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La otra orilla del río Tormes servía como umbral hacia un mundo desconocido, un lugar nuevo y diferente, inhóspito y lúgubre, que nada tenía que ver con la Salamanca que dejaban atrás.
El brillo de los faroles menguaba allí su intensidad.
Los caminos empedrados se habían convertido en barrizales que serpenteaban entre chabolas.
«Este debe de ser el hogar del diablo», pensó Hugo.
—Magda, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Juana.
Magda se había apeado la primera de la barca y fijaba su vista en las oscuras y sinuosas aguas que habían dejado atrás, en cuyo fondo reposaba ya el cuerpo de don Diego.
—Después de lo ocurrido… soy una fugitiva, al igual que vosotros. Debemos ir a ver a la madame… Ella sabrá qué hacer. —Magda apartó la vista del río y, con paso firme, tomó uno de los caminos embarrados.
Juana siguió a Magda sin mirar atrás. Hugo, en cambio, echó un último vistazo hacia la otra orilla del río. Acto seguido, le hizo una peineta a su pasado y, una vez que se quedó satisfecho, siguió los pasos de sus compañeras.
Con cada nueva zancada, la oscuridad se acrecentaba.
Aquel lugar había sido depuesto de la ciudad, de la luz, al igual que habían sido apartados los huérfanos pobres de la sociedad.
¿Temía la pulcra y santa Salamanca que los habitantes de aquel arrabal contaminaran a sus habitantes?
¿Temía la sociedad la rebeldía de aquellos que no tenían nada que perder?
Hugo no tenía respuesta. Lo que sí tenía era un estado de euforia extremo.
Las callejuelas sucias, las casuchas destartaladas, la miríada de oscuros gatos callejeros que campaban a sus anchas…
, todo reconfortaba y alimentaba el corazón de Hugo.
Allí se sentía a salvo: ninguna monja se atrevería a pisar aquel lugar.
—No os separéis de mí bajo ninguna circunstancia —ordenó Magda como una madre.
Si bien Hugo se sentía maravillado en aquel lugar ruinoso, no se podía decir lo mismo de Juana que observaba con ojos vidriosos un posible y tenebroso destino que bien podría haber sido el suyo.
Las antorchas, postradas a ambos lados del camino, iluminaban las sombras. Lúgubres rostros resplandecían como estrellas fugaces, mostrando destellos de carne humana. Las pasiones prohibidas de la Cuaresma eran devoradas en la oscuridad.
—Magda… —balbuceó Juana mientras se apretaba más contra el cuerpo de la meretriz.
—Tranquila… No mires y sigue adelante.
Juana obedeció. Hugo, en cambio, era incapaz de apartar la vista.