Te Odio, Mi Doc CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

—Que hable ahora o calle para siempre —dijo el padre Jaime, párroco de la iglesia María Auxiliadora.

La iglesia central, pequeña pero imponente, hermosa, se distinguía por una mezcla de estilos: barroco y gótico.

Había sobrevivido a terremotos y guerras desde los tiempos de la colonia, como si la fe que albergaban sus muros la hubiera protegido durante siglos.

Enrique, al escuchar la frase solemne, miró hacia atrás con algo de duda.

Por un segundo el aire pareció detenerse y, para su tranquilidad, nadie se levantó, nadie apareció.

Carolina también giró levemente su rostro, con algo de duda.

El silencio fue absoluto y, al no existir impedimento alguno, prosiguió el padre diciendo:

—Yo los declaro marido y mujer. Y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Podéis besar a la novia e ir en paz —concluyó el párroco.

Se besaron.

Los aplausos estallaron de manera colectiva.

La pareja se veía espectacular. Carolina lucía radiante.

Su vestido blanco con múltiples perlas y parches transparentes ceñidos a su figura esculpida, la resaltaba; su cabellera pelirroja y su rostro pecoso contrastaban con la pureza del blanco.

En la espalda, un escote profundo descendía justo hasta encima de sus caderas, que el diseño enmarcaba con elegancia; detalle que Enrique no disimulaba en acariciar con orgullo.

El vestido terminaba con una cola de más o menos dos metros, que caía majestuosa, mientras dos primitos pequeños la llevaban caminando concentrados en su importante misión.

Enrique vestía con un frac negro impecable, con corbatín blanco. Elegante, sereno, sonriente, al mejor estilo del agente 007 James Bond.

La marcha nupcial los acompañó mientras firmaban todos los documentos legales con los padrinos.

Luego avanzaron por el pasillo central, saludando a los invitados, cegados por los destellos constantes de los flashes de las cámaras que estallaban desde todos los ángulos. Afuera los esperaba una multitud.

Los familiares y amigos formaron un corredor humano.

El arroz voló al unísono, seguido por una lluvia de burbujas de jabón que flotaban bajo el sol, creando una escena casi cinematográfica, digna de recordación.

Los fotógrafos, armados con cámaras de alta gama y drones, capturaban cada ángulo, cada sonrisa, cada gesto y cada saludo para el álbum fotográfico que los padres de la novia ya les habían regalado.

El símbolo perfecto los esperaba. El Volkswagen clásico de Enrique estaba adornado; del parachoques trasero colgaban unos tarros de pintura pintados de colores (blanco y amarillo), que repicarían sobre el asfalto lo suficiente para anunciarle a la ciudad que allí iba una pareja de recién casados felices.

El vehículo los llevaría a una hacienda a las afueras de la ciudad, donde los aguardaba una recepción fastuosa, una fiesta que los asistentes recordarían por mucho tiempo.

Además, el escenario se prestaba para múltiples fotografías que, sin duda, serían la tapa de las páginas de la farándula del periódico local.

La luna de miel fue fantástica. Realizaron un crucero por las islas del mar Caribe, con salida desde Miami.

Se fotografiaron en Curazao, en su capital, Willemstad, con sus casas coloniales de fachadas color pastel que aparecen en todas las postales de las islas neerlandesas.

También posaron sobre el emblemático puente de la Reina Emma.

Un puente de más de cien años que se abre lateralmente mediante barcas de cuatro carriles sobre la bahía de Santa Ana y que permite el paso de barcos y buques.

Disfrutaron igualmente de Bonaire y Aruba: mares intensamente azu-

les, arenas blancas impecables, atardeceres que parecían pintados a mano.

El viaje de celebración fue mágico: disfrutaron mucho, comieron sin culpa, brindaron sin prisa y bailaron como adolescentes.

Pudieron disfrutar no solo del paisaje, sino de su amor.

Eran felices. Tenían muchos planes. Enrique soñaba con tres hijos.

Carolina, más cauta, prefería ir paso a paso: primero el primero y después mirarían.

Ella no quería tan rápido renunciar a la figura que tantas horas de gimnasio, swing, pesas y baile deportivo le había costado esculpir.

Al retornar a la ciudad, Carolina continuó trabajando en la UCI pediátrica, donde desde hacía algunos años se desempeñaba como coordinadora del servicio.

Enrique, en cambio, regresó a Inglaterra: había sido invitado como profesor por un semestre en la Universidad de Cambridge, donde había realizado su fellow .

Una de las universidades más prestigiosas del Reino Unido; una oportunidad imposible de rechazar.

Apenas cumplió el primer mes en el Reino Unido, solicitó un pequeño permiso para viajar a su país y desposar a Carolina.

Por lo cual era menester volver y retomar su experiencia docente internacional, la cual quería cerrar con excelencia para, luego, regresar definitivamente y comenzar su vida de esposo.

Juntos habitarían su nuevo hogar: en el apartamento del piso 12, un pent-house previamente comprado y personalizado a su gusto.

Desde allí se dominaba toda la ciudad; la vista era espectacular.

En las mañanas, los ventanales les regalaron los mejores amaneceres, esos en los que la luz entra lenta, dorada, con una promesa diaria y una emoción contenida.

Un mes después, Carolina enfermó. Debutó con una gastroenteritis terrible: un vómito bilioso, un dolor abdominal insoportable, sialorrea y náuseas persistentes; tanto, que requirió acudir a urgencias.

—Tal vez la vesícula… o el apéndice la estaban afectando —pensaba, con mente clínica incluso en medio del dolor.

Al ingreso, fue valorada, la encontraron deshidratada.

La canalizaron en el brazo no dominante, iniciaron reanimación con líquidos endovenosos, le tomaron muestras de sangre, solicitaron exámenes de laboratorio y administraron un medicamento para el vómito.

Poco a poco fue mejorando. Un rato después, ya compensada, regresó el médico con los

resultados:

—Dra. Carolina, ya tengo sus exámenes de sangre. Todos salieron dentro de los parámetros normales. Pero, para descartar cualquier problema, además de la ecografía abdominal que ya pedimos, necesitamos realizar una ecografía pélvica y una valoración por Ginecología.

—¿Pélvica? ¿Ginecología? ¿Y eso por qué, doctor? —preguntó, intrigada.

El médico bajó su mirada y esbozó una leve sonrisa.

—Porque estás embarazada.

Carolina guardó silencio unos segundos. Luego sonrió.

Minutos después la pasaron a la sala de maternidad; le realizaron la ecografía confirmando la viabilidad, tenía seis semanas de embarazo.

El ginecólogo la felicitó. Sin perder tiempo, de inmediato llamó a Enrique para darle la noticia.

Tomó su Smartphone y realizó una videollamada.

—Hola, amor —respondió Enrique—. ¿Cómo sigues, Caro?

—Bien, amor, mucho mejor. Y te tengo una noticia… ¡Estoy embarazada!

Hubo un pequeño silencio del otro lado de la pantalla.

—¿Qué?, ¿tan rápido, amor? —atinó a decir, entre sorprendido y emo-

cionado.

—Sí, amor, vas a ser padre —dijo ella.

Enrique quedó plop, inmóvil unos segundos, sin palabras. La emocionante noticia de que sería padre prematuramente lo dejó en shock, y justo cuando él estaba fuera del país. Solo atinó a responder:

—Felicitaciones a ti, amor, también. Ahora sí somos una familia —respondió, con la voz cargada de emoción—.

Aunque estoy lejos, apenas pueda solicitar un permiso viajaré para acompañarte.

Quiero estar contigo ya; ojalá este semestre se pase volando y termine rápido.

Ya me quiero ir y acompañarte en todo momento —respondió Enrique.

—Tranquilo —dijo ella, acariciando el vientre aún imperceptible—. Estamos bien. Termina tu trabajo; acá te esperamos los dos, amor.

Enrique estaba feliz. Iba a tener su primer hijo. Ojalá un varón que continuara con «el apellido», como repetía su padre en cada reunión fa-

miliar; tal vez médico, quizá hasta incluso cirujano hepatobiliar, siguiendo una dinastía que, en realidad, había comenzado con él mismo.

Entre tanto, mientras le daban el egreso a Carolina, en el pasillo se encontró con Carlos, el cirujano.

Le contó la buena nueva con una sonrisa aún incrédula.

Carlos la abrazó con efusividad y felicitó.

—Por favor, felicítame a Enrique —dijo antes de despedirse.

Carlos, sorprendido por la noticia, no pudo evitar contar la primicia.

Aún sorprendido —y, en el fondo, divertido por el impacto que causaría— decidió llamar a Dalia.

Le soltó la noticia sobre la futura paternidad de Enrique como quien deja caer una piedra en agua quieta, un chisme fresquito que sabía no le caería para nada en gracia.

Del otro lado hubo silencio y un simple:

—Gracias, no tenías por qué informarme.

Cuando Dalia colgó, sintió que algo se le desgarraba por dentro.

No pudo contener su emoción y su enojo acumulado.

Sintió que la noticia era una cruel ironía del destino: Enrique, el hombre que había amado —y odiado con la misma intensidad—, formaba una familia.

Y ella… enfrentaba frustración silenciosa, la tristeza contenida de no concebir aún hijos con Alex. Era una ironía muy cruel de la vida.

La noticia revivió muchas emociones en Dalia. La rabia y la tristeza se mezclaron hasta nublarle el juicio. Sin pensarlo demasiado, guiada por todos esos sentimientos reprimidos, tomó su teléfono y marcó el número que conocía de memoria.  Enrique respondió al segundo timbrazo:

—¿Aló?, ¿Catalina?

—¿Cómo así, Enrique, que vas a ser papá? —dijo ella sin saludarlo.

Hubo un breve silencio, Enrique, sorprendido por la llamada, respondió:

—Perdón, Cata, ¿de qué me hablas?

—No te hagas, sí, ya me enteré de que vas a ser papá.

—Pero si yo me acabo de enterar hace una hora… ¿Cómo sabes tú? —respondió Enrique.