CAPÍTULO 7 #2
Enrique, que iba rumbo a casa después de haber tomado unas cervezas más en el remate en una tienda luego de la cena de homenaje, hizo el retorno en la glorieta más cercana, aceleró el Volkswagen y colgó.
Al llegar, la encontró bajo unas gradas, empapada y llorando. Abrió la puerta, se bajó, la abrazó y la ayudó a subir al auto.
—¿Qué te pasó, Cata?
—Nada —respondió ella—. Solo me fui.
Esa pregunta era prohibida; de sus relaciones no hablaban. Era una regla. Condujeron bajo la lluvia, sin rumbo fijo, esperando que Dalia se calmara. Enrique decidió buscar un refugio y sabía que, a esa hora, lo único que había era un motel. No podía llevarla a su casa; eran las tres de la mañana.
Llegaron al motel Stan. Les abrieron el parqueadero de la habitación
número 13. Ambos estaban bajo los efectos del alcohol. Mientras Dalia lloraba, Enrique le quitó la ropa húmeda y la abrazó. Algo había pasado, pero era mejor no preguntar.
Ella temblaba de frío. Él la cubrió con una sábana y la sostuvo entre sus brazos.
Ella lo miró, lo besó; él correspondió. Se besaron un largo rato, un beso intenso cargado de todo lo que no se podían decir.
Las caricias comenzaron lentamente, como una extensión natural del consuelo, sus manos recorrían las nalgas de Dalia; ella acariciaba su pecho y bajaba hasta meter su mano izquierda dentro del pantalón de Enrique, masajeando su pene suavemente.
Le abrió el cierre del jean, se lo bajó, le quitó el bóxer.
Ambos desnudos, se miraron y sonrieron. Él se acomodó; ella bajó hasta su pelvis, tomó su glande, lo apretó delicadamente, lo besó.
Su lengua jugaba con él; Enrique, excitado, no aguantó más.
La tomó de la mano, la acomodó en la cama y, suavemente, la penetró.
Su vagina húmeda lo permitía; entraba con suavidad, invitándolo a seguir. Sus labios la amaban; la penetraba una y otra vez mientras acariciaba, besaba y mordía suavemente sus senos. Ella mordía su lóbulo de la oreja y le decía al oído:
—Te quiero, baby… te necesito mucho —susurró Dalia.
—Yo también… y mucho —respondió él.
Se movían con una intensidad distinta, con una necesidad de amarse como nunca antes...
Cambiaron de posición; él la puso en cuatro, la hacía suya a su ritmo, mientras deslizaba la mano hacia su vientre y buscaba su clítoris para masajearlo y acariciarlo con precisión.
Dalia gemía, intentando ahogar los sonidos contra la almohada.
Él marcaba el compás, controlando la profundidad; ella, en medio del deseo reprimido, se volvió para mirarlo y, con los ojos encendidos —esos azules que tanto amaba
Enrique—, le dijo:
—Necesito verte, necesito besarte.
Se sentaron frente a frente; ella se acomodó sobre él, enlazando sus piernas alrededor de su pelvis. Se abrazaron con fuerza, se besaron largo rato, sin ninguna prisa. Dalia se movía en un vaivén constante, subía y bajaba, guiando el ritmo con la cadera, mientras sus pechos se rozaban.
—Me voy a venir, baby —susurró Enrique, con la voz quebrada.
—Yo también —respondió ella al oído, respirando agitadamente.
—Pero no tengo condón...
—No importa, yo planifico, tranquilo —dijo ella, aferrándose a su espalda—.
¡Dale!, ¡dale!, ¡dale!... más fuerte, Enrique, ¡más duro!
... —El movimiento se volvió más urgente, más profundo, más firme.
Sus cuerpos chocaban con una cadencia más intensa, hasta que la tensión acumulada estalló en un clímax compartido, y una explosión pélvica ocurrió; que humedeció todo, hasta las sábanas.
Se quedaron inmóviles unos segundos, respirando con dificultad, sintiendo cómo el aire retornaba a sus pulmonares y las pulsaciones recorrían sus cuerpos.
Luego se abrazaron, se dieron un beso lento, amado, muy distinto a los de antes: más suave, más cómplice.
Cayeron juntos sobre la sábana desordenada.
Morfeo se apoderó de ellos. Se durmieron entrelazados: él la rodeaba con su brazo izquierdo; ella apoyaba su mejilla sobre su pecho y dejaba caer su pierna izquierda sobre las suyas, mientras ambos jugaban con sus pies.
En ese motel, en esa madrugada lluviosa y cargada de emociones, Dalia y Enrique se entregaron completamente el uno al otro, como nunca antes.
Esta vez no tuvieron sexo de amigos, de los supuestos «amigos con derechos», no fue el encuentro furtivo de dos cómplices que juegan a no involucrarse.
Esta vez se miraron distinto, se tocaron distinto, se amaron distinto.
Hicieron el amor.
Se amaron por primera vez. Cada caricia tuvo una intención más profunda; cada beso, cada gesto, parecía guardar algo que sabían estaban a punto de perder. Esta vez fue con amor. Era una despedida, su despedida; era un «hasta nunca», era su última vez.
Afuera llovía fuertemente, golpeaba la puerta del parqueadero; dentro,
ellos, mojados, terminaron haciendo el amor. Cerrando el capítulo de su historia clandestina. Despidieron el deseo, los jueves, los secretos, su relación, «sus derechos». Despidieron ese amor intenso, prohibido, tal vez equivocado, pero, aun así, real.
Al amanecer, la realidad los chocó. Enrique la llevó al hospital en silencio.
Ya no hubo risas cómplices, ni futuros planes.
Solo un beso en la mejilla, médico y correcto, un beso de amigos.
Un breve abrazo. Ambos sabían la verdad: lo que ocurrió esa noche no fue simplemente sexo.
Fue amor, lo hicieron y; además, fue el adiós.
Enrique partiría a Inglaterra. La distancia haría lo que ellos no se atrevieron a hacer antes: parar todo. Dalia volvería a su vida, intentando recomponer la fractura de su relación formal, perdonaría a Alex y buscaría el perdón y la estabilidad.