Te Odio, Mi Doc CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Tres años después, Enrique, ahora cirujano hepatobiliar tras su formación en Inglaterra, había sido invitado como conferencista para dar una charla en un congreso en una ciudad costera.

El destino los reencontraría. Dalia era residente de cirugía de último año.

Aunque sus vidas se habían separado, su amor secreto seguía vivo en sus corazones: intacto, como las cenizas al final del fuego.

Desde aquel día en que se despidieron en el hospital, después de la noche de amor en el motel «Stan», no se habían vuelto a ver.

Dalia y sus compañeros decidieron entrar al pabellón B de cirugía hepatobiliar, pues querían actualizarse sobre los avances en estas patologías. La charla la daba un cirujano experto en el tema.

El Dr. Alergri moderaba la sesión. Entre el público, Dalia y sus compañeros esperaban mientras el recinto se llenaba; contaban chistes y planeaban qué hacer al terminar la recepción del congreso: ¿rumbear?, ¿cenar?, ¿karaoke?, ¿ir a la playa?, ¿o todo junto?

Una vez el cupo estaba completo, el Dr. Alergri se paró frente al auditorio, saludó a los asistentes, dio una breve introducción de cómo sería la tarde en ese recinto y pasó a presentar a su primer expositor:

—Doctores, a continuación, la charla «Resección de tumor de

Klatskin:

mitos y verdades», con el doctor Enrique García, cirujano hepatobiliar con estudios en Inglaterra y de retorno en nuestro país, quien nos va a contar los avances quirúrgicos en esta patología. Adelante, Dr. García, y bienvenido.

—Muchas gracias, Dr. Alergri, por la presentación. Buenas tardes a todos.

Mientras iniciaba la charla, los compañeros de inmediato miraron a Dalia.

Todos sabían su pasado; algunos reían discretamente.

Dalia, con las mejillas sonrojadas —que pronto se tornaron rojas al unísono con su rostro—, se sentía apenada entre el público.

Le parecía que no solo la observaban sus amigos, sino todo el auditorio.

Pensó en escapar, pero sería peor. La vergüenza la invadía con el espectáculo silencioso —el show— que hacían sus compañeros; Enrique pronto se daría cuenta.

Se quedó sentada; se agachaba un poco, intentaba esconderse, casi deslizándose por el asiento. Evitaba mirarlo… Algo difícil estando en segunda fila del auditorio.

Enrique comenzó su charla explicando qué era el tumor y los posibles abordajes. En el momento en el que comenzaría a describir las técnicas quirúrgicas, sus ojos se detuvieron en el público, observó: unos ojos azules que conocía demasiado bien. Sus miradas se encontraron: era Cata.

La voz de Enrique se entrecortó; titubeó, tartamudeó un poco, quizá olvidó por un instante en qué parte iba. No pudo evitar ruborizarse. Hizo una pausa; la necesitaba. Tomó aire, acomodó su postura, la corbata, y dijo al público:

—Siempre es bueno volver al país y reencontrarse con los compañeros con los que uno inició su camino y fue feliz.

Esa pausa le permitió retomar el hilo y continuar su charla.

Al final, todos aplaudieron. Él agradeció y tomó asiento en la sala, ya

que al final de las charlas habría un conversatorio. Las miradas eran inevitables: Dalia lo miraba, él la miraba; casi se hablaban sin palabras. Nunca imaginaron encontrarse de nuevo.

Durante el receso, Dalia y Enrique se reunieron y volvieron a intercambiar sus números. Habían perdido contacto desde que él se fue a In-

glaterra. Se despidieron prometiendo verse más tarde en la recepción de bienvenida.

Esa noche hubo una cena que terminó en fiesta con todos los asisten-

tes del congreso. Enrique fue invitado a sentarse en la mesa de los profesores de Dalia, ya que era conocido por muchos de ellos y era uno de sus exalumnos más queridos.

Las miradas entre Enrique y Dalia eran inevitables, y su química evidente para todos, en especial para Sofía, cirujana pediátrica y mejor amiga de Carolina, la novia de Enrique.

Sofía notó la conexión entre ambos, sobre todo las miradas furtivas. Al final de la noche le preguntó directamente:

—¿Tienes o tuviste algo con Dalia, la R mayor?

Enrique negó rotundamente cualquier involucramiento con Dalia. Lo negó hasta tres veces, casi como San Pedro negó a Jesús.

—Ni sé ni entiendo lo que quieres decir —le respondió.

A la escena solo le faltó el gallo cantar. Aunque sus ojos lo delataban, Sofía quiso creerle, aunque no lo hizo del todo. Enrique sabía que debía ser muy discreto esa noche y durante toda su estadía allí.

Esa misma noche, con unos tragos encima, Enrique salió a fumar un puro. Dalia también salió a tomar aire: el recinto estaba infernalmente caliente.

—Cata, ¿cómo estás? —preguntó Enrique.

—Bien, Enrique —respondió Dalia—.

Veo que ya terminaste. Me alegro mucho; debe ser muy difícil ese fellow . Realmente te felicito… qué envidia.

—Tú vas a lograr cosas mejores que yo. Eres más joven y más inteligente. Además, tienes todo el camino por delante —respondió Enrique.

Dalia se volvió, lo miró de frente y dijo:

—Ni una llamada, Enrique. Ni una llamada, ni un chat, ni un mensaje. Nada en estos años. No supe nada de ti. Nada, Enrique, nada. Absolutamente nada.

—¿Y qué querías, Cata? —respondió él—. ¿Qué te llamara todos los días? ¿Qué te preguntara tu día a día? ¿Qué te dijera que te quería, que te extrañaba, que te necesitaba… mientras tú seguías viviendo con Alex? Estás casi casada, Catalina. ¿Por qué me recriminas?

—No sé, idiota —respondió Dalia, dándose la vuelta y yéndose.

Enrique tomó aire y regresó al recinto.

Al otro día, María Fernanda —compañera de Dalia y también exresi-

dente menor de Enrique— lo invitó a desayunar en un hotel boutique cercano.

Quedaba a pocas cuadras del hotel de la Cadena Hilton, donde se realizaba el congreso y se hospedaba Enrique.

Ese era más económico, sí, pero famoso por su comida; tenía todas las comodidades, aunque no el lujo del cinco estrellas donde Dalia estaba hospedada con ella en la misma habitación y, al bajar al brunch , se sorprendió al ver a Enrique sentado en una mesa al fondo junto a su compañera.

A los pocos minutos, y a mitad de la charla de reencuentro, María Fernanda recibió una llamada.

—Me tengo que ir, qué pena con ustedes. Sigan, sigan…

Era una emboscada perfectamente planeada, había preparado ese encuentro para dejarlos solos. Sabía que necesitaban un momento a solas y que en el hotel donde se realizaba el congreso jamás lo tendrían. Al despedirse, abrazó a Enrique. Luego, inclinándose hacia Dalia, le susurró al oído:

—No te vayas a olvidar del condón.

Dalia solo soltó una risa nerviosa.

—Estúpida…

Pidieron café. Desayunaron juntos. Hablaron de ellos, de la residencia de Dalia, de Inglaterra.

Rieron como antes, como cuando eran «amigos».

Las miradas se prolongaban más de lo debido.

Los roces eran accidentales, pero no tanto.

El coqueteo se volvió más intenso y profundo con el pasar de los minutos…

todo era inevitable. La química seguía intacta.

No pudieron evitar sucumbir a esa tensión que siempre había estado presente entre ellos.

Al terminar el brunch , subieron al cuarto de Dalia.

Entraron. Él la besó. Se besaron con esa intensidad conocida, como antes en los vestidores, en el cuarto de residentes después de una cirugía o en uno de sus turnos nocturnos interminables.

Él le quitó la camisa, besó sus senos; ella buscó su cuello, su oreja y lo mordía mientras la besaba.

Se recostaron en la cama; se besaban, se consentían.

Enrique deslizó la mano por la pierna izquierda de Dalia, ascendiendo lentamente hasta sus nalgas.

Ese preámbulo era conocido por ella, y lo extrañaba.

Y él hizo exactamente lo que ella recordaba: las apretó. Acto seguido, le retiró la

tanga; ella le bajó el pantalón.

Cuando todo parecía indicar que su amor iba a explotar, que el amor iba a precipitarse, y el deseo era intratable, Dalia lo detuvo.

—No. No puedo, Enrique. No puedo.

—Pero, ¿qué pasa? —respondió él.

—No podemos volver a lo mismo. Tú tienes novia y yo pareja. Y aunque terminara con Alex… no te buscaría a ti. Nunca. Yo te quiero… pero también lo quiero a él. Y, además de quererlo a él… también te odio a ti.

Lo miró fijo. Sus ojos azules brillaban por las lágrimas contenidas.

—Es mejor que te vayas. ¡Vete de aquí!

Enrique guardó silencio, agachó la cabeza.

—Está bien —respondió.

Se acomodó la ropa y salió del cuarto. Tomó el ascensor, bajó, cruzó el lobby y salió del hotel, el calor de la avenida contrastó en su rostro con el frío del aire acondicionado del hotel.

Caminaba hacia él en dirección norte, con paso rápido, aturdido por lo sucedido, cuando escuchó pasos detrás de él.

Dalia corría. Lo alcanzó y gritó:

—¡No sabes cómo te odio!

En plena calle, en el centro de la ciudad, a mediodía, bajo un sol espectacular, pero brutal y sofocante —37 °C a la sombra, con una sensación térmica aún mayor—, la escena empezó a atraer miradas.

Muchas personas, al escuchar semejante grito, se quedaron observando, impactadas, a quien había sido tratado de esa manera.

La gente se detenía, en pocos segundos ya estaban rodeados...

Algunos cuchicheaban. Otros ya tenían el celular listo para grabar.

Todo ocurría a no más de dos cuadras del hotel donde asistían al congreso y Enrique se hospedaba:

—¡Te odio! ¡Y mucho! —gritó ella mientras lo señalaba de la manera más inquisidora; sus ojos se llenaban de lágrimas y se inyectaban de sangre.

—Cálmate… —dijo Enrique en voz baja—. Nos están viendo.

—¡Déjame!, ¿qué me importa? —respondió

—Ven, hagámonos a un lado. Hablemos —intentó él, tratando de

apaciguar un poco la escena. Pero Dalia ya no podía detenerse.

—¡Te odio, Enrique, te odio!, —gritó, mientras le golpeaba el pecho—.

Porque te amé… me enamoré… y para vos fui solo un juego.

Me convertiste en tu amante: la que sacabas los jueves, la que no merecía explicaciones, la que abandonabas cuando querías y reaparecías como si nada.

A la que hacías y deshacías sin importarte…

sin importarte yo. Y por eso estoy hoy con quien estoy.

—Entonces no lo amas —respondió Enrique—. ¿Para qué estás con él?

—Sí lo amo. ¡Sí lo amo! Con el tiempo me enamoré de él. Y te odié a vos. Así como te quise mucho, también te odié mucho. Pero para vos yo era eso: tu amante. Solamente eso.

—Catalina… pero si la idea de ser amigos, amigos con derechos, fue tuya. ¿No?

—Sí. Por estúpida. Por querer tenerte cerca. Porque te quería. Porque te necesitaba. Porque te quería para mí.

—¿Y vos creés que yo no? —replicó Enrique—. ¿No te protegía? ¿No compartía contigo todo? ¿No compartía mis turnos contigo? Mis exposiciones… te apoyé durante la residencia. Te defendía, te ayudaba… te amaba… me dediqué a vos. ¡Me enamoré de vos!

—¡No me digas mentiras, estúpido! Eso es falso.

—Yo me enamoré, Cata, tú lo sabes —repitió Enrique.

—Sí… pero no ibas a dejar a Carolina.

—¿Y vos ibas a dejar a Alex?

—No. Y, aunque terminara con él, no te buscaría nunca —sentenció ella.

—Entonces, ¿por qué me reclamas? —dijo él.

Dalia lo miró con los ojos vidriosos, se secó las lágrimas que caían en su mejilla con el antebrazo.

—Porque te odio… y porque también te amo.

Lo empujó, se dio vuelta. Caminó rápido hacia su hotel, llorando.

Enrique quedó inmóvil unos segundos, mientras las miradas lo atravesaban, lo veían, lo juzgaban. Él, tragándose todo lo que no pudo decir, respiraba hondo. Con los ojos aguados y un torbellino de recuerdos gol-

peándole el pecho, retomó el paso y siguió su camino hasta el hotel. Subió a su habitación, entró, cerró la puerta y se dejó caer sobre la cama. Encen

dió el televisor en un canal de música y dejó escapar unas lágrimas sin

resistencia.

Sabía —lo sabía con certeza dolorosa— que ese era el final.

Mientras tanto, sonaba Stop Crying Your Heart Out de Oasis, que parecía escrita para ellos, como si describiera la escena: una voz le susurraba que no tuviera miedo, que incluso el destino —cruel e incierto— podía darle abrigo.

El congreso continuó, cada uno por su lado. Se veían desde lejos durante los dos días restantes: miradas fugaces en los pasillos, coincidencias incómodas en los auditorios del congreso. Pero sabían que había terminado todo. Era su adiós.

Ese fue el último encuentro entre Dalia y Enrique. Aunque su amor había sobrevivido a lo largo de los años, las circunstancias y las heridas pasadas eran demasiado profundas para superarlas. Se enfrentaron, por fin, a la verdad: se amaban, sí… pero no podían estar juntos.

Las lágrimas, las risas, el deseo, el amor y el odio quedaron suspendidos en aquel mediodía ardiente en el centro de la ciudad.

Todo terminó allí. Nunca iban a estar juntos, y siempre que se veían de nuevo, que se reencontraban, el dolor era mayor que el amor, y las culpas que se decían pesaban más que los cuerpos. No se volverían a ver jamás…

O, al menos, eso era lo que ellos pensaban y de lo que ambos intentaban convencerse.