierda, a vómitos y a putrefacción.
Cruzaron un puente conocido como el de María II y, mientras Magda prendía un cigarro, Hugo echó un vistazo a la ciudad que se alzaba detrás y que dominaba todo el río Duero.
Una infinidad de llamas resplandecientes iluminaba la ristra de casas que se iban amontonando una tras otra hasta llegar a la cima de una colina.
Una vez en la cúspide, una muralla serpenteaba entre numerosas torres que se elevaban como troncos alrededor del cauce de un río.
Aquella majestuosidad no anhelaba la luz solar, pues las torres contaban con unas ardientes almenaras que iluminaban la estructura, robusta y portentosa.
Al otro lado del puente, nombrado así en honor a la reina de Portugal, Hugo descubrió una amalgama de barcazas y barcos y, más allá, se encontraba aquello de lo que tanto había escuchado: el mar.
Un lugar más extenso que cualquier ciudad y tan profundo como la maldad de un clérigo.