Te Odio, Mi Doc CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—Pues lo sé y ya —respondió Dalia—. Solo lo sé.

El tono de Enrique cambió de inmediato

—¿Y quién te has creído tú para reclamarme? —dijo él, elevando la

voz—. ¿Acaso no fuiste tú la que me mandaste para la mierda?, ¿no recuerdas eso? ¿Qué te pasa, mujer? ¿O es que acaso tenía yo que esperar a que tú te embarazaras primero del tipo que te maltrata y con el que convives? —respondió Enrique.

—¡Cállate! No sabes de lo que hablas. Él no hace eso —dijo ella, temblando.

—Sí, cómo no. ¿Y qué esperabas?, ¿qué te llamara a pedir permiso? —continuó él—. Chao, Dalia. No tienes ningún derecho para hacerme un reclamo de esta manera y menos después de todo este tiempo. Piensa bien antes de hablar, ¿qué es lo que te pasa? Bye .

Y colgó.

Dalia se quedó mirando la pantalla en negro, escuchando el eco de la llamada terminada. Sintió una mezcla de humillación y vacío. No sabía qué dolía más: que Enrique fuera a ser padre… o que, en el fondo, ya no le perteneciera ni siquiera en el recuerdo.

En Inglaterra, Enrique dejó el teléfono sobre el escritorio, se pasó la mano por el rostro, respiró profundo, dio un golpe en la mesa, abrió la puerta del balcón y salió a tomar una bocanada grande.

La felicidad que minutos antes lo desbordaba ahora se mezclaba con una culpa antigua, un fantasma que, por más distancia y años, nunca terminaba por irse.

Aquella conversación marcó un punto de no retorno en la relación entre Dalia y Enrique.

No fue una discusión más: fue el cierre definitivo.

Un «nunca más» que ninguno pronunció explícitamente, pero que ambos entendieron con claridad.

Enrique continuó con su vida, emocionado por la paternidad que se avecinaba.

Se sumergió en su trabajo, en sus clases, y organizó los planes futuros para su familia.

Ahora su horizonte tenía nombre propio, apellidos y latido.

El pasado ocupó un lugar más lejano, más silencioso.

Dalia, por su parte, regresó a su rutina con una herida reabierta y sangrante.

Su matrimonio seguía en curso y enfrentaba día a día los desafíos de su vida matrimonial, llena de grietas y silencios.

El amor por Enrique no desapareció; simplemente se transformó en un recuerdo doloroso, punzante, complicado y que parecía imposible de borrar.

Era una memoria marcada en su mente, en piel y en su corazón.

La llamada dejó algo claro: la distancia entre ellos no era medible en kilómetros, era vital. Sus caminos tenían direcciones incompatibles. Lo que alguna vez fue pasión, deseo, complicidad, ahora era una sombra que dolía cuando se tocaba. Se prometieron, en silencio, olvidarlo todo y en-

frentar el dolor, buscar alegrías por separado, olvidando completamente su pasado.

Siete meses después, con Enrique de vuelta en el país, Carolina inició el trabajo de parto. Las contracciones eran cada vez más seguidas; por eso acudieron al hospital. Todos sabían que pronto el Dr. Enrique García y la Dra. Carolina Patiño serían padres; por eso los esperaban.

Un ginecólogo amigo de Enrique, el Dr. Gómez —de estatura promedio, con un leve sobrepeso, cabello castaño bien llevado, un discreto candado que enmarcaba su expresión y unas gafas de montura cuadrada que le daban un aire sereno y confiable—, quien había realizado la residencia al mismo tiempo que él, se encargaría de todo y los atendería.

Carolina quería intentar un trabajo de parto; la vigilancia era estricta.

Todo iba perfecto hasta que Carolina llegó a la mitad del proceso y «rompió la fuente», como popularmente se dice.

Se evidenció que el bebé no estaba tolerando el parto: se había meconiado (hecho popó) y la monitoria fetal mostraba afectación en su corazón; la frecuencia cardíaca disminuía de manera drástica con cada contracción.

Por eso el ginecólogo decidió terminar por cesárea de urgencia.

De manera emergente prepararon a Carolina, le administraron oxígeno y líquidos endovenosos para optimizar las condiciones del bebé.

Enrique estaba muy preocupado; se sentía derrotado, impotente; era un subespecialista, pero no sabía qué hacer, cómo ayudar.

Estaba bloqueado. Solo le repetía a su amigo que lo ayudara.

La trasladaron en escasos minutos a quirófano y el día 20 de noviembre a las 07:11 a.

m., nació Enzo: un niño vigoroso, con un peso de 3.

100 gramos y una talla de 50 cm. Lloraba con todas sus fuerzas, como quien da una bocanada de aire al emerger de las profundidades del mar y toma aire tras agotar todas sus reservas pulmonares.

La Dra. Rosso, amiga y colega de Carolina en la UCI pediátrica, lo recibió, lo atendió y, tras cumplir todos los protocolos médicos, se lo entregó a Enrique.

Él lo tomó en sus brazos, le armó una especie de cuna en su pecho, con todo el cuidado y la seguridad de que no se le fuera a caer.

Era su tesoro, su hijo, su vida. Su corazón latía con una intensidad desconocida; era una sensación que nunca había tenido, nueva, la mejor de todas.

Era más profundo que un enamoramiento; iba más allá, lo sobrepasaba.

Y es así: ser padre es una sensación tan única, tan indescriptible, tan imposible de traducir, que las palabras no alcanzan, no sirven, son insuficientes para explicarla, se quedan cortas.

Hay que vivirla; solo eso sirve. No hay otra forma de entenderla.

Se lo mostró a Carolina; ella le dio un beso suavemente, mientras terminaban la cirugía en su vientre.

—Bienvenido, hijo —susurró.

Se besaron. Luego Enrique devolvió al bebé nuevamente a la cámara de calor.

Después vinieron las fotos respectivas con el equipo, con el personal amigo que los atendió.

Las familias esperaban noticias, un parte positivo y fue confirmado con una foto en el chat familiar creado para la ocasión.

Todo había salido bien, un éxito. Al día siguiente, Carolina recibiría el alta junto a su hijo.

Pasaron los meses y las visitas para conocer al «campeón García» se hicieron rutinarias.

Todos decían jocosamente: «Mira, salió a la mamá», y realmente así era.

Era idéntico a Carolina, la versión masculina de ella.

Buscaban rasgos de Enrique, pero los descubrían en otros: la forma del pie del padre de Enrique, la nariz de la abuela, los hoyuelos del tío.

A Enrique eso le daba igual. Solo le importaba que estuviera sano.

Y, en silencio, le prometió a su hijo trabajar sin descanso para hacerlo feliz, para que nunca le faltara nada.

Enrique se entregó por completo a su familia, veinticuatro/siete. Vivía por y para ellos. Carolina podía estar tranquila: él respondía. Ella no tenía que trabajar, ni preocuparse por lo económico; podía dedicarse de lleno a los primeros años de Enzo. Ese era el plan acordado.

Enrique era feliz. Orgulloso. Su hijo crecía, ya gateaba, llenaba la casa de vida.

Pero la felicidad con Enzo no la compartía con Carolina.

Con ella, el silencio empezó a instalarse.

Se estaban distanciando, ya casi no hablaban.

Se distanciaban sin discusiones, sin rupturas visibles: un desgaste callado, mudo.

Él llegaba, ella dormía; él dormía, ella se levantaba.

Coincidían cada vez menos. Él trabajaba mucho, lo absorbía.

Y cuando regresaba a casa, toda su atención era para Enzo.

Con Carolina ya no había espacio, no había momentos.

Ni siquiera aquellas noches de música y vino, que antes tanto disfrutaban, sobrevivían con el paso del tiempo.

Por su parte, Carolina estaba dedicada al cuidado de Enzo, a la maternidad.

Tanto, que empezó a desaparecer de sí misma.

Se descuidó físicamente y sobre todo emocionalmente, descuidó su salud mental.

Lo que inició como una labilidad emocional días posteriores al parto fue transformándose, poco a poco, en algo más profundo, que, con el pasar de los meses, empeoró.

Presentaba un llanto frecuente, persistente y una irritabilidad constante.

Una sensación de vacío y cansancio la acompañaba incluso en los momentos en que debería sentirse plena.

Mientras ella caía en depresión severa, se hundía, la distancia entre ambos se volvía cada vez más grande.

Enrique no lograba entenderlo. No sabía cómo nombrarlo, como enfrentarlo, no podía controlar la situación.

Era un hombre formado para intervenir, para resolver, para actuar en escenarios de emergencia.

Pero en su propia casa, frente a su esposa, madre de su hijo, estaba aturdido, desorientado e ingenuo.