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La Casa de la mancebía tenía vida propia.
Hugo sentía los latidos de aquel edificio retumbando en su cabeza y, con cada pulso, le centelleaban los ojos con cálidas imágenes que tenían la capacidad de saciar los apetitos carnales del alma.
El salón de la mancebía era tan enorme como sus excentricidades, igual de amplio y húmedo como lo había sido la habitación de Hugo en el orfanato.
También había allí numerosas camas, aunque no servían al mismo propósito; mullidas y esponjosas almohadas adornaban los lechos y, a los pies de cada uno de ellos, un escabel ocupado por algún acalorado señor.
Había personas de distinto sexo; todas ataviadas con la ropa preferida del Señor: la carne.
Hugo cayó en la cuenta de que, a pesar del calor que hacía allí, la mancebía no disponía de chimenea alguna: no le hacía falta; aquel lugar era un horno repleto de bollos y panes.
Al bochorno del lugar lo acompañaba, además, un suave olor frutal; cientos de perfumes se mezclaban con los cuerpos sudorosos que participaban en exóticas y desvergonzadas danzas.
El rugido del estómago de Hugo le indicó que, aunque todo aquello era magnífico, los ojos no pueden alimentar lo que el hambre exige.
—Señora Belrose… —balbuceó Hugo—. ¿Podríamos comer algo?
Madame Belrose asintió y, con un rápido chasquido, mandó llamar a una mujer enmascarada que pasaba por allí con una reluciente bandeja de plata y unos pechos de oro. La sirvienta se acercó rauda hacia la madame , y esta le murmuró algo al oído.
—Venid conmigo. Tú también, Magda —ordenó Belrose—. Iremos a una sala privada… Allí nos esperan dos curiosos invitados. No solo los niños deben comer, sino también nosotras… Esta noche nos espera un largo viaje.
Magda asintió y siguió a la madame, con Juana y Hugo pegados a ella como si fueran dos crías faltas de teta.
La sala privada se encontraba en el último piso de la mancebía.
En el corto trayecto, Hugo descubrió que las escaleras del edificio no eran sino puertas hacia nuevos niveles de jolgorio y jarana.
La lujuria del segundo piso era más impúdica y más lasciva que la del primero; y al llegar al tercer piso, esperaba encontrar inimaginables actos capaces de atravesarle los ojos para quedarse petrificados en su mente: pero no fue así.
En el tercer piso no había algarabía ni lechos, solo puertas cerradas y un pasillo oscuro.
Guiados por la madame, que había cogido una palmatoria y había prendido la mecha, recorrieron aquellos sinuosos umbrales de los que nada escapaba más que el silencio.
Todas las puertas estaban candadas y en todas había un número romano.
Hugo, que había tenido que estudiar aquellos números en el orfanato, contó hasta trece puertas; aunque la madame se detuvo ante la número doce.
Con una secreta combinación de golpes, similar a la que había usado Magda hacía unos minutos, la puerta se abrió.
Al otro lado de la puerta número doce esperaba un hombre con bigote espeso e incipiente calvicie.
La expresión de aquel guardián denotaba una inmensa ansiedad y angustia.
Llevaba una túnica oscura, entreabierta, con la mano aferrada con nerviosismo al mango de una espada envainada en su cinto.
—¡Por Dios, madame! ¡¿Dónde se había metido?! No puede dejarme solo en este lupanar.
—¡Señor Arana! —espetó Belrose con un exagerado tono de cansancio—. Es usted un jodido militar… Nadie le va a juzgar por irse de picos pardos en Cuaresma.
La madame apartó al hombre y entró en la estancia seguida de su séquito. El tal señor Arana se llevó las manos a la boca para ahogar un grito.
—¡¿Niños en un burdel?! ¡Esto es intolerable! Podrían colgarnos si nos ven con ellos…
—La gente tiene los ojos puestos en otras cosas más interesantes, señor Arana —dijo Magda mirando hacia la cama que se encontraba pegada a la pared de la habitación.
Hugo, siguiendo la mirada de Magda, se topó con el lecho más extravagante que jamás hubieran visto sus ojos.
Un espléndido dosel de madera protegía un colchón mullido; las sedosas sábanas escarlata que lo cubrían habían sido apartadas y atadas con finos hilos dorados a las columnas del dosel.
Pero no fue la majestuosidad de la cama lo que llamó la atención de Hugo, sino quien allí reposaba.
Un hombre corpulento, que solo tenía pelo en una barba larguísima y en una única y espesa ceja que le atravesaba toda la frente, se encontraba atado a las cuatro columnas del dosel.
El cejudo tenía, además, una cuerda dorada metida en la boca y, aunque no podía hablar, no paraba de lanzar gruñidos e intentaba por todos los medios zafarse de las ataduras.
—El tigre enjaulado —rio la madame—. ¿Qué te parece, Magda?
Magda estaba con la boca abierta, parecía conocer la identidad del prisionero, y miraba a la madame y al señor Arana con los ojos de par en par.
—¿Cómo ha ocurrido esto…? —preguntó, incrédula.
—Muy sencillo, querida —contestó Belrose mientras abría los cajones de un mueble y sacaba una fusta con la que apuntó al misterioso hombre atado—.
Don Diego metió al señor Ramón Cabrera en la mancebía con una misión especial: asesinar a nuestra querida y amada reina Isabel.
—Magda dio un grito ahogado ante aquella nueva información—.
Después de que dicho acto deleznable ocurriera, vendría la guardia real y el caos reinaría por la ciudad.
Los carlistas se harían con el poder y a nosotras se nos pasaría, primero, por la piedra y luego, por la espada…
ya que sabríamos demasiado. Todas menos tú, Magda.
Don Diego lo planeó todo para que tú sobrevivieras…
Imagino que con el objetivo de tomarte luego para él…
; siempre te miró con lascivia. —Belrose se giró y señaló al señor Arana—.
Pero, como era de esperar, yo me enteré de todo antes de que esto ocurriera… y tomé medidas: llamé al señor Arana.
Madame Belrose sonrió y golpeó de forma suave el hombro del señor Arana.
—Isabel es una de nuestras más asiduas y queridas clientas —continuó—.
Por eso solo confía en mí, y siempre que quiso visitar la mancebía, yo la colé a escondidas de los ojos de don Diego…
aunque el muy bellaco se tuvo que percatar de su presencia.
Con dicha información en sus manos, el mostrenco llamó al rufián que tenemos ahí atado.
—Belrose comenzó a pasar la fusta por los pies desnudos del hombre atado, que ladeaba la cabeza con nerviosismo—.
Iba a correr sangre en mi lupanar, y yo no lo iba a permitir…
y por eso necesitaba ayuda. El señor Arana acudió como un caballero en auxilio de su reina, y entre los dos tejimos un plan para capturar al Tigre.
El señor Arana sacó su espada y apuntó con ella al tal Tigre.
—¡Matémosle ahora mismo! —bufó—. Muerto el perro se acabó la rabia.
La madame, con suma delicadeza, apartó la espada con un movimiento de su fusta.
—Cierto es que lo merece, señor Arana —aseveró con calma—.
Pero los planes han cambiado con la repentina muerte del clérigo…
Mañana esto estará atestado de guardias, y mi Casa de la mancebía acabará quemada…
en el mejor de los casos. Ahora, por más que odie admitirlo, quiero vivo a este hombre… , ya que necesito un salvoconducto.
La madame miró al Tigre como un depredador mira a su presa.
—¡No puede hablar en serio! —exclamó el señor Arana, furioso.
La fusta de Belrose danzó como una mariposa grácil hasta posarse en los labios del señor Arana.
—Usted ha salvado la vida de su católica majestad… y eso no va a quedar sin recompensa —susurró la madame con voz melosa—. Mis mejores damas, las más hermosas, le llevarán a la estancia más selecta de toda la mancebía.
—¡No necesito un harén de furcias como recompensa! —espetó el señor Arana, indignado ante aquella propuesta.
—¡Oh, eso ya lo sé! Mis damas no son más que postillones de una diligencia que os conducirá hacia una mujer que ansía agradecer sus más leales servicios a España, y por una noche, señor Arana, usted podrá disfrutar de su carne… ser su rey.
El señor Arana abrió los ojos de par en par, su cuerpo comenzó a temblar y sus pies parecían no obedecerle.
—No se estará refiriendo a la mismísima…
Belrose asintió.
—Magda le llevará hasta el lugar… Nosotros tenemos que resolver unos asuntos con el Tigre.
El señor Arana siguió en completo silencio a Magda y, una vez salieron de la habitación, la madame candó la puerta de nuevo.
Madame Belrose se agachó y sacó de su bota un puñal afilado y reluciente que le entregó a Juana; la fusta la dejó en manos de Hugo.
—Bien, Ramón —comenzó a decir mientras se dirigía hacia la cama con paso ligero—.
Voy a explicarte las opciones de las que dispones.
Primera opción: engañarme. —Belrose se encogió de hombros y señaló a los huérfanos—.
En ese caso, estos dos bribones te cortarán los huevos para que yo pueda hacerme una tortilla con ellos.
—Belrose sacó otro puñal de su otra bota y cortó la cuerda que amordazaba al Tigre—. Segunda opción: ayudarnos a huir.
El Tigre gruñó, pero viendo que no le esperaba nada bueno si se negaba, asintió.
—Buen chico —profirió la madame con una siniestra sonrisa—. ¿A dónde tenías pensado huir?
—A Londres… —masculló Ramón, cabizbajo.
Madame Belrose dio una palmada y se levantó, eufórica.
—Maravilloso… la capital del mundo… —murmuró Belrose.
—Pero no sé si podré llevaros conmigo…
Una rauda bofetada cortó la queja del Tigre.
—¡Buscarás la manera de meter a dos putas y a dos niños contigo! Si no lo haces te quedarás aquí, atado en cueros, a la espera de que mañana te atrapen… Le sugeriré a Isabel que vuelva a autorizar la tortura para usarla específicamente en tu persona.
—¡Está bien! De acuerdo…, lo arreglaré para que vengáis los cuatro… pero debemos apresurarnos. Hemos de estar todos al amanecer en el lugar donde nació Lázaro.
—El antiguo molino de Tejares, conozco el sitio —dijo Belrose mirando a los niños—. Está a una hora de aquí, comed algo mientras el felino se viste. Partiremos en unos minutos.
Hugo iba a replicar que, si bien estaba encantado con la idea de ser partícipe de la huida y también con lo de comer algo, todavía no había visto nada que llevarse a la boca; pero alguien volvió a llamar a la puerta y, como si fuera una enviada del diablo, Magda entró con una fuente a rebosar de comida.