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Hugo había pasado semanas preparándose para dicha fecha: se bañaba todos los días en las aguas frías del río Tormes, no para limpiarse, pues no todas las manchas salían con agua, sino para perfeccionar su nado; no le quedaba más remedio, puesto que a los huérfanos que no sabían nadar se los llevaba la corriente.
Las monjas poco podían hacer para salvarlos, ya que no sabían nadar; Dios no les había infundido ese don.
La tarde del sábado había pasado igual de lenta que una hora en el confesionario con don Tomás, y Hugo estaba tan nervioso que hasta la monja lo notó.
—¿Has hecho tus tareas, Hugo? —preguntó sor Socorro después de darle con la vara, sin motivo aparente.
—¿Creo que debería darme con la vara una vez haya respondido, no cree? —preguntó Hugo.
La vara volvió a silbar en el aire y, fugaz como el destello de un relámpago, se estampó sobre la dolorida, aunque fuerte, mano de Hugo.
—¡Esa por insolente!, y ahora contesta a mi pregunta.
Hugo resopló.
—No, sor Socorro, no hice mis tareas —dijo con impasibilidad—. Me he pasado el día pensando en actos impuros, primero los pensaba y luego los ponía en práctica...
Sor Socorro poseía cierta habilidad innata.
La monja era capaz de oscurecer el ambiente y apagar la llama de la esperanza que habitaba en los corazones de los huérfanos; para activar dicha habilidad no necesitaba ningún ritual satánico ni brujería alguna, solo era menester que hiciera una única cosa: sonreír.
—¡Estás castigado! —chilló mientras le daba otro varazo, no como castigo, sino como costumbre.
—¡Ay, qué pena me da!, ¡ya no podré ver al papa! —exclamó Hugo fingiendo tristeza.
El papa había estado muy ocupado toda la semana, y el Domingo de Resurrección había sido el día elegido para que los huérfanos pudieran salir en procesión junto a su santidad.
La sonrisa sardónica de sor Socorro alcanzó su clímax.
—¿Te crees que me chupo el dedo? —preguntó la monja mientras enarbolaba la vara.
«El dedo precisamente no, pero a don Tomás le he visto yo chuparle otras cosas» pensó Hugo.
—No, sor Socorro —mintió Hugo.
—Tu castigo empezará en cuanto su santidad se haya marchado de la ciudad. —Otro varazo—. Mañana irás con los demás. Llevarás a San Juan a hombros como todos los demás niños… y ni se te ocurra dirigirte a su santidad, ¡ni siquiera le mires!… No eres digno de él.
—¿Va a venir Dios? —preguntó Hugo con seriedad.
Sor Socorro poseía ciertas cualidades, pero la paciencia no era una de ellas. La vara no silbó, ya que, como monja que era, prefirió el contacto carnal; por lo que dio rienda suelta a su larga y fría mano.
—A las seis en punto te quiero despierto. Ahora, vete a tu habitación.
Hugo se fue, dolorido, pero feliz; pronto todo aquello acabaría.