CAPÍTULO 11
—Ya, Enrique, déjame sola —dijo Carolina, con la voz quebrada.
—¿Y ahora qué te pasa? —respondió él, cansado.
—Es que tú no me entiendes. —Y rompió en llanto.
La relación entre Carolina y Enrique, después del nacimiento de su primer hijo, no era fácil. Ella cursaba una depresión posparto que lo complicaba todo: lloraba con frecuencia, se sentía desbordada y, muchas veces, descargaba su frustración sobre él.
Enrique intentaba comprender, ayudar, manejar la situación…
pero no sabía cómo. Temía que la situación escalara al punto de requerir hospitalización.
Mas todo intento de acercamiento parecía empeorar las cosas.
Carolina no lo soportaba. Vivían bajo el mismo techo, pero ya no compartían.
Enrique llevaba meses durmiendo en un sofá, aislado del ambiente familiar, sintiéndose un extraño en su propio hogar.
Carolina, por su parte, oscilaba entre el llanto y el reproche constante, todo el día y a todas horas.
Su sola presencia era motivo de discusión: lo que hacía… o lo que dejaba de hacer.
Su único aliento, su refugio, era su Enzo: verlo crecer, cargarlo, jugar con él, compartir… eso lo sostenía. Era su ancla, su polo a tierra en medio de la tormenta, del huracán, y aunque algunos días parecía mejorar, solo era el ojo de la tormenta, pronto empeoraba.
Así fueron pasando los meses. Carolina no aceptaba que tenía un pro-
blema. Negaba la posibilidad de ayuda. No aceptaba consultar a un psicólogo y mucho menos ir a un psiquiatra.
No aceptaba medicación, no aceptaba nada.
Rechazaba cualquier recomendación o sugerencia que viniera de Enrique.
La distancia entre los dos se hacía cada día más grande: era un abismo emocional, había un daño estructural.
Ni siquiera Enzo servía de puente para unirlos.
Con el paso de los meses, se acercaba el primer cumpleaños del niño.
Eso era lo único que medio los unía aún.
Querían que la celebración del primer año fuera muy feliz.
Enzo crecía cada día más y era un niño sano, alegre, con unos rizos hermosos de color negro que enmarcaban su rostro redondo, era un niño risueño de mejillas llenas. Enrique amaba perdidamente a su hijo.
Decidieron organizar una fiesta familiar.
Temática, de Dragon Ball , el anime que marcó la infancia de Enrique y que, de alguna manera, quería heredarle a su hijo.
Enzo estaba disfrazado como un super saiyajin, con una pequeña peluca rubia que ocultaba sus rizos naturales.
Ellos también se disfrazaron: él vestido como Goku y ella como Milk.
Y, por unas horas, frente a las cámaras, las risas y los invitados, parecían una familia perfecta.
A pesar de la sonrisa fácil, de la apariencia amable y de la imagen impecable que proyectaban, la simulación de la perfección, nadie —absolutamente nadie— conocía el infierno que vivían puertas adentro.
Aun así, hicieron un pacto silencioso: una tregua para ese día especial.
Era el primer cumpleaños de su hijo, un día de celebración, así querían recordarlo y lo lograron.
La pasaron genial, la fiesta fue un éxito. Enzo recibió muchos regalos, risas y abrazos. Compartió con los abuelos, los primos, amigos… con toda la familia que lo celebraba como un pequeño rey. Gateaba, balbuceaba; era luz en medio del caos.
—Enzo es igualito a la mamá. Muy bello —decía la abuela, tomándolo en brazos—. Esa carita… esos rizos… ¡divinos! Yo tengo el cabello ondulado bonito, pero es que mi nieto tiene esos rizos hermosos. Mírale esos churos. No, no, no… este niño está para hacer comerciales de pa-
ñales. —Rio—. Qué hermoso mi nieto, y es un gordito muy saludable. Se parece a ti cuando chico; a esa edad eras tan feliz, eras solo risas y carcajadas todo el día. El tiempo pasa muy rápido y los hijos crecen muy rápido.
Hizo una pausa, miró a Carolina y preguntó con ingenuidad:
—¿Y para cuándo la parejita? —El aire cambió.
—No hay parejita —respondió Carolina, seca, con un tono tan serio y sin una pizca de sonrisa que la madre de Enrique lo sintió como un reproche.
—Sí, mamá… decidimos quedarnos solo con Enzo —intervino Enrique, tratando de suavizar un poco los ánimos del momento.
—Qué lástima, hijo... yo quería más nietos, por lo menos dos. Al menos dos, una niña, tal vez… para que me acompañe a hacer vueltas, al centro comercial, a la peluquería, no sé… —dijo con nostalgia.
—Pues no, mamá. Disfruta a Enzo, porque será tu único nieto.
Enrique sí quería más hijos, pero la razón real de esa respuesta era su matrimonio.
Ambos sabían que el matrimonio se estaba yendo al acantilado.
Estaba al borde del final, estaba muriendo: llevaba meses en cuidados intensivos y cada día estaba peor.
El pronóstico era sombrío, muy reservado… casi terminal.
Él lo había intentado. Propuso ir a terapia de pareja, quería salvar el matrimonio, la familia, pero Carolina no quería. No cedía. No escuchaba. No había espacio para reconstruir nada, y mucho menos si la iniciativa venía de él.
Con el paso de los meses, todo empeoró. El trato de Carolina hacia él era más hostil, más hiriente, más feo, dañino: pululaban los malos tratos, se convirtieron en rutina.
Lo llamaba: «idiota», «bueno para nada», «vago», y lo celaba todo el tiempo, era constante, absurdo y doloroso.
Le decía: «ándate con tu moza», «¿dónde la tenés viviendo?
», todo acompañado de un llanto persistente que no daba tregua.
La casa dejó de ser un hogar para convertirse en un campo de batalla emocional.
En realidad, Enrique iba del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Desde que terminó su relación clandestina con Dalia hacía unos años, él apostó todo por Carolina. Por ellos. Por su familia. Pero no entendía qué
estaba pasando ni por qué ella lo trataba así. Poco a poco, sin darse
cuenta, su paciencia —esa que parecía infinita— empezaba a agotarse.
Días después, Carolina tuvo una noche de amigas.
Un jueves cualquiera convertido en «noche de chicas» como solían llamarla.
Era una salida nocturna con sus mejores amigas pediatras.
Así que Enrique se quedó en casa con Enzo: lo cuidaría, lo bañaría, verían una película y comerían algo antes de dormir.
Era uno de esos momentos que a él le daban paz.
Pasada la medianoche, la puerta se abrió con más ruido de lo usual.
Carolina entró tambaleándose, con la risa floja y las palabras sueltas, hablando de más.
Enrique se levantó de inmediato a ayudarla, pero ella tropezó con el tapete de la sala, cayendo al suelo.
El golpe no fue fuerte, pero su reacción sí.
La ira la invadió, se apoderó de ella. Enrique se acercó, pero ella lo apartó bruscamente, levantándose como pudo, diciendo a la vez:
—¡Este idiota!... hip, hip… —balbuceó—. Ni pa’ cuidar una mujer sirve… ni para tener sus propios hijos sirvió… ¿Qué va a poder cargar a una mujer? No sirve para nada.
—Estás tomada, Carolina —respondió Enrique, intentando mantener la calma—. No sabes lo que dices. Y tampoco tienes por qué tratarme así. No me trates así, por favor. Ve, acuéstate… y descansa; mañana hablamos mejor.
Sin embargo, algo en esas palabras… no encajaba.
Fueron hirientes, no era solo el alcohol, había algo más.
Algo pasaba, algo había que él no sabía, y debía averiguarlo.
Carolina llevaba tiempo tratándolo muy mal, y ese era el día para averiguarlo.
Esperó a que se durmiera y, sabiendo que ella estaba profunda por el alcohol, tomó su celular, algo que él nunca había hecho.
Algo que consideraba de lo más bajo, porque era invadir la privacidad, la libertad.
Para él eso era sagrado. Mas era tanto el maltrato recibido en los últimos meses que debía averiguar qué pasaba.
Tomó el celular de Carolina, un iPhone de última generación. Tenía bloqueo: solicitaba una contraseña de cuatro dígitos. Enrique dudó un segundo… pero como Carolina siempre ponía la misma contraseña en todo para no olvidarla, Enrique lo sabía. Era obvio. Escribió:
0-8-1-2 —el día y mes de nacimiento de ella—.
El teléfono se desbloqueó.
No buscó fotos, pues sabía que más del noventa por ciento eran de Enzo…
y; además, tenía miedo de que ella se levantara por agua o al baño y lo encontrara husmeando.
Salió del cuarto en silencio, se sentó en la sala.
Abrió WhatsApp y comenzó a buscar conversaciones sospechosas.
—Respiró hondo—. Tenía más de cien chats abiertos, así que debía elegir bien.
Entonces vio el contacto de Sofía, una de las mejores amigas de Carolina, si no la más: la cirujana pediátrica, la misma que alguna vez lo había interrogado en un congreso.
Tal vez ella le había contado algo. Así que abrió ese chat y encontró varias fotos de Enzo.
Siguió buscando mensajes pasados hasta que encontró una conversación perturbadora de algunos días atrás:
Sofía:
¿Cómo vas con Enrique, amiga?
Carolina:
Mal, muy mal, amiga. Es un idiota, un tonto.
No lo soporto, no sirve para nada.
Ni un hijo propio me ha podido hacer.
Si no es porque el señor «E» le ayuda,
ni hijo teníamos. Y a cada rato dice que quiere otro…
y ni sabe que es un maldito infértil, bueno para nada,
que ni para eso sirve.
Enrique dejó de respirar por un instante. Sintió un vacío en el pecho, casi dolor, un leve hormigueo en su brazo izquierdo. Tomó aire de nuevo y esa sensación se resolvió. Siguió leyendo.
Sofía:
Amiga, no hables así.
Es un buen padre, ama a Enzo
y te ha dado todo lo que has querido.
No hables así…
Carolina:
Sí, pero un mal esposo.
Ya no lo soporto ni verlo.
Y hace rato no siento nada por él.
Sofía:
Yo de ti lo intentaría.
Siempre se puede hacer algo,
se puede revivir el amor.
Por algo están juntos desde hace tantos años.
Intenta una terapia, ir de viaje, no sé, algo… ¿no?
Carolina:
La verdad no creo, y no quiero.
De él no quiero ya nada. No siento nada por él.