Te Odio, Mi Doc CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

—¡Alex!, ¡Alex!, ¡ven! —gritó Dalia desde el baño, con la voz quebrada—. ¡Alex!, ¡ven!

—Dime, amor, ¿qué pasó? —respondió él, entrando con prisa.

—Estoy sangrando, amor… estoy sangrando —susurró ella, llevándose las manos al vientre y tomándolo con fuerza, mientras las lágrimas corrían sin control por sus mejillas.

—¿¡Otra vez!? —su tono cambió de inmediato—. Dalia, ¿¡otra vez!? No me digas que vas a abortar otra vez. Nos vamos a urgencias, ¡ya!

—¿Y acaso es mi culpa, Alex? —respondió Dalia, llorando, temblando.

—Esto me ha costado una fortuna —replicó él sin bajar los ánimos—. Todos tus tratamientos de fertilidad, los exámenes, las drogas, los cuidados y demás…

—¿Te? —lo interrumpió ella—. ¿Y acaso tú has pagado todo solo? Yo también he pagado. Y por mitades. Este es mi sueño… nuestro sueño, ¿o no? Queríamos una familia...

—Pero ya llevamos casi dos años en este cuento y nada —dijo él, frus-

trado—. No sirve nada, no funciona. No logras llevar un embarazo a

término. Es más, ni siquiera pasas de las siete semanas de embarazo. Algo está mal en ti… tienes algo malo. Eres estéril seguro —dijo él.

Esas palabras cayeron como un golpe seco, casi un nocaut.

—¿Estéril? —repitió ella, incrédula—. ¿Cómo que estéril?

Los especialistas me lo hubiesen dicho. Además, todos los exámenes siempre salen bien —respondió ella mientras se subía al auto, llorando, doblada del dolor y del miedo, angustiada, con la certeza —casi factible— de que estaba perdiendo, otra vez, a su bebé.

Al llegar a urgencias, ingresó sangrando.

El ginecólogo la evaluó de inmediato, realizó el examen físico y, al realizar la especuloscopía en el cuello uterino, encontró coágulos junto con algo que parecían restos compatibles con un aborto en curso.

La trasladaron de inmediato a la sala de ultrasonido; le realizaron una ecografía transvaginal y la imagen confirmó la sospecha, lo que ambos temían. Un aborto.

Dalia había perdido de nuevo a un bebe. Era un aborto incompleto. Aún quedaban restos del embarazo fallido dentro del útero, por lo que requería un legrado urgente: un procedimiento que consiste en evacuar el contenido uterino mediante un raspado (curetaje) para evitar complicaciones.

Esto ya lo habían vivido ocho meses antes. Era su cuarto aborto en dos años; el segundo tras un tratamiento de fertilidad, producto de una fertilización in vitro. Demasiado dolor, demasiada inversión. ¿Y la esperanza?... cada vez más rota.

Habían gastado una fortuna intentando tener un hijo; sin embargo, no lo lograban.

No tuvo éxito. Siempre algo fallaba. El resultado siempre era el mismo: una pérdida.

Y, poco a poco, sin que lo notaran del todo, su relación empezó a girar en torno a la fertilidad: a los intentos, a los resultados negativos.

En ese ciclo repetitivo, desgastante, se fueron rompiendo; su relación comenzó a desmoronarse, a deteriorarse.

Dalia estaba comprometida; quería construir una vida con Alex y encontrar la felicidad en su relación.

Aunque esta venía tambaleando desde hacía algún tiempo, pensaba —o tal vez se aferraba a la idea— que, con un hijo, todo podría recomponerse.

Lo conseguiría y volverían a ser lo que fueron años atrás.

—¿Estás segura de que seguiste todas las recomendaciones del doctor, Dalia? —preguntó Alex, con un tono más acusador que preocupado.

—Pues claro que sí. Yo soy la más interesada en que esto salga bien —respondió ella. Conteniendo sus emociones entre llanto y rabia.

—Pero es que hemos hecho de todo. Mis estudios están normales… entonces el problema eres tú. Eres infértil. ¿Para qué seguimos intentando? Esta ya es la última vez. No quiero seguir con esto —sentenció él, frío.

Dalia lo miró, incrédula, herida. Algo se rompió en su interior, se resquebrajó.

—¿Me dices esto antes de entrar a cirugía, Alex? Claro… como no es tu cuerpo. Tú no sufres los cambios ni sientes nada.  No pasas por esto. A ti ni te importa. Yo ni te importo.

—Yo ayudo como puedo, Dalia —respondió él, encogiéndose los hombros—. Pongo el esperma y la plata… ¿qué más quieres de mí?

—Entonces dime cuánto te debo —dijo ella con voz hiriente—, ¡estúpido! ¿Por qué no te largas? Déjame sola… ¡Lárgate de aquí!

—¿Sabes qué? Sí —respondió él, sin inmutarse, indoloro—. Ya le digo a mamá que te acompañe. Voy a estar afuera. Esto me ha costado demasiado y ya estoy harto de la misma historia.

—Para ti todo es la maldita plata… —dijo Dalia, agobiada—. Vete, hazte donde no te pueda ver… por favor.

Alex salió sin mirar atrás. En el pasillo se encontró con su madre.

—Mamá, ve y la acompañas —dijo, pasando la mano por su cara, y

despeinándose un poco—. Estoy cansado de esta situación… Quiero respirar un rato, pensar, tomar aire y caminar.

—Ay, hijo… no se tiren las culpas así, por favor —respondió ella, preocupada—. Esto no debe ser así, los va a afectar.

—Entra y la cuidas —insistió el—. Voy a caminar, a dar una vuelta, y después estaré en el carro si necesitas algo.

—Está bien, hijo —respondió la madre, suspirando, mientras se dirigía a urgencias a acompañar a Dalia.

Dalia, sola en la camilla, esperando, con el cuerpo adolorido y el alma aún más, cerró los ojos. No sabía qué dolía más: la pérdida… o darse cuenta de que, tal vez, también estaba perdiendo todo lo demás.

Tres meses antes habían asistido juntos —por segunda vez— a una

consulta de fertilidad, con la esperanza intacta de lograr lo que tanto anhelaba: tener una familia.

Estaba todo preparado para realizar una fertilización in vitro.

El Dr. Cardona, especialista en medicina reproductiva, les explicó nuevamente el procedimiento —ya un año antes habían hecho un intento fallido— y repasó, con serenidad, los riesgos.

—Todos tus exámenes están bien. No sé por qué el intento previo fue fallido.

Esta vez te aumentaremos la dosis de gonadotropinas para tener más opciones que un solo embrión y al transferirse aumentamos la dosis también de la progesterona para apoyar la función del cuerpo lúteo a sostener el embarazo mientras la placenta hace su trabajo.

Haremos un seguimiento más estrecho… pero, como sabes, puede fallar de nuevo.

—Lo sé, doctor, soy consciente... pero este es mi sueño. Es nuestro sueño, ¿cierto, Alex?

—Sí, sí, doctor —respondió él, casi automático—. Esperemos que esta vez sea exitoso. ¿Alguna recomendación adicional?

—No, ninguna. Los espero apenas menstrúe para la ecografía basal. Por ahora, tu vida normal. Que todo les vaya bien.

—Gracias, doctor —respondieron al unísono.  Salieron del consultorio, rumbo a casa, con la fe de que esa vez todo saldría como esperaban.

Ahora, mientras la preparaban para cirugía, Dalia no podía dejar de escuchar en su mente aquella frase:

«Como sabes, puede fallar». Y había fallado. Otra vez.

—¿Seré infértil? —se preguntaba, con la voz de Alex resonando como un eco cruel en su cabeza.

Pero todos los exámenes siempre habían sido normales. Siempre.

El anestesiólogo se inclinó hacia ella, con tono tranquilo, sereno y profesional:

—Dra. Dalia, vas a empezar a sentir sueño. Solo vamos a sedarte un poco mientras el ginecólogo hace su trabajo. Es un procedimiento relativamente corto; te irá muy bien.

—Gracias, doctor… —respondió ella en voz baja, mientras sus ojos se cerraban.

Al terminar el legrado, y tras cuatro horas en recuperación, le dieron salida con manejo antibiótico y control en una semana.

Dalia regresó a casa con el cuerpo débil, el vientre vacío y la tristeza de una nueva pérdida y, sobre todo, la culpa que la consumía.

Ella se culpaba por la pérdida… y Alex la culpaba por lo mismo.

El amor —si es que aún quedaba algo de él—, se estaba deteriorando.

Para Alex, ya todo había muerto, se había ido.

Ya no se entendían. Se distanciaron, aunque eso no era nuevo: desde hacía un tiempo venía ocurriendo.

Ya no eran pareja; no se tocaban, no se hablaban, ni siquiera se besaban.

Eran dos extraños conviviendo juntos en silencio: dos roommates.

Un mes después, Alex la encontró llorando otra vez —como casi todos los días desde las últimas semanas—.

—Ya, Dalia… deja esa maldita lloradera —dijo, irritado—. Estoy cansado. Deja esa maldita lloradera todo el día. Llevamos un mes así: vos llorando… con esa cara. Das lástima.

Dalia lo miró, herida y con los ojos vidriosos.

—Pero sí me duele… —respondió con la voz rota—. Yo quería ser mamá. Quería tener un hijo… darte una familia… vivir como una familia… ser felices, Alex.

—Pero tú no puedes tener hijos —replicó él, sin titubear—. Ya lo confirmamos, eso está claro. No sirves. Eres infértil. Es más lo que me ha costado todo esto que lo que ha servido. Estoy endeudado… por tu culpa… Estoy muy cansado.

Las palabras fueron una estampida de golpes rápidos.

—Otra vez con la maldita plata… —dijo ella, levantándose—. ¿Y acaso tú lo has pagado todo? ¡Yo también pagué! ¡Estúpido…!, ¡imbécil! Lo empujó. Sus manos temblaban. Cuando la intentó sujetar por el brazo, ella lo arañó. Alex se cegó por la rabia acumulada; perdió el control.

La miró con los ojos encendidos, la sujetó con fuerza por los brazos y la zarandeó.

—¿¡Qué es lo que te pasa, mujer!? —gritó—. ¡Estoy cansado de vos! ¡Agotado!

Y, de pronto…

¡Clap!

Sonó en la habitación, el sonido rompió el aire.

La mano derecha de Alex quedó suspendida un segundo, detrás de su hombro izquierdo, como un tenista al responder un saque. Hubo un silencio total.

Dalia cayó al suelo, casi noqueada. En su mente, como un destello, aparecieron recuerdos de su padre: momentos de cuidado, de abrazos, de besos.

Estiró las manos para no golpearse. Tenía un dolor no solo físico, sino mental.

Las lágrimas brotaron con más intensidad.

Desde el piso, lo miró: ya no solo con dolor y rabia…

sino con algo que empezaba a parecerse al odio.

—¡Me pegaste…! —dijo incrédula—. Me pegaste, Alex…

y en la cara. Me pegaste. Tú eres un hombre...

¿Qué te pasa? Eres un cobarde. ¿Cómo fuiste capaz de hacer algo así?

En mi vida nadie me había pegado… ni mi mama ni mi papá en la niñez se atrevieron.

¿Cómo te atreves a hacerme esto? ¿Cómo te atreves a violentarme?

—Mientras, su rostro comenzaba a inflamarse, marcado por el golpe reciente.

Alex exhaló. La rabia seguía ahí, pero ahora mezclada con hastío.

—Creo que es mejor que me vaya —dijo finalmente—. Que terminemos esto. Yo ya no te amo. No te quiero. No te soporto. Solo nos aguantamos. Vivo para aguantar tus caprichos y ya me cansé. Solo me produces pérdidas en mi vida.

—Lárgate… —respondió ella—. Para ti todo es plata. ¡Lárgate! ¡Lárgate de mi vida! No te quiero volver a ver… nunca. Hice todo para enamorarme de ti durante años y así me pagas.

Alex soltó una risa seca, amarga.

—Yo sé que vos solo has querido a tu doctor García —respondió entre dientes—.

¿O crees que nunca me iba a enterar de los chismes de pasillo en el hospital?

Yo, como un marica, esperándote en casa…

mientras vos quién sabe qué hacías allá.

A él lo quisiste… a mí me aprendiste a querer.

Yo solo fui en tu vida el que te ayudó a pasar el despecho de tu maldito cirujano.

—¡Cállate, idiota, y lárgate! —grito ella—. ¡No te quiero ver nunca más!

—Ni yo a vos —concluyó Alex.

Tomó una maleta y metió todo lo necesario: ropa, la laptop, algunos

documentos personales. No miró atrás y se fue… para nunca más volver.

La relación era insostenible. Lo ocurrido esa noche era imperdonable.

Habían cruzado el límite físico, un límite del que no se regresa y, de continuar así, todo terminaría en tragedia.

Así murió la historia de amor que había comenzado con una llamada desde Inglaterra y una canción de Carlos Vives: una historia que sostuvo Dalia durante años, que se disfrazó de amor, pero que terminó reducida a un golpe, a una bofetada, una falta de respeto mutua, por una duda antigua que nunca se resolvió.

La relación se rompió sin posibilidad de reparación. Ya no quedaban ni las cenizas del fuego que Dalia alimentó por años. Un fuego que cuidó, que sostuvo, que aprendió a amar, a consentir y a mantener… Pero que nunca fue verdaderamente correspondido.

Y, con ese acto, esa noche fatídica todo se extinguió: se acabó, murió. Culminó sin retorno. Sin oportunidad.

Nunca jamás.