CAPÍTULO 12 #2
—Hola, Enrique —dijo Dalia con voz suave, mientras se acomodaba el cabello que caía hacia su rostro detrás de la oreja, un gesto tan natural como provocador.
—Hola, Cata —respondió él—. Tiempo sin saber de ti.
Se puso de pie y le ofreció la mano. Ella la tomó. Ambos sintieron el leve temblor.
—Ah, sí se conocen —remató Daniel—. El mundo es un pañuelo. Excelente… seguro se la van a llevar bien.
Inocente. Sin saber su pasado, ni que no era un reencuentro cualquiera. Sino la unión de dos historias que nunca habían terminado.
Pero para Enrique y Dalia ese momento tenía un significado mucho más profundo. No era casualidad. El destino los había unido, reunido. Enrique, sin pensarlo demasiado, le ofreció a Dalia una copa de vino.
Ella negó con una sonrisa:
—¿Vino? No…. No quiero. Quiero algo mejor. Una cerveza… o un Smirnoff. Quiero recordar viejos tiempos.
Él sonrió, entusiasmado y lleno de recuerdos. Pidió dos cervezas y, de paso, preguntó a Amanda qué deseaba tomar.
—Tequila —respondió ella—, lo mismo que Daniel, por favor.
Mientras Enrique le servía unos tequilas, Dalia se sentó a su lado. Y el
mundo desapareció. Él necesitaba saber de ella, de su vida. Hablaron. De todo. De sus vidas, de sus divorcios, de los últimos años. Dalia, con ojos aguados, le contó que el no poder tener hijos destruyó su matrimonio con Alex.
Enrique, por su parte, le habló de Carolina: de la traición, de la mentira. De que Enzo, su hijo, no era suyo, aunque en su corazón siempre lo sería, sin importar lo que dijera el ADN. Y también de cómo Carolina lo humillaba por ser infértil.
Coincidencia amarga: ambos habían sido heridos por el mismo argumento.
Mientras tanto, Daniel bailaba con Amanda una salsa romántica cubana, lenta, muy pegaditos en la pequeña pista del bar, ajenos a la historia que no conocían.
Enrique no pudo evitar mirarla como lo hacía siempre: primero a los ojos y, luego, despacio, descendiendo hacia sus labios.
Dalia lo miraba igual. Para ellos, el tiempo no había pasado.
O tal vez nunca había logrado separarlos del todo, de su corazón.
Las cenizas revivían como el fénix, ardían otra vez, como un fuego que se resiste a morir: lento, inevitable, indomable.
Se acercaban sin palabras, sin permiso, movidos por una mezcla de emoción y nostalgia.
Ambos sabían, aunque no lo dijeran, que se necesitaban.
Enrique se inclinó hacia su oído, venciendo la música; necesitaba que ella lo escuchara. Que nada interrumpiera lo que estaba a punto de decir.
—Nunca te pude olvidar, Cata. Nunca dejé de pensarte, de extrañarte.
Yo aún te quiero.
Dalia cerró los ojos un segundo. Suspiró. Lo escuchó, lo sintió. Bajó la mirada y luego volvió a sus ojos.
—Yo tampoco, Enrique —susurró—. Nunca te olvidé, nunca te superé. Siempre te quise… Por eso te odié tanto. Porque te amé. Y como te
amé… a nadie. Nunca sentí lo que sentí por ti… Nunca.
—¿Sabes algo, Cata? —dijo Enrique, mirándola fijamente.
—Dime —respondió ella.
—Escúchame bien… porque esto es una promesa de vida: nunca más… escucha… nunca más te voy a dejar ir. Si hoy te encontré, no te pierdo otra vez. De aquí no te vas sin mí.
Dalia sostuvo su mirada. Esta vez no había dudas.
—Ni yo sin ti, Enrique. Sin mí no te vas. No te quiero perder tampoco. Te necesito… más que nunca. Pero primero… —hizo una pausa. Sonrió—. ¿Te puedo pedir algo?
—Pídeme lo que quieras, Cata.
—Bésame, por favor.
Y se besaron.
Para sorpresa de Daniel, que los observaba desde la pista, se besaron.
El beso fue tan intenso, que no pudo evitar tener una erección.
Amanda lo notó de inmediato mientras bailaban.
La escena, digna de una película romántica, los hizo detenerse y contemplar cómo aquella pareja de supuestos desconocidos se entregaba sin reservas y desenfrenadamente en tan poco tiempo. No entendían en absoluto, nada.
Daniel miró a Amanda sonriendo.
—Pues… creo que sí le va a ayudar tu amiga con el despecho a Quique —dijo con una sonrisa.
—Bobo…. Sigue bailando —respondió ella, riendo.
Dalia y Enrique se levantaron, aún tomados de la mano. No querían soltarse, separarse. Sentían que, si lo hacían, podían perderse.
Se despidieron rápido.
—¿Cómo así? ¿Para dónde van? —preguntó Daniel.
—Es una historia larga… luego les contamos —respondieron casi al
mismo tiempo—. ¡Disfruten!
Salieron del bar. Tomaron un taxi. Dalia dio su dirección y, durante el trayecto, no se separaron, como si cada beso fuera una forma de recupe-
rar el tiempo perdido.
Mientras se besaban, de repente Enrique se detuvo. Llevó su índice a los labios de Dalia y le susurró al oído:
—Escucha.
El taxista escuchaba una canción de Coldplay.
No era cualquier canción. Era esa canción.
La que él le había dedicado tiempo atrás.
La que, sin decirlo, lo decía todo. Una confesión tardía, los errores, las señales ignoradas…
y, sobre todo, la verdad, esa verdad imposible de ocultar: cuanto se habían extrañado.
Dalia escuchó; sus ojos se aguaron. Se acercó a su oído y, con una leve sonrisa triste, respondió:
—Yeah, the truth is that I miss you too… (Sí, la verdad es que yo también te extraño…).
No hicieron falta más palabras. Se abrazaron, continuaron consintiéndose, queriéndose… hasta llegar al apartamento de ella. Pagaron, bajaron y, mientras el ascensor marcaba cada piso, entre beso y beso, entre suspiros, entre abrazos, apenas podían contenerse.
Al llegar al piso once, salieron al pasillo en busca del apartamento 1101.
Dalia abrió la puerta con prisa y dejó caer sus tacones sin mirar.
Al cerrar, Enrique la tomó por la espalda y la acercó a él.
Besó su cuello mientras sus manos recorrían su cuerpo con urgencia, deslizándose hasta el borde de su vestido, que levantó despacio, acariciando su piel.
Al llegar a su pelvis recorrió el hilo delgado de su tanga hasta llegar a su centro, desplazándolo para poder sentir la humedad en sus dedos, humedecerlos y penetrarla con su tercer dedo.
Dalia se aferró a él con sus manos. Y de inmediato respondió, girándose hacia él, quitándole la camisa con sus manos temblorosas.
Él deslizó el cierre del vestido y la despojó de sus prendas.
La necesitaba. Necesitaba verla, sentirla, confirmar que era real.
Bajó sus pantalones y se fundieron en un abrazo.
Él la levantó dejando que ella lo rodeara con las piernas y se aferrara a su cuerpo.
Y la penetró… se hicieron una sola carne.
La apoyó contra la pared y, sin separarse, comenzó a moverse con esa intensidad que solo nace del deseo contenido: una embestida rítmica, pélvica, casi salvaje, una batalla de amor en la que sus cuerpos hablaban sin reservas.
Dalia gemía, una y otra vez, entregada; él también. Entre jadeos, ella le susurraba al oído:
—¡Ah… dale, dale…!, ¡ah… más fuerte, por favor!
Y él lo cumplía. Besaba su cuello, con una mezcla de urgencia y memoria; recorría su cuerpo, besaba sus pechos, rozaba y mordía sus pezones, mientras ella se aferraba a su espalda, como si temiera que volviera a escaparse. Sus uñas casi lo lastimaban, asegurando que no escapara.
Sin soltarse, él la llevó hasta el sofá de la sala.
Se acostaron y cambiaron de posición; esta vez, ella tomó el control.
Se hizo encima, en cuclillas, mirándolo con decisión, con deseo, con todo lo que había guardado durante años.
Él recorría su espalda hasta llegar a sus caderas, apretándolas con firmeza.
A ella le fascinaba esa sensación; y no solo las sujetaba, también le daba una que otra palmada, dejando en su piel una marca roja de sus dedos.
Eran gemidos y besos, emociones contenidas; hacían el amor con una intensidad acumulada, casi infinita.
Dalia gritaba; él también, hasta que juntos llegaron al clímax.
La humedad entre sus cuerpos era evidente.
Se habían amado una vez más, como aquella noche de despedida en ese motel a las afueras de la ciudad.
Pero esta vez se amaron distinto: sin remordimientos, sin mentiras, sin dudas, sin deudas, sin deberle nada a nadie.
Se amaron sin esconderse, sin temores. Simplemente se amaron… De verdad.
Ese reencuentro no fue casualidad, fue cosa del destino.
Fue el inicio de una nueva etapa en la vida de Dalia y Enrique.
Después de años de separaciones, errores y caminos cruzados, se encontraban de nuevo juntos, en el mismo lugar, al mismo tiempo…
listos para enfrentar el futuro juntos, dando rienda suelta a un amor que había sobrevivido a los obstáculos y a la distancia.
La chispa de aquel romance secreto volvía a encenderse, pero esta vez no era un fuego clandestino: era un fuego libre, con intención, uno que no debía apagarse nunca más.
Su historia de amor tomó un nuevo comienzo… o, quizá, por fin tenía un verdadero inicio. Ya no era una historia incompleta: era, al fin, una historia real. Se tenían el uno al otro, de verdad. sin condiciones, sin res-
tricciones, sin pasado que los persiguiera.
Por primera vez el destino no los separaba. Los había elegido, los había reunido. Y, esta vez, parecía decidido a no soltarlos nunca más. Era su forma de premiarlos.