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El bote surcaba las aguas del río Tormes al son de las campanadas: había comenzado el Domingo de Resurrección.
—¡Remad con brío, zagales! —bramó el cura al darse cuenta de la hora—. He de atender unos asuntos con urgencia en la mancebía.
Magda bufó.
—Don Diego, no hace falta que presuma delante de los zagales —dijo con desdén—.
Toda Salamanca sabe que usted es la cara pública de la mancebía, incluso el populacho cree que nos tiene sometidas y mansas.
—Magda soltó una pequeña carcajada—. Pero no hace falta fingir tal patraña a bordo de este bote.
Los lerdos puritanos que creen en esos cuentos bíblicos, los que le dan a la Iglesia sus monedas y su vida entera, se quedaron en la otra orilla.
—¿Quién manda entonces, doña Magda? —preguntó Juana.
—La que dirige la mancebía es una mujer conocida como madame Belrose…
Hugo iba delante, remando en la proa del bote, por lo que no pudo ver como don Diego abofeteaba a Magda, pero él había recibido tal cantidad de bofetadas en su vida que solo le hizo falta escuchar el sonido para saber de qué se trataba.
—¡Esa maldita ramera francesa está bajo mis órdenes!
—gruñó el cura—. ¡Y no es ninguna madama o madame…
o como diablos quiera llamarse! —Don Diego se sonó la nariz y contaminó con su gargajo mocoso las aguas del río—.
Su maldito nombre es Rose Fèvre, hija de una puta gitana gabacha.
Además, llegó a España de la mano del beodo de Pepe Botella.
Hugo no podía apartar de su mente el guantazo que el cura le había dado a Magda, como tampoco el hecho de que esta no se hubiera defendido.
«Vete al diablo», pensó Hugo mientras dejaba de remar, furioso.
—¡¿Qué hacéis, haraganes?! —espetó don Diego mientras le daba un golpetazo a Hugo—. ¡Remad! ¡En la otra orilla os espera vuestro destino!
Juana también había dejado de remar, pero Magda se interpuso entre ella y el puño de don Diego.
—Esta moza tiene una belleza de pura raza española…
Será tu pupila, Magda —ordenó don Diego—.
Puede que el zagal dé algún que otro problema…
pero para eso tengo gente que lo meterá en vereda…
Luego se unirá a las tropas del Tigre. —El cura profirió una profunda carcajada—.
Creo que este es nuestro año, Magda… Pronto la reina rolliza será historia.
Hugo miraba con furia como el cura descubría sus verdaderas intenciones. Don Diego, de improvisto, y poseído por su Dios, se lanzó y apretó con sus manos pecadoras los pechos de Magda, mientras esta intentaba zafarse.
—¡Quítame tus asquerosas pezuñas de encima, demonio! —gruñó Magda—. ¡Tus ideales me los paso por la almeja! ¿Qué diablos ha pasado en la mancebía en mi ausencia?
El Padre Putas alzó la cabeza y dejó escapar una siniestra risotada. Acto seguido, haciendo gala de su enorme tamaño, agarró a Magda por el cuello.
—¡Yo soy don Diego! —exclamó mientras lamía las lágrimas de Magda—.
El verdadero rey de la mancebía… y he elaborado un plan para despachar a la zorra de Rose.
Se acabó lo que se daba, fulanas. —Juana iba a gritar, pero el cura fue más rápido y, de un guantazo, la volcó sobre las tablas del bote—.
Los carlistas por fin vamos a derrocar a este gobierno repleto de felonía, y pronto las cosas van a cambiar para todos vosotros.
Don Carlos me ha prometido el obispado de Salamanca, así podré perderos de vista de una vez…
aunque no a todas… no. Tú, mi querida y hermosa Magda, tú te vendrás conmigo…
Llevo tanto tiempo esperando a ver qué escondes bajo esa falda…
El Padre Putas nunca llegaría a probar el fruto que Magda escondía entre las piernas. No porque no quisiera, sino porque un brillante, reluciente y espléndido tenedor de tres puntas se clavó en uno de sus ojos.
Juana, con lágrimas en los ojos y el rostro tan furioso como una jabata, sujetaba el tenedor con firmeza.
La huérfana había empleado toda su fuerza, y el tenedor se había clavado tan hondo que le había atravesado el mismísimo cerebro al clérigo, aunque Hugo dudaba de que los sacerdotes poseyeran tal órgano.
Para evitar ser delatados, Magda apretaba con furia la boca de don Diego, para que el gordinflón no pudiera gritar.
Juana, viendo que el clérigo pataleaba como un huerfanito en su primer día en el confesionario, decidió darle el segundo plato, así que le sacó el tenedor, apartó con asco el ojo extraído del siervo de Dios y se lo hincó en el otro ojo.
Don Diego, rabioso, se revolvió como un cerdo a punto de ser sacrificado.
Hugo veía todo esto como si de una función teatral se tratase y, a sabiendas de que no tendría otra oportunidad en su vida de arrear a un cura, aunó toda la rabia contenida de sus quince años de penurias, alzó el remo, movido por la cólera más profunda y la hundió con ahínco en las sagradas bolas del Padre Putas.
El agua haría el resto del trabajo.
Hugo, Juana y Magda juntaron fuerzas y, entre los tres, lanzaron el cuerpo orondo de aquel cura que tanto lastraba la barca, y la sociedad, al río.
Juana se reía como una loca, además había recogido un trofeo de la sotana del cura antes de lanzarlo al agua: la bolsa con las monedas de Magda.
La meretriz estrechó entre sus brazos a sus salvadores.
Hugo dejó a Magda y Juana atrás, ellas lo habían pasado peor, mientras él cogía los remos y volvía a encauzar la barca hacia su destino.