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No fue necesario que Magda les dijera que habían llegado: aquel edificio era distinto a los demás.
La Casa de la mancebía era una rosa en un campo de ortigas, se alzaba entre el barrizal como un faro en un acantilado. Toda la casa resplandecía y, a la vez, servía como guía para salvar las almas perdidas en aquellos callejones oscuros repletos de opiómanos.
El edificio era tan alto como el orfanato. Tenía tres pisos, repletos de ventanas, de algunas salía una luz cálida; otras, cerradas con postigos oscuros. La fachada era arenosa, tenía talladas un sinnúmero de figuras idénticas: eran almejas.
—¿Almejas? —preguntó Hugo frunciendo el ceño.
Hugo no había probado una almeja en su vida, pero le había tocado limpiar de los platos las conchas que los curas y monjas dejaban.
—No, cariño. Las jugosas almejas están dentro, esto son las conchas.
Hugo no entendió la risita que soltó Magda al decir aquello último.
—Vamos, es hora de que conozcáis a la madame .
Magda levantó un aldabón con forma de serpiente y lo golpeó varias veces contra la puerta, como si fuera un santo y seña. Después de unos instantes, la puerta se abrió.
Una dama esperaba en el umbral, una mujer diferente a cualquier otra que hubiera visto Hugo, aunque solo podía comparar a Magda con las monjas, pero, aun así, Hugo no tenía ninguna duda de que estaba ante madame Belrose.
La madame llevaba el pelo corto, con las puntas flotando sobre los hombros; en su cabello se libraba una guerra entre la juventud y la vejez, con un resultado blanquinegro.
Su frente era como un mar en calma cuya orilla eran dos cejas finas de arena oscura.
La mirada de aquella mujer era severa, con dos amargos y límpidos ojos del color de la lima y, en cuyo iris, se veían reflejadas las llamas de las antorchas; pero había algo más ardiente que aquel fuego: sus labios, rojos como la lava de un volcán.
Llevaba unos pendientes con forma de serpiente, verdes y con los colmillos clavados en la propia oreja.
En el cuello desnudo de aquella mujer, un capricho de nacimiento llamaba la atención de las miradas más curiosas, una marca que, en lugar de ocultar, la madame mostraba con orgullo.
Aquella marca parecía que le daba forma a su figura, a su personalidad, a ella misma.
—¡Madame! —exclamó Magda nada más verla—. ¿Qué ha ocurrido? Don Diego…
La madame gruñó y escupió en cuanto escuchó el nombre del clérigo. Luego, con unos pocos pasos, se acercó hacia Magda.
Hugo se fijó entonces en que la madame no vestía como Magda. La imponente mujer llevaba un abrigo largo, de color granate, que dejaba al descubierto una túnica oscura que le tapaba todo el cuerpo. A diferencia de la meretriz, la madame no dejaba entrever ni una pizca de sus atributos femeninos.
—El mostrenco ese se cree demasiado astuto… —musitó la madame mientras arrastraba su abrigo por el suelo hasta situarse enfrente de Magda—. ¿Dónde está el bribón?
Magda agachó la cabeza, como haría una lobezna ante la alfa del bosque.
—Él… intentó abusar de mí —balbuceó Magda—. También me… me contó que las cosas iban a cambiar esta noche…
La madame asintió.
—Y han cambiado… de forma irreversible —zanjó la madame—. Pero nadie se la juega a madame Belrose y sale vivo para contarlo.
—Lo sé, señora —susurró Magda.
Belrose no les había dedicado ni una mirada a los huérfanos, parecía como si no se hubiera percatado siquiera de su presencia; pero a Hugo no le gustaba ser ignorado.
—Perdone, señora Rose Fèvre… —intervino Hugo con todo el respeto que pudo—. El aire aquí fuera es frío… y después de habernos enfrentado a ese cura en el río… tenemos algo de prisa por entrar y comer algo.
La madame le dedicó una mirada ácida al pequeño Hugo.
—¿Qué has dicho…? —preguntó con curiosidad.
—Fue cosa mía, madame —contestó Juana al instante—. El bribón intentó aprovecharse de Magda, y no voy a permitir que nadie le ponga la mano encima en mi presencia.
Al escuchar aquello, Belrose sonrió a Juana con aprobación, aunque Hugo no tenía claro si aquella sonrisa era por las buenas nuevas o porque a la madame le había llegado un nuevo diamante sin pulir.
—¿Qué hiciste con él, pequeña?
—Le clavé un tenedor en los ojos, luego lo arrojamos al río —contestó Juana sin titubear, sin atisbo de remordimiento o arrepentimiento.
Hugo también acababa de ver morir a un hombre y, como Juana, tampoco sentía arrepentimiento alguno.
Lo que sí sentía era felicidad, alegría y agradecimiento a la justicia divina.
El joven pícaro estaba acostumbrado a conocer la derrota, a ser vencido por el mal, pero aquella noche las tornas habían cambiado.
La madame soltó una profunda risotada ante las palabras de Juana.
—¡Suertuda! ¡Quería matarlo yo misma! Bueno, es igual… Venga, entrad.