3
Hugo respiraba de forma profunda y calmada.
Esperaba, como cada noche, a que el silencio sepulcral invadiera la estancia.
Los huérfanos con los que compartía habitación eran tan desdichados como él, por lo que todos y cada uno de ellos deseaban que llegara el momento de dormir, porque así podían, al menos por unas horas, escapar de aquel lugar infernal.
El alertado y entrenado oído de Hugo captó un ligero susurro cerca de su persona. Hugo lo ignoró, pero el murmullo cobró forma y golpeó a Hugo en el hombro. Aquello ya era más difícil de ignorar.
—Hugo —susurró una voz femenina.
Hugo no necesitaba abrir los ojos para saber de quién se trataba.
—¡Shh! Calla, Juana. ¿Estás loca? —susurró Hugo mientras intentaba, sin éxito, impedir que Juana se colara en su cama.
—Las monjas ya se han ido, tontito —murmuró Juana dándole un beso en la mejilla.
Hugo notó como la mano de Juana bajaba hacia su entrepierna y, haciendo gala de un enorme esfuerzo, la apartó.
—No, esta noche debemos concentrarnos en el plan.
—Jo, que malo eres —murmuró Juana mientras cogía la mano de Hugo y la introducía bajo su camisón.
Hugo volvió a zafarse, pero esta vez permaneció unos cálidos segundos con la mano inmóvil.
—¡Juana! —susurró Hugo—. Tendremos todos los días de nuestra vida para hacer cosas… pero hoy no. Primero debemos escapar de aquí, luego haremos lo que quieras…
Hugo, que conocía a Juana mejor que nadie, sabía que esta no se iba a estar quieta hasta que él no le diera al menos algo, por lo que se giró y le dio un profundo y cálido beso. Aquello resultó efectivo, ya que, por el momento, aplacó a Juana.
—Te odio… —murmuró Juana—, aunque más te vale no estar mintiendo. Cuando salgamos conoceremos a mucha gente, y puede que te enamores de alguna señorita.
—¿Una señorita? ¿Yo? —preguntó Hugo riéndose por lo bajo—. Un huérfano como yo solo puede aspirar a una criada o a una moza, además, eso no va a ocurrir. No te preocupes.
—Si preocupada no estoy, si eso pasa… te clavo un tenedor en el ojo y arreando.
Hugo tragó saliva. Juana pasaba de la dulzura a la locura con suma facilidad. «Habría sido una gran monja, aunque le gusta demasiado el fornicio… Sí, habría sido una gran monja», pensó Hugo con una sonrisa oculta en la oscuridad.
—¿Conseguiste la llave? —preguntó Hugo cambiando de tema.
—¿Te refieres a esta? —dijo Juana mientras metía la mano en sus enaguas y sacaba una llave de un sitio estrictamente femenino.
—¿Te ha dolido? —preguntó Hugo cogiendo la llave.
—No tanto como pasar aquí catorce años. ¿Ahora qué, sabiondo? —inquirió Juana mientras se acurrucaba junto a Hugo.
—Ahora ve a tu cama. No hagas ningún ruido, pero no te duermas; espera a que yo llegue. Iré en cuanto todos se hayan dormido.
—¿Cómo sabrás cuando se han dormido todos?
—Cuando cesen los llantos.
La muchacha asintió, le dio un beso en la mejilla y se fue a su cama.
Lo que más admiraba Hugo de Juana era su vigor, su ánimo inextinguible, el denuedo con el que sobrevivía cada día en aquel infierno.
Con el paso de los años, Hugo había visto a una infinidad de huérfanos derrumbarse hasta acabar exangües.
La mayoría morían de alguna enfermedad como la tuberculosis, otros de hambre, algunos ahogados, e incluso otros que, orgullosos, decidían por ellos mismos cuándo y cómo acabar con su sufrimiento allí.
No era el caso de Hugo y Juana. Ellos no solo habían soportado las penurias, sino que, además, habían salido más fuertes.
Sus rostros estaban igual de sucios; sus ropajes, igual de harapientos, pero sus corazones se habían fortalecido con cada golpe recibido.
Aunque cada uno se había adaptado de forma diferente: Juana comenzaba a abrazar la locura y Hugo se había forjado una armadura de indiferencia ante las desgracias ajenas a su persona; su falta de emociones le había hecho reflexionar en más de una ocasión.
¿Sentía algo por Juana? Sí, o eso creía, al menos en su entrepierna, aunque no sabría definirlo con palabras.
A Hugo le gustaba pasar tiempo con ella, sobre todo bajo las sábanas al amparo de la oscuridad.
Juana había sido su ancla en aquel mar de dolor.