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Hugo sentía, por primera vez en su agitada vida, una sensación conocida por el populacho como «empacho».
Una voz desconfiada le susurraba en su cabeza que debía haberse ahogado en las frías aguas del río Tormes, ya que los vivos no se hartaban nunca de comer.
Curas ensartados, comida deliciosa, rameras por doquier, lascivia en las calles; no había duda: estaba en el infierno.
Otra prueba irrefutable de su huida hacia el abismo era el hecho de que por fin había probado la bebida predilecta para aplacar la sed de los clérigos: la sangre de Cristo.
El huérfano salmantino exhibía unas mejillas sonrojadas y notaba un cosquilleo que se extendía por cada poro de la piel; aquella sensación era extraña para Hugo, ya que, hasta hacía unos instantes, le habría dado igual morir; pero ahora las tornas habían cambiado: Hugo había comenzado a experimentar la alegría que acompaña a la tristeza, y aquello era peligroso para un huérfano.
El hambre era algo terrible, pero más horroroso era haber experimentado los pequeños lujos de la vida por un instante breve. Hugo quería más. Anhelaba más comida, más vino y más carne. Había perdido su infancia sin conocer todo aquello, y ahora no quería perder ni un solo instante de su vida.
Un sonoro eructo sacó a Hugo de sus pensamientos. La artífice de tal acto no era otra que Juana. La morena escuálida andaba a pocos pasos de Hugo con las manos apoyadas sobre una barriga cuya hinchazón habría llevado al infarto a cualquier monja.
Con la mirada puesta en el cielo, Hugo se percató de que pronto amanecería.
Llevaban más de una hora andando, y el variopinto grupo se hallaba ahora en el pueblo de Tejares.
Belrose iba a la cabeza y, a su lado, el tal Ramón Cabrera, apodado el Tigre; detrás de estos iban Hugo y Juana, con Magda en la retaguardia.
Juana se acercó a Hugo y le apretó la mano con dulzura.
—¿Qué fue lo que más te gustó de la cena? —preguntó Hugo al sentir la cálida mirada de su amiga.
Juana se relamió como lo haría un perro.
—¡El jamón! —espetó con brío.
Hugo asintió, era cierto que el jamón estaba riquísimo, era un manjar digno de un rey.
—A mí el vino —mencionó Hugo.
—Magda dijo que no deberías haber bebido tanto —protestó Juana—; además, la madame dice que el vino saca lo peor de los hombres…
Hugo se encogió de hombros. Iba a seguir bebiendo vino de todas formas.
—Las perrunillas también estaban deliciosas —dijo Hugo para cambiar de tema.
Juana bufó ante aquel comentario.
—¡Anda ya! Las natillas estaban mucho más ricas.
Magda les chistó para que no llamaran la atención.
—Magda —susurró Juana—. ¿Tan importante es este hombre?
Magda se acercó mucho a ellos para así poder cuchichear.
—Es uno de los hombres más buscados de España… Si nos vieran con él… acabaríamos todos sentados en el garrote.
—¿Por eso me habéis dado esta… pistola? —preguntó Hugo sacando un objeto que le había dado la madame antes de partir.
—¡Guarda eso! —exclamó Magda.
—Eso no es una pistola, zagal —intervino Ramón sin mirar hacia atrás—. Es un Colt Walker, un revólver norteamericano. Muy caro y difícil de conseguir, así que más te vale tener cuidado con él.
Hugo volvió a guardar el revólver. Belrose le había indicado cómo debía apretar el gatillo en caso de que el Tigre intentara huir; según la madame, aquel aparato mataba a una persona de un disparo.
—Deja en paz al chico —ordenó Belrose—. El molino ya se vislumbra… ¿Qué nos espera allí, Ramón?
Ramón fijó sus ojos inyectados en sangre en el rostro de madame Belrose. Hugo estaba seguro de que aquel hombre jamás había permitido que ninguna mujer le hablara así; pero el Tigre no había conocido tampoco una mujer como Rose Fèvre.
—Allí nos estará esperando mi amigo Manuel —susurró Ramón—. Es de fiar… Él arreglará todo para que podáis huir… aunque yo no os acompañaré…
Belrose alzó la mano como señal para que nadie diera un paso más.
Un aire gélido atravesó al variopinto grupo. Ningún integrante dijo nada. El tiempo se paró en aquel mismo instante, hasta el sol habría retrasado su amanecer si Belrose se lo hubiera ordenado.
—Dijiste que nos llevarías a Londres —reprochó Belrose aferrando a Ramón por la pechera sin el menor cuidado.
—Y a Londres iréis —aseveró Ramón sin alterarse—. Conozco un puerto secreto llamado Vega Terrón. Manuel nos llevará allí con su barcaza por el río Tormes… pero una vez arribemos… nuestros caminos deben separarse.
—No dijiste nada de eso en la mancebía. —Belrose había echado mano de su puñal y tenía la punta pegada al cuello del Tigre.
—No era el momento… —farfulló Ramón—. Os conseguiré un barco para que os lleve hasta Oporto… pero yo debo ir a Barcelona… por unos asuntos urgentes.
Belrose no le dedicó ni una mirada al grupo, ella era la que mandaba allí, y una leona no necesita la aprobación de los cachorros. Guardó el puñal y asintió.
—Necesitaremos dinero para comprar cuatro pasajes desde Oporto a Londres —añadió Belrose.
—Manuel os dará el dinero —farfulló Ramón zafándose de Belrose.
Todavía no había amanecido cuando llegaron al molino de Lázaro, donde solo estaba el tal Manuel.
El señor tenía buen porte y gusto. Llevaba una levita negra, una boina oscura y una barba nívea.
El traqueteo de la rueda moviendo el agua ocultó las palabras que intercambiaron Manuel, Ramón y Belrose; pero a Hugo poco le importaban los detalles de las negociaciones.
Él iba a escapar de allí y eso era lo único que le importaba.
Barcelona, Oporto, Londres…, cualquier lugar le valía.