Te odio: La reina del burdel de Londres 2
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Hugo no empapó sus bombachos debido a que ya se había aliviado en la pared del orfanato. Juana también se sobresaltó, además, dio un respingo y se colocó rauda detrás de Hugo. Ambos miraban con temor la sombra oscura que había aparecido de improvisto ante ellos.

La figura femenina llevaba una larga capa de color amarillo que le cubría los hombros y que le caía hasta los pies. Las piernas desnudas se le veían por debajo de una saya parda con picos.

El rostro de la desconocida había permanecido en penumbra bajo el amparo de la oscuridad del arco del puente.

Hasta que se hizo la luz.

La llama vino precedida por el raspado de una cerilla y fue entonces cuando los huérfanos pudieron ver al ángel o al demonio que se les había aparecido: vieron el rostro hermoso de una dama con una cabellera larga y rizada, cuyo color era tan ardiente como la propia llamarada de la cerilla.

«No es una monja», pensó Hugo.

La mujer prendió un cigarrillo y, después de una bocanada de humo, se guardó la caja de cerillas bajo la falda.

—¿Quién eres? —preguntó Juana sacando un tenedor que llevaba oculto bajo sus ropajes.

La mujer dio otra calada y le dedicó una perezosa mirada al tenedor que Juana blandía frente a ella.

—Soy aquello que desconoces, moza —contestó la mujer con una voz melosa—. Acabas de preguntarle a tu hombretón por mí…

—¡¿Eh?! —preguntó Hugo sin entender nada.

—Eres una meretriz… —susurró Juana.

—Chica lista. Aunque te recomiendo que te hagas la tonta, a los hombres no les gusta la inteligencia femenina…

, más bien la temen, y aquello que temen los hombres…

acaba apaleado, violado o quemado. Mientras que los hombres pisan la hierba suave con sus botas de cuero, las mujeres andamos por los rosales, descalzas.

—La pelirroja exhaló otra bocanada de humo y les mostró una sonrisa agridulce.

Hugo se quedó embelesado ante aquella sonrisa. Llevaba años acostumbrado a los siniestros gestos de las monjas y, aunque aquella meretriz no tenía dientes de oro, encontró su rostro más resplandeciente que el de cualquiera chupacirios del orfanato.

—¿Por qué no tienes dientes de oro? —preguntó Hugo arqueando una ceja.

La mujer soltó una profunda carcajada, seguida de otra bocanada de humo.

—Si tuviera oro no sería tan majadera como para metérmelo en la boca…

—Señora —dijo Juana agachando la cabeza—. No queremos problemas, solo queremos cruzar el puente…

La desconocida miró a Juana con un brillo en los ojos.

—¡¿Señora?! Nadie me llama así, moza. Podéis estar tranquilos, no tengo ninguna intención de delataros. Además, si nos descubrieran… sería mucho peor para mí.

—¿Qué buscan esos hombres de usted, señora? —preguntó Hugo con curiosidad.

Ella apuró el cigarro y lo lanzó al río.

—¿Qué hacen dos pipiolos como vosotros solos a estar horas de la noche? —preguntó la desconocida acercándose mucho a Hugo.

Hugo titubeó, pero Juana se adelantó.

—Nos hemos… perdido. Al otro lado del río nos esperan nuestros padres, pero al ver la muchedumbre nos asustamos… y nos escondimos aquí. Por eso necesitamos cruzar el puente, si no llegamos a casa pronto… nuestros padres nos molerán a palos.

La meretriz asintió con un sonido gutural.

—¿Cómo te llamas, niña? Quizá conozca a tus padres.

Juana miró a Hugo, aunque este no sabía ni qué cara poner.

—María, me llamo María —contestó Juana sin pensar.

La mujer soltó una pequeña risotada, sacó otro cigarro y lo prendió con un fósforo.

—Más te vale aprender a mentir mejor, criatura, de lo contrario acabarás molida y sometida por algún rico malcriado ebrio de poder.

Juana se quedó petrificada.

—Señora… mi hermana —dijo Hugo intentando continuar con la farsa, pero la mujer comenzó a sacudir la cabeza en señal de negación.

—Basta de mentiras. Mi nombre es Magdalena, pero mis compañeras siempre me llaman Magda. No soy ninguna señora, soy una meretriz, una fulana, una ramera… Vamos, una puta.

Las palabras de Magda arrastraban una amargura que a Hugo le inspiraron confianza. Él, que desconfiaba hasta de su propia sombra, lanzó un suspiro a la noche y se dispuso a contar la verdad.

—Mi nombre es Hugo, y ella no es María, sino mi… amiga, Juana. —Hugo señaló el orfanato—. Somos huérfanos. Hemos escapado de aquella cárcel y, aunque no sabemos qué hay al otro lado del puente… no puede ser peor de donde venimos.

Magda le revolvió el pelo a Hugo e iluminó de nuevo la oscura instancia con su sonrisa.

—No te preocupes, zagal. Jamás mandaría a ningún niño a ese infierno. —Magda pellizcó la mejilla de Hugo y le susurró a la oreja—. Al menos a ninguno que hable…

Hugo sonrió, no por haber entendido la broma, sino porque Magda lo hacía. Por primera vez en su vida, estaba ante una mujer de verdad y no quería parecer ningún idiota.

—Bueno, bueno —dijo Magda acercándose a Juana—.

Tenemos aquí a dos jóvenes enamorados… Qué tierno.

—Magda colocó las vestiduras de una sonrosada y sorprendida Juana y, además, le arregló el peinado—.

Es tan bonito ver las primeras fases del amor, cuando este solo es una pequeña semilla que espera florecer algún día en una cama mullida…

creyendo que su fruto prosperará y que perdurará para siempre… , ajeno al gélido paso del tiempo.

Magda era el reverso luminoso de una monja. Hugo percibía un aroma que lo embriagaba por completo. No se asemejaba al olor a incienso que emanaba de debajo de las sotanas de las monjas; se trataba de un olor frutal y Hugo se sentía como una abeja que acababa de descubrir el néctar.

Además del olor, había algo exótico en Magda: su cabello.

Hugo jamás había visto un pelo tan ardiente y largo como aquel.

La rojez de la cabellera combinaba a la perfección con las incontables pecas del bello rostro; aunque el rojo más furioso era el de los labios, que resplandecían como la sangre bajo la sombra que arrojaban sus ojos.

—Magda —susurró Hugo—. ¿Es usted una bruja?

«Las brujas secuestraban a los niños, al menos eso decían las monjas», pensó Hugo. Si Magda era una bruja, ahora entendía por qué los niños se dejaban secuestrar por aquellas pecadoras.

Magda se inclinó sobre Hugo y le dio un beso en la mejilla.

—Es uno de los mejores piropos que me haya echado nunca un hombre —dijo con una sonrisa. Hugo tenía la vista clavada en las protuberancias que emanaban del corsé ceñido de la meretriz.

—¿Puedo ser yo también una bruja como usted? —preguntó Juana observando con fascinación a Magda.

—No te lo recomiendo, jovencita…, acabarás ardiendo en una hoguera. Además, después te espera el infierno de los pecadores…

Juana apretó los puños y miró a Magda.

—Las monjas van al cielo… por lo que haré todo lo posible en mi vida para acabar en el infierno.

Magda se acercó a ella y también le dio un beso en la mejilla.

—Tienes valor, Juana… y un poco de locura. —Magda se agachó y le susurró algo al oído.

Hugo no podía escuchar qué decían, por lo que se acercó un poco más.

—¿Cómo te trata este mozuelo? ¿Es de fiar?

—Sí, me trata con cariño, y nunca me ha hecho daño. Además, no habría escapado de no ser por él.

Magda asintió y se dio la vuelta, a tiempo para coger a Hugo por las orejas.

—Bien, zagal. Recuerda que siempre debes tratar con respeto a Juana… o a cualquier otra jovencita.

—Sí, señora. —Hugo tragó saliva.

—¿Magda, podemos ayudarte a cruzar? —preguntó Juana—. No quiero que esos hombres te hagan daño.

—Eres valiente, pero tranquila, esos hombres no me quieren hacer daño… sino contratar mis servicios.

Magda, ante los rostros perplejos de los huérfanos, resopló.

—A ver cómo os lo explico… Ser meretriz es una profesión, al igual que un… carpintero… o un guardia. La gente me paga a cambio de… mis servicios.

Hugo frunció el ceño, sin entender del todo lo que quería decir Magda.

—¿Qué ofreces? —preguntó Juana.

—Esperanza… Mi trabajo es como sembrar semillas de luz en los corazones baldíos de los hombres.

Hugo se encogió de hombros, no había entendido ni una palabra de lo que había dicho Magda, aunque Juana pareció entender a qué se refería y abrió los ojos de par en par.

—Pero eso es… horrible. ¿Por qué aceptaría cualquier mujer padecer semejante espanto? —preguntó.

Magda sonrió ante la perspicacia de Juana.

—Habéis escapado de un infierno… para acabar saliendo a otro mucho peor: el mundo real.

Allí mandaban los curas y las monjas, pero aquí fuera mandan las monedas.

Sin dinero te mueres, así de simple. Cada persona sobrevive como puede: los huérfanos roban la comida, los haraganes matan por unas cuantas monedas y las hembras rebeldes como yo… no tenemos otra salida.

Juana agachó la cabeza, entristecida.

—Esos hombres que buscan tus servicios…, tienen esposas, ¿verdad?

—Sí, pequeña —respondió Magda previendo la siguiente pregunta de Juana—, y no es que las engañen, ya que sus esposas saben a la perfección a dónde han ido sus maridos.

Ellas no son tan distintas a nosotras… Sus maridos nos pagan para pasar un rato dentro de nuestras piernas, pero a ellas les pagan para tenerlas atadas durante el resto de sus vidas, condenándolas a una existencia de servidumbre…

—Magda exhaló un profundo suspiro—. No sabría decirte qué es peor.

De repente, Juana miró a Hugo y, acto seguido, desenfundó su tenedor.

—Si alguna vez me haces eso… no te lo clavaré en el ojo. —Juana desvió el arma hasta la entrepierna de Hugo—. Te lo ensartaré ahí abajo.

Hugo, que no entendía nada, se quedó atónito sin saber qué había hecho ahora mal.

Magda no pudo evitar soltar una carcajada. Luego miró al otro lado del río, donde acababa de aparecer, por un instante fugaz, la luz de un farolillo que parecía deslizarse sobre las aguas oscuras.

—Me habéis caído bien, zagalillos —dijo sin quitar la visa del río—. Dejad que os ayude a cruzar el río, y quizá… a encontrar una vida mejor para vosotros.