CAPÍTULO 12
Tres meses después, la vida de Enrique había dado un giro inesperado.
Un golpe certero que lo había dejado knockout .
Estaba en la lona, escuchando el conteo del juez acercarse peligrosamente a diez, sin fuerzas para levantarse…
y, peor aún, sin ganas de seguir dando pelea.
Estaba en crisis. Una crisis existencial que, en realidad, venía gestándose desde hacía años, pero que ahora había estallado con toda su fuerza, era una bomba.
Su matrimonio estaba destruido y, aun así, amaba con su alma a un niño que no era suyo, pero al que había decidido —como un acto casi caballeroso— no abandonar.
Enzo seguía siendo parte de sus pensamientos diarios.
Siempre. Pero, a pesar de esto, una decisión estaba tomada.
Enrique había decidido terminar sus conflictos con Carolina.
Cerrar ese capítulo. Y lo logró. Se había divorciado.
La reunión con sus abogados había culminado hacía unos minutos.
Una firma en un papel había puesto fin a su relación de años.
Todo —la historia, los recuerdos, las promesas, incluso un «hijo»— reducido a unas cuantas hojas legales, a un simple «papel».
Al fin y al cabo, el matrimonio era eso: un contrato.
Un pacto entre dos personas que podía romperse.
Y él lo había hecho. Había firmado el documento que lo dejaba
libre. Ya era soltero.
Salió de la Notaría Segunda caminando con la frente en alto.
En su rostro se dibujaba una leve sonrisa…
pero por dentro habitaba un vacío difícil de explicar.
La costumbre no sería fácil de romper. Había tenido una familia…
ya no. Volver a vivir solo implicaba enfrentarse, otra vez, a los silencios, a los recuerdos, a los fantasmas de una relación fallida que aún no terminaba de irse.
Pensaba en su hijo… ahora hijastro. En lo difícil que sería no verlo a diario, con regularidad, no compartir con él, no sentirlo cerca.
Enzo ya no estaba para él todo el tiempo.
Carolina —ahora exesposa— lo había engañado.
Y, en medio de la soledad, de ese caos, en el fondo de su corazón un nombre volvió, un recuerdo inevitable: Dalia.
Su «Catalina», lo seguía acompañando. Nunca la había olvidado.
Siempre había cargado con la incógnita de qué habría pasado si la hubiese elegido a ella en su vida.
Tal vez con ella sí habría sido feliz. Tal vez se había equivocado, tomado una mala decisión.
Pero ya era tarde para esos arrepentimientos.
No sabía de ella desde hacía años. Desde aquella última llamada inquisidora cargada de reproches no volvió a saber dónde estaba, dónde vivía, ni en qué ciudad se encontraba.
Tenía que comenzar de nuevo. Una nueva vida, desde cero.
En busca de un respiro, después de una tarde cargada de trámites legales, de tensión psicológica y tensión emocional, decidió entrar a un bar.
Un bar antiguo. De esos con barra larga de madera gastada, música en vinilos y un cantinero que sirve la cerveza sin retirar las botellas, porque la cuenta se hace al final.
Un lugar donde se podía escuchar salsa, boleros y mucha música llamada «vieja», pero llena de nostalgia; esa música que, después de los treinta y cinco años, empieza a sentirse distinta…
más cercana, más necesaria, se le toma más cariño y se vuelve incondicional.
El sitio tenía una pequeña pista de baile, donde algunas parejas —las más osadas— se atrevían a bailar, dejándose llevar por el ritmo de una salsa lenta, casi íntima.
Era un refugio para personas con algún daño en el corazón. Y esa noche, Enrique lo necesitaba.
Saludó al bartender y al dueño. Se sentó en la barra y pidió una cerveza rubia bien fría.
Le entregaron una Budweiser, la sostuvo unos segundos entre las manos, como si ese vidrio helado enfriara sus tensiones.
Quería saborearla y relajarse. Se sentía agotado, agobiado, falto de respiración…
atosigado. La vida lo tenía contra las cuerdas.
Necesitaba tiempo para recuperarse o, de lo contrario, tendría que tirar la toalla. Necesitaba pen-
sar o dejar de hacerlo. Era momento de empezar a olvidar, de cambiar de página. Y tal vez la música, junto con algo —o mucho— alcohol, lo ayudarían: llorar las penas y emborracharlas… para intentar borrarlas.
Llevó la cerveza rubia a su boca, tomó un sorbo largo.
Casi la mitad de la botella. El gas hacía efecto en su garganta, casi la quemaba, pero lo necesitaba.
Ese frescor, esa presión, esa picazón, esa sensación de la gasificación.
Pidió una canción. Una de Vicente Fernández.
Una que escuchaba con su padre y que él, con unos tragos, siempre cantaba en todas las fiestas: desafinado, pero con el alma, a todo pulmón.
Se llamaba La derrota . Una canción que, para el momento que vivía, parecía escrita para él y que dictamina: la traición, tarde o temprano, se paga.
Se levantó de la barra y se ubicó en una mesita al fondo. Un lugar discreto que le permitía estar en soledad. Desde donde podía observar sin ser observado.
Terminó su cerveza y pidió otra. Y algo más.
—Tráigame media botella de tequila… Don Julio 70 Cristalino. Y bastante sal y limón.
La cerveza refrescaba, sí, pero no lo suficiente. Necesitaba algo más fuerte. Algo que estuviera a la altura de lo que llevaba por dentro, a la altura de su procesión.
Aún así, no quería estar del todo solo. Necesitaba compañía. Un
amigo. Alguien que lo ayudara con sus penas. Tomó el celular y llamó a su amigo de la infancia, Daniel. De los pocos que no tenían relación con el medio de la salud. Quería invitarlo a tomar unos cuantos tragos, tal vez unas botellas de tequila. El hecho era olvidar.
Daniel se sorprendió por la llamada, y más aún por el sitio —bastante atípico para ellos, acostumbrados al bar de siempre—. Pero entendió, sintió la necesidad de acompañar a su amigo por todo lo que estaba pasando.
Aceptó ir y no iría solo.
—Voy con unas amigas —le dijo—. Amanda, la chica con la que te conté que estoy saliendo, tiene una amiga, colega, perfecta para ti.
Enrique dudó. No estaba de ánimo, y menos para conocer a alguien, solo quería olvidar. Pero aceptó la compañía.
—Es colega de Amanda, dice que es guapa, soltera, vive sola y está recién llegada a la ciudad —continuó Daniel—.
Vive en el mismo edificio que Amanda… Así que pues, aunque no es médica, es del gremio, eso entre locos se entienden, ¿no?
—Rio—. Seguro te cae bien, será una excelente compañía.
Y, de pronto, quien quita, hasta te ayuda a superar ese despecho, galán, y a olvidar a Carolina —concluyó.
Enrique no respondió de inmediato. Colgó, miró su vaso y suspiró.
Daniel y sus amigas llegaron al bar. Buscaron a Enrique sin verlo de entrada.
Debieron atravesar todo el lugar para encontrarlo.
Llevaba un buzo negro con capucha que le cubría el rostro.
Su mirada estaba perdida, baja, clavada en la botella de cerveza y jugaba con el limón del tequila.
La capucha dificultaba reconocerlo, pero para Daniel era inconfundible: ese buzo negro con «NY» en blanco en el pecho, logotipo de los Yankees.
Se lo había regalado él mismo, traído desde Nueva York en su último viaje.
Lo recordaba bien. Se lo entregó en la celebración del cumpleaños número cuarenta y dos, mientras departían en un bar famoso de la ciudad, meses antes de lo sucedido con Carolina.
Daniel llegó a la mesa con sus acompañantes y, fiel a su estilo, hizo la presentación de su amigo de una manera un tanto peculiar:
—Bueno, bueno… Les presento a mi amigo Quique: el doctor, el nerdo, el inteligente del grupo, el galán, el recién divorciado y muy cotizado. Está solterito y a la orden —esto último lo dijo mirando a la amiga de Amanda y alzando las cejas, como diciendo: «ahí tienes a tu víctima, ve por él».
Enrique, al escucharlo, levantó lentamente la mirada… Y se quedó sin aire, estupefacto y en shock.
Frente a él estaba una mujer hermosa. De piel blanca, sonrisa perfecta, cabello negro que caía hasta la cintura.
Sus caderas, amplias, firmes, y sus piernas bien tonificadas, definidas, se asomaban bajo un vestido de flores a la altura de la rodilla.
Pero no era solo eso. Eran los ojos. Esos ojos azules, profundos, que alguna vez lo cautivaron…
imposibles de olvidar. Como el mar caribe: limpios, inmensos, en los que se había perdido, su-
mergido en sus profundidades.
Era Dalia. Su «Catalina».
Era ella. De nuevo.
Todo quedó en stand by . Literalmente. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo hasta dejarlo en silencio.
Como un video en cámara lenta. Justo en ese instante cambiaban el vinilo: la aguja rozó el disco, se elevó unos milímetros, hizo un chasquido y volvió a caer en él para reiniciar la música, dejando al bar suspendido en un segundo eterno.
Un instante que permitió una mirada mágica, sin palabras, emotiva y nostálgica.
Enrique tomó aire. Lo necesitaba. Sintió, por un momento, el impulso, la obligación, de pellizcarse, de comprobar que no era un espejismo, saber si era real, si era verdad.
Solo la miró, delicadamente, como siempre lo había hecho.
Y entendió, en ese instante brutal y silencioso, que hay sentimientos que nunca cambian.
Ella estaba más bella que nunca. Su corazón latía con fuerza, casi como si quisiera romperle el pecho. No lo podía creer.
El momento de sorpresa y silencio entre Dalia y Enrique no pasó desapercibido. Daniel lo sintió de inmediato, notó la extrañeza, la tensión en el aire. Las miradas fijas, las reacciones contenidas… demasiado evidentes.
—¿Pero qué pasó? —dijo, soltando una risa ligera—. Parece que hubieran visto un fantasma. ¿Se conocen?