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Un bote cargado de sombras encalló en la ribera bajo el arco del puente.
Acto seguido, una figura oscura desembarcó en la orilla.
Con un gruñido, el capitán de la embarcación asió un candil y lo alzó hasta tenerlo a la altura de los ojos.
Luego, con un sutil movimiento de la mano, accionó una palanca y el candil volvió a la vida, y apuntó con él a Magda.
La luz se reflejó en el alzacuellos del clérigo, y Hugo pudo atisbar al hombre del que dependía su destino.
El cura no tenía ni un pelo en la cabeza, pero, en cambio, ostentaba un bigote profundo y oscurísimo debajo de una nariz chata.
Tenía unas orejas diminutas, y las mejillas sonrojadas contrastaban con la negrura de su mirada.
Con aquella sotana, ese siervo de Dios no se diferenciaba en nada a los del orfanato y era tan fofo y rechoncho que cualquiera podría jurar que la gula era el pecado predilecto de su doctrina.
—Magda, hija mía, ¿qué ha pasado? —preguntó el cura con preocupación.
«Ahora resulta que el gordinflón tiene sentimientos», pensó Hugo.
—¡Ay, don Diego! —clamó Magda, aliviada—. La turba llegó cuando estaba en mitad de un… apaño. Tuve que salir corriendo, menos mal que me habían pagado por adelantado…
Don Diego guardó silencio y, haciendo acopio de sus fuerzas, dio unos pasos hacia Magda.
—¿Te pagarían lo acordado? ¿Verdad, hija?
Magda suspiró, ladeó la cabeza y se metió la mano entre sus pechos y sacó una pequeña bolsita de tela que tintineó cuando don Diego la atrapó entre sus enormes y anchas manos.
—Les pedí dos pesetas, como usted me dijo. Cuatro guardias, media peseta por guardia —explicó Magda—. Aunque ellos me dieron ocho reales, por lo que no sé si me han timado ellos a mí o yo a ellos… pero para eso está usted.
Don Diego abrió la bolsa y fue contando las monedas mientras murmuraba y asentía para sí. Una vez acabó, guardó la bolsa en uno de los tantos bolsillos de su sotana. Después de tener el dinero a buen recaudo, el clérigo pareció recaer en la presencia de Hugo y Juana.
—¿Quiénes son estos zagales?
Magda rodeó a los huérfanos y les revolvió el pelo.
—Son dos pipiolos que necesitan de nuestra ayuda —contestó Magda mirando de soslayo a don Diego.
Don Diego asintió de forma hierática.
—Vamos, subid —espetó el cura con un gruñido—. Pero coged un remo cada uno, me duelen los brazos de tanto remar…
Juana no se lo pensó dos veces y subió al bote de un salto. Hugo, en cambio, fue más reacio. Hizo falta un pellizco de Magda para activar las piernas petrificadas del desconfiado pícaro salmantino.
Hugo dio unos pasos, pero un pensamiento tan afilado como una navaja se le clavó en la mente.
Había tenido experiencias horribles tanto con los curas como con las monjas.
Odiaba a ambos por igual y habría desconfiado tanto o más si hubiera sido una monja la que hubiera desembarcado de aquel bote.
Pero Juana no conocía la malicia que se escondía bajo la sotana negra de los sacerdotes.
Hugo no creía que Juana hubiera reaccionado igual si en lugar de un cura hubiera venido una monja.
Ante Hugo se abrió un enorme dilema: si bien Magda le transmitía confianza, no podía decir lo mismo de don Diego; puede que aquel hombre les fuera a ayudar a cruzar el río, de eso no tenía dudas; pero algo le decía que allende el río el cura pasaría de héroe a villano.
Una nueva orilla, una nueva cárcel con diferentes barrotes.
Hugo no desconfiaba por gusto, sino por pura supervivencia.
Don Diego había fijado la vista en los zagales, pero la mirada que le había echado a Juana era muy diferente de la que había posado en Hugo.
Don Diego miró al chiquillo con desdén, pero escrutaba el rostro de Juana como si mirara más allá de sus facciones.
Juana era joven y hermosa, sin padres, sin nadie que la reclamara: Juana sería su nueva Magda.
Aquel cura sería distinto a los demás, y Hugo no lo dudaba, pero también distaba mucho de ser una persona de confianza; no había pasado quince años en un orfanato de mala muerte en balde.
Aquel zagal sibilino había aprendido una valiosa lección sobre cómo tratar con aquella gente: eran depravados como perros de presa, olían el miedo y lo exprimían como si fuera una naranja.
Hugo temía volver al orfanato, tanto que estaba seguro de preferir la muerte antes que regresar. No tenía nada que perder: el peligroso era él. Nada le importaba en absoluto, no podía ir a peor en la vida. Así que apretó los puños, dio un paso al frente y miró al cura sin temor alguno.
—Si intenta alguna barrabasada… le tiro de la barca y le golpeo con el remo para que se ahogue —aseveró mirando fijamente a don Diego.
El sacerdote no palideció ante las palabras de un zagal, como era de esperar. Don Diego, además, ensanchó su enorme rostro y sacó a relucir los dientes, blancos, perfectos y enormes.
—Sé de dónde te has escapado… —susurró el cura apuntando con su candil a los ropajes de Hugo— y entiendo tu desconfianza hacia mi persona. —Don Diego carraspeó y apuntó con el farolillo hacia el orfanato—. Y es cierto que no me costaría nada volver a meterte allí…
Don Diego le dio la espalda y se subió al bote, en el cual ya estaban Magda y Juana.
Solo faltaba Hugo.
—Aunque creo que podrías serme de utilidad —continuó don Diego—.
Pero me temo que la vida no será fácil para ti…
ya que veo una oscuridad en tu alma que ninguna llama podrá iluminar.
Eso sí, no te faltará trabajo en este mundo sombrío, ya que negro es tu corazón.
—Don Diego le tendió la mano para que Hugo subiera al bote—.
No deberías juzgarme por haber conocido a mis congéneres.
Yo también he conocido a pícaros como tú, y todos ellos fueron egoístas y vanidosos.
Te propongo que confiemos el uno en el otro y nos ayudemos mutuamente.
La llama del candil se apagó y Hugo sabía que tenía que tomar una decisión.
Cada vez desconfiaba más del cura, pero Hugo no era más que un perro abandonado, escuálido y maltratado: no tenía otra salida.
Maldijo su infame situación, subió al bote, cogió un remo y navegó hacia su nuevo y desconocido destino.