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Los pasos de Hugo tenían dos funciones: alcanzar su nuevo e inesperado destino y aplacar la incertidumbre de aquella decisión repentina, pero solo una de ellas estaba funcionando.
Cada zancada incrementaba las dudas que albergaba en su interior, las cuales habían comenzado a emerger de sus crisálidas para revolotearle en la cabeza como mariposas audaces que no temían el manto sombrío de la noche.
Hugo era consciente de que su antiguo plan conllevaba el gran riesgo de morir ahogados, pero el nuevo plan de Juana era aún más arriesgado: si eran descubiertos, los mandarían de vuelta al orfanato. Hugo prefería sucumbir a las aguas heladas antes que volver al cálido hogar de Dios.
—¿Ese es el puente romano? —preguntó Hugo con un nudo en la garganta.
Juana asintió.
Los arcos enormes, de piedra blancuzca y grisácea, atravesaban el río. La imponente estructura estaba formada de granito extraído de las canteras de Béjar, lugar en el que, según las monjas, Hugo acabaría picando piedras.
—Quizá por eso haya venido el tal padre ese —masculló Juana en voz alta—, para ver si su puente estaba bien cuidado.
—¿El papa?, ¿acaso el puente es suyo?
—El viene de Roma, y el puente es romano.
Hugo asintió, el razonamiento de Juana era indiscutible.
Al acercarse un poco más al puente, los huérfanos se percataron de que estaba iluminado por numerosos farolillos en su parte superior.
La luz que emanaba de aquellos candiles les permitió vislumbrar las figuras de unos guardias que custodiaban el paso hacia la ansiada libertad.
Además, en el acceso al puente, la algarabía de una muchedumbre enfadada rompía el silencio nocturno.
Los huérfanos comparten algo con los perros abandonados: son invisibles ante la frialdad de la noche.
Hugo y Juana tenían mucha experiencia y pericia para caminar a hurtadillas, así que, avanzaron así, hasta colocarse bajo el arco más cercano a la orilla.
Allí permanecieron, sentados en la hierba húmeda mientras escuchaban gritar a los hombres de la parte superior.
—Guardia, se lo ruego, déjenos pasar —suplicaba un hombre.
El guardia se tomó su tiempo para contestar, primero soltó un escupitajo que se precipitó por la baranda de piedra del puente y cayó en el agua, muy cerca de donde estaban escondidos Hugo y Juana; luego gruñó y, al cabo de un largo silencio, habló, aunque a gritos.
—¡Mecagüen la hostia!, ya os he dicho que no podéis pasar. El maldito puente está cortado hasta el lunes.
—¡Pasado mañana es lunes, leche! —bramó otro hombre.
—¡Ese es el Lunes de Pascua, mentecato! —contestó el guardia—. ¡El puente está cerrado hasta el jodido lunes siguiente al de Pascua!
La muchedumbre farfulló una miríada de quejas e insultos.
—¡Maldita sea! ¡Vosotros, hideputas! —gritó con brío un segundo guardia—. ¡Dejad de tocarnos los cojones!
—¡Vete a la mierda! —exclamó alguien entre la concurrencia.
—¡Mecagüen Dios! —bramó el primer guardia—. ¡Jodidos verriondos! ¡Idos a rezongar a vuestras zahúrdas, allí podéis fornicar con vuestras hediondas señoras!
El gentío no reaccionó bien a los insultos de los guardias. Nuevos insultos, tales que harían sonrojar a una monja (cosa de la que Hugo jamás había sido testigo), fueron y vinieron entre ambos bandos hasta que un sonido claro y conciso impuso silencio.
Hugo tenía buen oído para las hostias y habría apostado a que había sido un guantazo, con la mano abierta, perpetrado por un guardia hacia un pobre desgraciado. Fuera como fuese, el golpe acalló al tumulto.
—¡Y a mí qué me importa, mangurrián! —berreó el primer guardia— ¡Si la mojigata de tu señora no quiere que le metas la verga siempre puedes afilarte la espada a la luz de una vela!
—¡Como va a querer con un amondongado bucéfalo como tú! —se burló un tercer guardia entre risas.
Las risas estallaron entre los guardias. El gordo calló.
—Disculpe, señor —balbuceó, sumiso, otro hombre—. Aquí todos buscamos lo mismo…, ¿pero acaso ustedes no echan de menos a las rameras?
El guardia carraspeó, se tomó su tiempo y, cuando contestó, lo hizo con un tono más calmado.
—Mi señora esposa solo abre la almeja en la más absoluta oscuridad… y ni siquiera se quita el dichoso camisón. ¿Qué si echo de menos a las fulanas? —El guardia soltó una risa gutural atronadora—. ¡Pues claro que las echo de menos!
—¡Entonces déjenos pasar!
—¡Nadie debe enterarse, vengan ustedes también!
—¡Silencio! ¡Por los clavos de Cristo! —bramó el primer guardia—. No es mandato nuestro, además no es de nuestra incumbencia los motivos que tengan para ir al otro lado. Somos guardias y acatamos las órdenes sin rechistar.
—Además, de nada valdría escaquearse —añadió el segundo guardia—. Allende el puente hay un clérigo con ellas.
—¿Un cura? ¿Todas ellas para él solito? —preguntó un hombre con una voz que denotaba tanto asombro como envidia.
—¡Seguro que es un jodido carlista!
—¡Será golfo el muy cabrón!
El sonido de otro golpe dejó claro que no se podía insultar al clérigo, al menos en presencia de la ley.
—¡El cura las cuida, berzotas! —gritó el tercer guardia al tiempo que daba otro golpe, el primero era para cumplir la ley, pero el segundo fue por gusto—. Él es el padre encargado de la mancebía.
—Si el clérigo ve que os vais de picos pardos en Cuaresma…
no solo os molerán a vosotros de azotes y multas…
que eso a mí no me importa, sino que luego nos bajarán los calzones a nosotros y nos meterán los reales de nuestra paga por el ojete.
—El primer guardia dijo esto último con un tono que no daba pie a más réplicas.
—Hugo, ¿qué hay al otro lado del puente? ¿qué es una meretriz? —preguntó Juana en voz baja.
Hugo se llevó la mano a la barbilla y fingió pensar.
—No tengo ni la más remota idea…
—¿Tan ignorante sois los dos? —preguntó una voz femenina a sus espaldas.