Te odio: La reina del burdel de Londres 1
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Te odio: La reina del burdel de Londres

Te odio: La reina del burdel de Londres

Por John Bueno

© inepub.com

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Hugo no tenía ni la más remota idea de quiénes eran sus padres biológicos, aunque no era algo que le quitase el sueño.

Tampoco sabía si estos seguían aún vivos, lo que también le era indiferente.

Solo había una única cuestión que a Hugo le gustaría reprocharles a la cara a esos malnacidos: no haber dejado una maldita nota con un jodido nombre.

El pequeño Hugo había sido abandonado a las puertas de un orfanato católico cuando no era más que un rorro.

Hugo sospechaba que el abandono de criaturas no era una cualidad propia de las personas bondadosas y de buen corazón, o eso se supone, pero ya que alguien hacía el esfuerzo de abandonar a su propio hijo, qué menos que hacerlo dejándole el nombre puesto.

Ese bebé desvalido se tuvo que conformar con el nombre del estúpido santo que tocaba recordar aquella noche fatídica en la que había sido recogido por las monjas.

El santo en cuestión era un tal Hugo de Grenoble y, como el orfanato estaba en Salamanca, el niño abandonado pasó a llamarse Hugo Salamanca.

El dichoso orfanato se llamaba La Casa del Amor, siendo el lugar de Salamanca en el que menos amor podía hallarse. Las monjas decían que se encontraba en la orilla buena del río Tormes, cuyas gélidas aguas limpiaban de impurezas a los niños, y más si estos se bañaban en invierno.

Hugo Salamanca acababa de cumplir los quince años y, según las chupacirios, Hugo era un zagal irrespetuoso, zascandil y botarate.

Aunque para las monjas todos los huérfanos eran, al menos los que allí vivían, unos desconsiderados, ya que pocos eran los niños que tenían la asombrosa suerte de poder criarse junto a las siervas más cercanas a Dios.

Hugo, que siempre se fijaba más en la luz que entraba por las rendijas del confesionario que en la oscuridad que este albergaba en su interior, debía dar gracias por haber tenido el asombroso privilegio de criarse en un orfanato cristiano que le había revelado un secreto universal, uno que cualquiera de aquellos ilusos que acudían todos los domingos a misa parecía no conocer: Dios no existía, pero el diablo sí; aunque, para los habitantes de aquella santa casa, el único diablo allí era el propio Hugo.

Los curas y las monjas promulgaban a los cuatro vientos que Hugo era un rebelde, un pícaro, un tunante, un malhablado…; en resumen, que no era digno de Dios. Hugo, al escuchar tales palabras, hinchaba el pecho y sonreía, ya que le reconfortaba saber que no iría al cielo.

Todo aquello le importaba un pimiento a Hugo, ya que su intención no era esperar allí hasta los veinticinco años; para entonces el cura habría pasado de las miradas lascivas a otras cosas peores.

No, Hugo tenía que huir de aquella cárcel con velas.

Y, sin duda, el mejor momento para fugarse de un orfanato católico era en Semana Santa.

Aquella Semana Santa, además, iba a ser especial, aunque, para las monjas, hasta los domingos eran extraordinarios.

Hugo, que ya era viejo zorro a pesar de su temprana edad, sabía que el término «especial» no significaba lo mismo en boca de una monja, por lo que al principio receló de aquella palabra; pero entonces descubrió que, de forma inaudita, las monjas estaban diciendo la verdad y que, dicha Semana Santa, contaría con un invitado especial: el papa.

Su santidad, como todos lo llamaban allí, iba a venir de visita a España y, como no podía ser de otro modo, iba a hospedarse en la bella y hermosa ciudad de Salamanca. El tal papa debía de ser sumamente importante, ya que las monjas pegaban con más esmero desde que se supo la noticia.