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Surcaron el río Tormes a bordo de una embarcación fabricada con madera oscura, que contaba con una pequeña vela y un par de remos, además de una zona cubierta que daba cobijo a los seis integrantes. El Tigre le indicó a Hugo que aquel medio de transporte se denominaba gabarra.
El viaje en la pequeña embarcación duró seis días, y la mayor preocupación de los tripulantes no fue otra que el abastecimiento de agua y comida. Manuel había traído provisiones, pero únicamente para dos personas.
Hugo descubrió hermosos lugares en aquella curiosa travesía.
Vio bosques salvajes y deshabitados, tan majestuosos e imponentes como la catedral de Salamanca.
También tuvo la ocasión de contemplar el espléndido amanecer mientras meaba por la borda.
Aprendió a pescar de la mano del Tigre, y Magda les enseñó a los huérfanos a jugar al mus.
Como no podían subsistir con tan escasas provisiones, tuvieron que hacer escala en un pueblo llamado Ledesma. Magda compró avituallamiento para el resto de la travesía, y Hugo birló una cesta de deliciosas rosquillas.
Después de Ledesma, llegó un gigantesco charco de agua, aunque Belrose le dijo a Hugo que aquello no era nada comparado con el océano que les esperaba en Oporto.
Una vez pasado aquel lago, llegaron al que sería el lugar favorito de todo el viaje para Hugo: las Arribes; aquel lugar era un mágico y trepidante descenso en el que la gabarra se deslizaba como una serpiente bajo las enormes masas de tierra que se alzaban imponentes a sus costados.
Debido a una avería, el grupo se vio obligado a parar en uno de los pueblos de aquel majestuosos lugar.
La villa se llamaba Villarino de los Aires y, en el transcurso de las reparaciones, Juana y Hugo vagaron por aquella aldea hasta que una anciana encorvada y canosa le echó un mal de ojo a Juana por robar una boina que pertenecía al marido de la vieja, y que, además, Juana había regalado a Hugo.
Una vez la gabarra estuvo reparada, partieron de aquel extraño lugar y no volvieron a detenerse hasta llegar al puerto.
Aunque, según la madame, aquel lugar en nada se asemejaba a un puerto.
Lo fuera o no, era un hecho que allí había otro barco esperándolos, mucho más grande y que, además, iba a vapor.