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La enorme habitación se volvió taciturna. Los compañeros de Hugo ahora vivían en el plácido mundo de los sueños. Hugo se compadecía de ellos, ya que, a diferencia de él, despertarían de nuevo en el orfanato, listos para revivir su pesadilla matutina habitual.
Hugo, por su parte, no sabía qué le depararía el futuro, pero entendía que no podía salvarlos a todos y, aunque hubiera podido hacerlo, no habría querido. Aquel era su plan de escape, llevaba a Juana porque le era necesaria, pero si algo tenía claro Hugo Salamanca era que él no era ningún héroe.
Hugo se levantó en silencio. Echó un vistazo a sus escasas pertenencias y suspiró.
Recogió todo, salvo el martillo de madera, su único juguete.
Según le habían contado, lo traía consigo el día en el que lo habían abandonado a su suerte.
Hugo recordaba jugar con él hasta que un día sor Socorro se lo rompió.
Era lo único que le hubiera gustado llevarse de allí, para así estampárselo en la cabeza a sus padres si alguna vez los llegaba a conocer.
Con paso lento, se dirigió hacia la cama de Juana. Encontró a su cómplice sentada encima del colchón, con las piernas cruzadas, esperándole como una gata aguarda a su amante nocturno. No hicieron falta palabras, ambos sabían lo que tenían que hacer.
El plan no podía ser más sencillo: había una ventana en la esquina de la habitación y que, gracias a su reciente estirón, Hugo y Juana ya podían alcanzar.
La ventana estaba cerrada con llave. De ahí que la misión de Juana de robarle la llave a sor Teresa fuese tan primordial.
Una vez abierta, usarían las sábanas que Juana llevaba semanas cogiendo de un lado y otro, para bajar sin abrirse la cabeza: las atarían a los barrotes y bajarían por la pared como si de cuerdas se tratase.
Don Tomás no hubiera podido colarse por aquellos barrotes, pero dos huérfanos moribundos, sí. La obesidad no era muy común en el orfanato, excepto en los curas.
—¿Quién baja primero? —preguntó Juana.
—Yo, si la cuerda se rompe prefiero que sea conmigo. Hay una buena caída —murmuró Hugo.
Juana refunfuñó.
—Prefiero morir a pasar un día más aquí… Si alguien tiene que romperse la crisma primero, esa seré yo —dijo Juana con una dulce sonrisa.
Hugo sabía que de nada valía discutir con ella, y también tenía claro que, si la cuerda se rompía y Juana caía, él se tiraría de cabeza contra el suelo. Iba a salir de allí, vivo o muerto.
Hugo ayudó a Juana a subir al alféizar de la ventana, luego le dio la llave y cruzó los dedos.
La ventana se abrió al primer intento, y Juana no pudo evitar soltar una pequeña carcajada.
Hugo le pasó las sábanas atadas, y Juana hizo un nudo perfecto en los barrotes.
Ahora se alegraba de que Juana hubiera ido primero, ya que él no sabía hacer nudos; saber sabía, pero se le desataban solo con soplarlos.
Juana cerró el puño y, con el pulgar alzado, le dedicó una gran sonrisa a Hugo. Acto seguido, se agarró a las sábanas y comenzó a descender. Hugo escaló hasta la ventana y esperó allí sentado, viendo cómo bajaba su amiga.
Juana iba apoyando la suela plana de los zapatos en la pared fría del orfanato, mientras su cuerpecito, pequeño y esbelto, descendía aferrado a la liana improvisada.
Iba bajando con esmero y en ningún momento miró hacia abajo; a cada paso, le dedicaba a Hugo una mirada y una sonrisa breve.
Con cada tramo que bajaba Juana, Hugo sentía que el corazón le palpitaba cada vez más rápido, le sudaban las manos y tenía la boca seca.
Una gran carcajada de triunfo le sacó de su trance paranoico: Juana había tocado suelo. Ahora le tocaba a él.
Hugo pesaba más que Juana, y con cada paso sentía que las sábanas se le iban a escurrir por entre las manos sudorosas.
Tampoco miró hacia abajo, no por vértigo, sino porque le gustaba mirar a sus enemigos a los ojos; y su enemigo estaba sobre su cabeza.
Desafiando el hogar de Dios con una sonrisa pícara, Hugo fue bajando poco a poco al infierno, a su verdadero hogar.
Nada más posar sus pies en el suelo, Juana se abalanzó sobre él con un cálido abrazo. La noche era fría, como la mayoría de noches salmantinas, y Hugo agradeció el contacto del calor humano.
—¡Lo conseguimos! —chilló Juana con una gran sonrisa.
—No lo habría logrado sin ti. Pero ahora queda la parte más difícil.
Hugo señaló el río. Juana sacudió la cabeza, intranquila.
—No te lo he mencionado arriba… porque no quería discutir. Pero no creo que sea buena idea cruzarlo a nado.
—¡¿Qué?!
Habían revisado el plan cientos de veces y, si algo odiaba Hugo, eran los cambios de última hora, al menos los que no había propuesto él.
—La noche es gélida, estamos famélicos de la porquería de comida que nos dan y tampoco somos tan buenos nadadores: moriremos ahogados o congelados. Hugo, confía en mí, hay un puente a pocos pasos de aquí.
Ahora fue Hugo el que sacudió su cabeza.
—¡Eso sí que es peligroso! Puede que haya guardias, y entonces sabrán que nos hemos fugado… y todo se irá al traste… ¡Maldita sea, Juana!, no puedo volver al orfanato…
—¡Confía en mí! Nadie nos verá.
Hugo gruñó y, aunque reacio, asintió.
Juana se dirigió hacia el puente, pero Hugo recordó que se le había olvidado algo. Le hizo un gesto a su amiga, se bajó los calzones y procedió a orinar contra el muro de piedra.
—Siempre había querido hacer esto…
—Mira que eres tonto… pero eres mi tontito. —Juana le dio un cachete en el culo desnudo—. Te quiero.
—¿Ya no me odias? —preguntó Hugo con una sonrisa pícara mientras se subía los calzones.
—Depende de lo que vayas a decir ahora.
Hugo sabía lo que tenía que decir, aunque no lo sintiera de verdad; puede que no fuera un héroe, pero un mentiroso sí que era, y de los buenos.
—Te quiero.
Juana agarró la mano de Hugo con firmeza y clavó su mirada oscura en los ojos azules de su querido compañero.
Juana acarició la piel morena de Hugo, y este la estrechó entre sus brazos.
Sus corazones latían al unísono. Juana y Hugo se besaron y, por un momento, olvidaron todos sus problemas.
Solo eran dos jóvenes con la piel tostada, enjutos los dos, con ropajes ajados, de pie junto a la orilla de un gélido río.
Pero en aquel mismo instante, comenzaron a ser felices.