3
Hugo y Juana cruzaron sus miradas, ambas impregnadas de la desconfianza innata que todo huérfano posee desde el momento en que se ve desprovisto de amor y cariño paternal.
—Magda… —susurró Hugo—, ¿quién viene en ese bote?
Magda se agachó para estar a la altura de los dos jóvenes.
—Os lo diré… pero prometedme que no os asustaréis.
—Hugo y Juana asintieron, sabiendo que aquello era motivo para asustarse—.
Yo no debería estar aquí… Es Cuaresma y yo tendría que estar a la otra orilla del río.
—Magda guardó silencio por un momento mientras ponía en orden sus pensamientos hasta que al final siguió hablando, pero en un tono cercano al susurro—.
Pero los guardias insistieron… así que me enviaron aquí por un pago extra.
La cosa iba bien… hasta que apareció la muchedumbre que tenemos encima.
Más tarde o más temprano sabía que alguien vendría a recogerme…
aunque la persona que viene a por mí es…
es conocido como… el Padre Putas. Nuestro protector y cuidador, y sí… es un cura.
Hugo y Juana palidecieron de terror.
—¡¿Un maldito comehostias?! —preguntó encolerizado Hugo—. ¡La culpa es mía!, por fiarme de una desconocida. —Hugo agarró a Juana por la manga y tiró de ella—. ¡Vamos! Saltemos al río inmediatamente. Prefiero el agua del Tormes que un siervo de Dios.
Juana se zafó del agarre de Hugo y se colocó detrás de Magda.
—Hugo, no deberías juzgar a todas las personas por igual —le reprochó Magda—.
Don Diego es distinto a los demás clérigos, te lo aseguro.
—Magda miró a Hugo como una madre mira a un hijo, aunque Hugo no dejaba de apretar los puños con firmeza—.
No todos los guardias son mezquinos, ni todas las meretrices son traicioneras…
en este mundo cada persona es única, y pronto descubrirás que lo único que conseguirás con esa actitud es la soledad y la amargura.
Aquella palabrería de nada servía para tranquilizar a Hugo.
—¡Hugo, yo confío en ella! —terció Juana—. Así que, si confías en mí, tú también deberías confiar en Magda. Además, deja ya de lloriquear por los curas…, las monjas son mucho peores que ellos.
Hugo frunció el ceño ante aquel disparate.
—¿Dices que sor Socorro es peor que don Tomás? —preguntó Hugo, incrédulo ante tal infamia.
Juana bufó.
—¡Por favor!… si Socorro es de las más blandengues —espetó Juana con una voz afilada—. Tenías que haber tratado con sor Dolores como hacíamos las niñas cada día… Tú no sabes lo que me hizo pasar…
—¿El qué? —preguntó Magda ante la mirada de asombro de Juana—. Tenemos que matar el tiempo hasta que venga don Diego en su bote, y no es que sea un excelente remero.
—No me gustaría haceros vomitar…
Magda comenzó a reírse como una loca ante la ocurrencia, incluso Hugo pudo ver cómo se le saltaban las lágrimas.
—Jovencita… si tú supieras… —murmuró con una triste sonrisa.
—Está bien, os lo contaré … La comida del orfanato sabe a mierda, pero el hambre es el mejor de los condimentos… aunque hay días que una prefiere seguir famélica...
»Estaba yo comiéndome unas habas en escabeche cuando de pronto noté que un larguísimo pelo de monja se me había colado en la boca. Tuve que sacarlo con cuidado, ya que se me había enredado en la lengua junto con las asquerosas habas. Fue demasiado para mí, así que vomité.
»Cuando eché las habas sobre el plato, el pelo grisáceo salió con ellas. Asqueada, aparté de mí aquel espanto. Podía sobrevivir un día sin comer.
»Ja.
»Sor Dolores no opinaba lo mismo. Cuando me vio vomitar corrió rauda hacia mí y me obligó a terminarme las habas.
—Juana tragó saliva y sus ojos se tornaron vidriosos—.
Ella… me obligó a comerme todo lo que había en el plato…
y no os creáis que me permitió tirar la vomitona…
No, no… Tuve que comerme las habas con mi propio vómito…
e incluso tuve que comerme aquel pelo asqueroso.
»No… no podía, no era capaz de hacer aquello.
Las náuseas eran atroces, tenía que tragar entre lágrimas y aullidos.
Dolores me abría la boca con las manos, me hacía mucho daño y me metía la cuchara hasta el fondo.
Daba igual lo mucho que pataleara o suplicara…
, ella no paraba. Tragué y mastiqué hasta que… me desmayé.
Magda, emocionada, estrechó a Juana entre sus brazos.
Hugo había oído rumores sobre aquel suceso, pero nunca se lo llegó a preguntar a Juana. Con cada invierno, sus sentimientos por los demás se iban haciendo más fríos y había dejado de fingir que le importaban los problemas de los otros. Aunque ahora debía adaptarse a la situación.
—Yo… lo siento…, Juana —balbuceó Hugo, cabizbajo—. No lo sabía…
Juana se separó de Magda y se acercó a Hugo.
—No es momento de compadecernos, sino de mirar al futuro con esperanza. —Juana le agarró la mano con firmeza y le miró a los ojos—. Tenemos que confiar el uno en el otro.
Hugo asintió y, aunque prefirió no decirlo, en el fondo de su corazón sabía que solo podía confiar en sí mismo.
—Si tú confías en la palabra de Magda… yo también lo haré —mintió Hugo mirando hacia el bote, que estaba cada vez más cerca de la orilla—. Confiaré en el tal Padre Putas ese y pondré mi vida en sus manos.