CAPÍTULO 11 #2
El silencio en la sala era insoportable.
Las palabras seguían allí suspendidas en el aire…
volando. Intactas. Irreversibles. Al leerlas quedó estupefacto, congelado, en estado catatónico.
No solo por las palabras con las que Carolina se refería a él, sino porque confirmaba que ya no lo amaba.
Y, peor aún… una idea comenzó a abrirse paso con violencia en su mente.
Su hijo Enzo, al que amaba, tal vez no era suyo.
Recordó entonces cada detalle de los últimos meses.
El trato, las palabras, el desprecio constante.
Recordó también aquellas frases repetidas por todos: «Enzo es igualito a la mamá».
Nadie encontraba en el niño un rasgo suyo, lo buscaban y no lo encontraban; siempre había que buscar similitudes lejanas: se parecía al abuelo, a la abuela, a algún primo.
Y él mismo… él tampoco encontraba rasgos suyos en su hijo.
Todo tenía sentido ahora: Enzo, su Enzo, no era suyo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas ante tal verdad que se resistía a creer, a aceptar, pero ya no podía ignorar.
Entonces surgió otra pregunta, inevitable: ¿Quién era el «señor E»?
Necesitaba saberlo. Así que siguió buscando.
No tuvo que ir muy lejos: había un chat reciente de esa misma noche con Esteban, su amigo…
y en algún momento, su profesor. El Dr. Pedroza. Abrió la conversación.
Carolina:
Quiero verte, Esteban.
Quiero estar contigo de nuevo.
Esteban:
No, no, no. ¿Qué te pasa?
Eso fue un error, Carolina.
Estábamos tomados y era tu despedida de soltera.
Fue un error que nunca debió pasar y no se repetirá.
Carolina:
Pero a mí me gustó… ¿a ti no?
Esteban:
Sí, pero no. No es eso.
Enrique es mi amigo. Fue un error.
Fue tu despedida de soltera y ya.
Nunca va a pasar más.
Fueron dos o tres semanas antes de que te casaras.
Eras soltera, en teoría.
Por eso me quedo tranquilo, pero nunca más.
Carolina:
Muérete entonces, Esteban. Muérete.
Ese chat fue una bofetada para Enrique. No solo lo habían traicionado su amigo y su mujer, sino que ahora las cuentas que había pasado por alto —ciego por la felicidad— empezaban a tener sentido.
Cuando Carolina le dijo que estaba embarazada tenía seis semanas, pero ellos habían estado juntos hacía no más de cuatro semanas; él se encontraba de docente en Inglaterra.
Lo había ignorado por completo. Ahora no podía hacerlo. Tenía que hacer algo para salir de dudas. Pero debía ser muy inteligente. Discreto. No podía armar un escándalo sin confirmar algo tan delicado. Necesitaba toda la seguridad del caso para confrontarla. Necesitaba pruebas, la verdad.
Entró nuevamente al cuarto, dejó el celular en la mesita de noche de Carolina, y se acercó a la cuna.
Enzo dormía plácidamente. Le dio un beso en la frente, le acarició la mano derecha y se acostó a dormir, o a intentarlo.
Dormir era imposible. Apenas logró cerrar los ojos por momentos.
Tal vez dormitó. En la mañana pensaría con claridad qué iba a hacer y cómo iba a confirmarlo.
Carolina amaneció destruida, casi de muerte: tenía guayabo, moral y físico. Sobre la mesa de noche encontró un vaso de agua fría y dos analgésicos. En la cocina, Enrique le había dejado preparado un caldo de pollo para que se recuperara de su «maluquera». Le dijo:
—Me llevo a Enzo al parque y a casa de mis padres, para que descanses y te recuperes. ¿Te parece?
—Sería lo mínimo —respondió ella, sin mirarlo.
Enrique asintió. Pero no fueron al parque, salió con su hijo rumbo a
un laboratorio de genética muy reconocido en la ciudad para hacer
una prueba de ADN. Mientras conducía, su mente era un torbellino, pasaban miles de preguntas, conjeturas y dudas.
—¿Y si realmente Enzo no era suyo?
—¿Qué iba a hacer?
Amaba a Enzo, lo amaba como a nadie, Era su hijo… o al menos así lo sentía. Pero necesitaba saber la verdad. Independientemente de su amor, y del dolor.
En el laboratorio, diligenció la documentación legal requerida. Les tomaron una muestra de sangre y además células epiteliales de la mucosa oral con un hisopo.
—En 72 horas estarán los resultados —le dijeron—. La confiabilidad es del 99 %.
Enrique agradeció, tomó a Enzo en brazos y salió. Sentía que había cruzado una línea invisible. Condujo hacia casa con los nervios de punta, como si acabara de cometer el delito más grande de la humanidad.
Tres días después los resultados estaban listos.
Carolina no se había dado cuenta de lo sucedido, ni siquiera del pequeño pinchazo en el brazo de Enzo. Enrique se portaba como de costumbre. Todo parecía normal… salvo que las discusiones eran cada vez más frecuentes; el rechazo de ella hacia él era evidente.
Enrique llegó al laboratorio. Parqueó, se quedó unos segundos sentado dentro, tomó aire, fuerzas, se persignó, bajó del carro, miró al cielo y caminó a paso firme hasta el establecimiento.
Llegó a la ventanilla, solicitó los resultados, le entregaron un sobre sellado. No fue capaz de abrirlo ahí mismo; necesitaba fuerza para hacerlo. Salió del lugar, subió a su camioneta y se dirigió a un restaurante cercano con una zona de bar amplia. Se sentó.
—Un whisky doble, puro, sin hielo.
Se lo sirvieron, se lo tomó de un solo trago. Fondo blanco. Cerró los ojos un segundo y abrió el sobre. Leyó el resultado. El mundo se detuvo. El resultado era claro, frío, irreversible:
«No compatible» .
Se confirmó todo. Su mundo se derrumbó. Había perdido no solo una relación, sino también un hijo: su hijo.
Volvió a casa en la noche, luego de dar muchas vueltas por la ciudad sin rumbo. Había llorado durante horas; sus ojos estaban hinchados, la
mirada vacía. Estaba destruido.
Entró a casa, pero el contacto con Carolina era tan ínfimo que ella apenas lo notó.
Cenaron en familia como de costumbre. Era hora de dormir a Enzo. Enrique lo alistó, le puso un pañal limpio, la pijama y se lo entregó a Carolina.
—Cuando se duerma, vienes. Necesito mostrarte algo que nos llegó y me cuentas qué opinas.
—Bueno, ya voy —respondió ella.
Ella se acostó junto a Enzo, le dio seno y lo arrulló hasta que se durmió. Lo dejó arropado y salió hacia la sala, donde Enrique la esperaba. En la mesa estaba el sobre y dos copas de vino.
—Ven, siéntate —le dijo, entregándole una copa de vino tinto, uno español de Bilbao que a él le encantaba.
—¿Celebramos algo? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—¿Deberíamos? —respondió él, mirándola fijo.
—Ya, déjate de juegos, don misterio —replicó ella, impaciente.
—Prueba el vinito… te hará bien. Y mira, te llegó esto —dijo, entregando el sobre sellado.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo y te enterarás —respondió él.
Carolina, extrañada, abrió el sobre, aún sin entender. Leyó los nombres de Enrique y Enzo García y seguido el resultado subrayado: «No compatible». Lo miró. Enrique le sostuvo la mirada.
—Ahora sí… puedes decirme la verdad, Carolina.
—¿Cuál verdad? —respondió ella de inmediato—.
¿Qué chuzaste a mi hijo para una prueba de ADN?
¿Qué te lo llevaste a escondidas? ¿Qué hiciste una prueba de esas que puedes pagar y manipular?
¿Qué quieres deshacerte de nosotros con mentiras y largarte, seguramente con tu moza?
—dijo Carolina, imitando un llanto evidente, pero falso.
Enrique negó lentamente, con una mezcla de rabia y tristeza.
—¿Deshacerme de ustedes? Por favor, Carolina.... Si la única verdad
de todo lo que dijiste es que Enzo es tu hijo. ¡Tu hijo!
Hizo una pausa. La voz se le quebró, pero no se detuvo.
—Porque Enzo… no es mi hijo. —Golpeó la mesa—.
Y este papel lo certifica. Enzo es hijo del malnacido e hijo de puta de Esteban Pedroza —continuó—.
Mi supuesto amigo, que por lo visto te celebró muy bien tu despedida de soltera…
y que, según vos, «me ayudó» a embarazarte, ¡porque soy un maldito infértil!
, ¿no? Eso dijiste, ¿no? ¿Cómo es que le dices a Esteban? ¿Cómo?
Carolina lo miró sin responder.
—El señor «E». Además, según vos, yo soy mal esposo y ya no querés nada conmigo. ¿O eso no le dijiste a Sofía?
—¿Revisaste mis conversaciones, Enrique? —dijo, ahora sí con rabia—. ¿Revisaste mi maldito celular? ¿No que eso nunca en la vida lo ibas a hacer? —respondió.
—¿Y qué querías? —dijo Enrique, alzando la voz—.
¿Que viviera engañado toda la vida?, ¿aguantando tus humillaciones y mentiras?
No, no, no, Carolina, No. —Respiró hondo—.
Estás muy equivocada, mujer. Enzo seguirá siendo mi hijo, sí.
Yo lo amo. Pero a vos… a vos no quiero volver a verte nunca.
No quiero saber más de vos. ¡Nos separamos ya!
Así me cueste todo lo que tengo. No quiero vivir con vos ni un segundo más. No me merezco esto… Ni Enzo tampoco.
Se levantó. Tomó la maleta, guardó su ropa sin ningún tipo de orden y se apresuró a salir. Pero antes escuchó:
—¡Eso, lárgate! ¡Cobarde! Eso es lo que querías desde siempre: dejarme tirada para estar con tu cirujana. ¿O crees que nunca me iba a enterar de lo que hacías con la perra esa en el hospital mientras estabas en la residencia?
Enrique se detuvo un segundo. Sin girarse.
—No sabes nada, Carolina. Nada. Cállate. Mejor escríbele a Pedroza que te venga a consentir tu llanto falso. Que venga a consolarte. —Abrió la puerta, la tiró y se fue.
Así terminó el matrimonio. Terminó la pareja perfecta. La que, en realidad, siempre se sostuvo construida sobre mentiras.