CAPÍTULO 7
La relación secreta de «amigos con derechos» entre Dalia y Enrique se había vuelto un torbellino de emociones.
A pesar de la discreción con la que mantenían su juego, su amistad —como suele ocurrir en relaciones con este título— empezó a complicarse: alguien siempre se termina por enamorar.
El amor y el sexo van de la mano; incluso cuando una relación inicia con algo meramente físico, así sea solo sexual, suele haber un gusto previo, y son las vivencias compartidas, los momentos, los que muchas veces terminan construyendo el amor.
En este caso fue mutuo. Se enamoraron casi sin darse cuenta, no solo por la clandestinidad, sino por lo que compartían como médicos residentes: los turnos, el estrés, la adrenalina, la complicidad silenciosa en el quirófano.
Poco a poco su relación dejó de pasar desapercibida.
Sus compañeros de residencia lo intuían; era un secreto a voces para todos en el hospital, pero nadie se atrevía a asegurarlo.
No había pruebas, solo conjeturas, pero tampoco había dudas.
Aunque hasta ese momento nadie los había observado en nada raro.
Por esto Carolina nunca se había enterado.
Marcela, la jefe de cirugía, comenzó a sospechar, a notar, que algo más
estaba ocurriendo entre Dalia y Enrique: la forma en que se miraban, como trabajaban juntos y, sobre todo, cómo Enrique la sobreprotegía.
Ella se lo había advertido mucho tiempo atrás a Dalia, cuando fue interna, y sabía que no le había hecho caso.
Estaba segura de que iba a sufrir; esas historias ya las había conocido muchas veces y casi nunca terminaban bien.
A medida que su relación se intensificaba, Dalia y Enrique se enfrentaban a un dilema que los atormentaba: no podían dejar a sus respectivas parejas y tampoco confiaban del todo el uno en el otro.
Cada uno sentía amor: ella quería a Alex; él quería a Carolina.
Sin embargo, la adrenalina y el gusto que tenían por su relación —el picante, el morbo, el secreto— la hacía fascinante e irresistible.
Con el paso de los días era inevitable empezar a sentir de más.
La ausencia pesaba. Se necesitaban. Eran felices juntos, pero esa felicidad venía acompañada de culpa y conflicto.
La dicotomía de querer estar juntos y no poder hacerlo los desgastaba, los martirizaba día a día.
Aun así, no supieron y no pudieron detenerse.
No respetaron las reglas implícitas de su pacto y sucumbieron al amor.
Fue inevitable enamorarse profundamente.
Cada encuentro furtivo reforzaba su pasión, y sus noches juntos, lejos de la mirada de los demás, eran momentos de felicidad pura.
La atracción que compartían se volvía más intensa a medida que se conocían mejor, y su trato de amigos, en privado, pasó a ser de «bebé», « baby », «amor», «nene».
Sin declararlo tenían una relación formal.
En público seguían siendo el Dr. García, R mayor, y la doctora Ramírez, la R1, en privado eran mucho más.
Con el amor llegaron los celos. Si Enrique hablaba con alguna compañera o una jefe, Dalia se molestaba; y si ella hacía lo mismo con un colega o incluso con un estudiante, él reaccionaba igual.
Lo que comenzó sin peros ni preguntas empezó a resquebrajarse.
Llegaron los reclamos, las discusiones, las recriminaciones, y el no estar juntos aumentaba el resentimiento que sentían el uno hacia el otro por no poder liberarse de sus relaciones actuales.
Querían estar juntos, pero no lo suficiente como para romper sus otras vidas.
Nadie daba el primer paso, ni lo harían. Al fin y al cabo, eran solo «amigos».
Así terminó el último año de residencia de Enrique y el primero de Dalia. Ella pasó a segundo año con una relación indefinida que no sabían
bien qué era, ni si la iban a terminar o a continuar.
Días después, la noticia de que Enrique había sido aceptado en Inglaterra para realizar un fellow en cirugía hepatobiliar se esparció como un efecto dominó. Era inevitablemente, el final de la relación. Ambos lo sabían. Fue un golpe devastador, y; además, la despedida sería dolorosa.
A Enrique le organizaron una cena de despedida, pues en una semana emprendía su viaje a Londres, ciudad donde ya había estado Dalia y donde una vez había terminado la relación.
Inglaterra se convirtió en un signo de separación para ellos.
Sus compañeros de todo el servicio y profesores arreglaron la despedida en uno de los mejores restaurantes de pasta de la ciudad, llamado Corleone .
Era un restaurante fascinante y temático, con todo lo alusivo a la película El padrino, con sus manteles rojos y blancos a cuadros, hasta sus baños, con el inodoro antiguo, como los de la década de los treinta del siglo XX, con el desagüe en la parte superior, evocando aquella escena clásica en la que Michael Corleone encuentra la pistola y luego sale a disparar al policía corrupto y al narco Sollozzo.
Fue una noche emotiva, todos querían despedir al R mayor que, sin llevar ni un mes de finalizada su residencia, había sido aceptado en una prestigiosa Universidad internacional.
Todos hablaron, dieron unas palabras de despedida para él, lo felicitaron y lo despidieron.
Él agradeció el gesto de sus colegas y de todo el personal que lo acompañaba diciéndoles:
—Los llevo en el corazón y, si me dejan volver, vuelvo; y si no, también vuelvo —finalizó él con una sonrisa.
Mientras hablaba, de fondo sonaba una canción que se habían dedicado con Dalia, su himno.
Toda relación, por efímera que sea, tiene una canción, un himno; todos la hemos tenido, y el suyo también existía.
Mientras se escuchaba y él hablaba, la miraba constantemente.
Dalia, sentada junto a Alex, con la mano derecha sostenía su pierna, como gesto de presencia durante toda la velada.
Ella también lo miraba, con los ojos casi aguados, que disimulaba desviando la mirada y dándole una palmada suave a Alex para hacer reafirmar su presencia, aunque estaba ausente.
Con la otra mano se tocaba el pecho, específicamente un colgante, un dije en forma de infinito, que acariciaba con cariño.
Era un regalo de Enrique, entregado en una salida nocturna de jueves; tenía una cadena de oro delgada, muy bonita, que contrastaba y lucía perfecta con su color de piel.
Sintió la necesidad de usarlo ese día de despedida; era importante para ambos.
Tal vez ese infinito señalaba que esa relación no moriría del todo.
Al terminar las palabras, todos rieron; todos eran amigos. Continuaron la despedida, bailaron y tomaron algunos tragos, bueno, muchos tragos, para celebrar el nuevo camino profesional del Dr. García.
Durante la velada, la tensión entre Dalia y Enrique era palpable, y Alex, que acompañaba a su novia, comenzó a sospechar que algo no estaba bien.
Las miradas furtivas, los gestos compartidos, las palabras de despedida y las miradas de los compañeros cuando algo se mencionaba entre ellos llamaron su atención. Su intuición le gritaba la verdad.
En medio de la fiesta, Alex sonreía, pero se notaba que no estaba a gusto.
Estaba serio, con el ceño fruncido, y su postura lo delataba.
No conocía a casi nadie; pasaba desapercibido.
Estaba rodeado de muchas personas, pero estaba solo.
A veces en la vida puedes sentirte así: estar en un estadio lleno de miles de personas y sentirte solo. La soledad no de
pende solo de ti; es un estado. Y eso incluía a su novia, quien durante la velada estuvo ausente. Apenas le ponía la mano en la pierna, sobre el pantalón, por formalidad; ni siquiera fue capaz de tomarle la mano.
Esa noche, al regresar al apartamento, después de la despedida, Alex la confrontó:
—¿Dalia, tenés algo con ese hijo de puta?, ¿el tal Dr. García?, ¿me crees estúpido?
La rabia se notaba en sus ojos desorbitados, con una inyección conjuntival evidente.
—¿De qué hablas? —respondió Dalia.
—¿Crees que no me di cuenta de tus miraditas con ese tal Enrique?
Vi cómo lo mirabas y cómo él te miraba. ¡Hijo de puta!
Se le veían las ganas a ese malnacido; te miraba y prácticamente te desnudaba en frente mío.
Y tus compañeros, tus malditos compañeros, me miraban y se me reían en la puta cara, todos, y yo como un imbécil callado.
Así que respóndeme: ¿qué tenés con ese man ?
Mientras hablaba le tomó la cara con una sola mano, apretándole con
fuerza.
—Me estás haciendo daño —respondió Dalia—. ¡Suéltame! No tengo nada con él. ¿Qué te pasa, Alex? Somos compañeros de residencia y él es el R mayor y el jefe de residentes.
—No me engañes ni me creas imbécil, Dalia.
—Amor, no tengo nada con el Dr. García.
—No me digas amor, ¡perra! No te creo nada. ¡Lárgate, lárgate!, antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
—¿Qué? ¿Me vas a pegar? —replicó Dalia—. Además, este es mi apartamento también.
—¡Que te largues, perra!
Alex tomó un portarretrato con una foto de ambos en una salida a la
playa meses atrás y lo lanzó contra la pared. El vidrio del portarretrato estalló en múltiples pedazos.
—¡Que te largues!
Dalia, asustada, tomó algo de ropa y salió llorando del apartamento.
Afuera llovía a cántaros; era un diluvio.
Los charcos se unían formando pequeños arroyos, y ella, bajo la lluvia, empapada, lloraba sin saber adónde ir.
Con el corazón roto y sin un lugar al cual acudir, llamó a Enrique.
Su voz fue un bálsamo para su alma; siempre estaba para ella; lo necesitaba más que nunca.
—¡Aló, Cata! —contestó Enrique.
—¡Re-re-re-cógeme, por-por favor! —dijo Dalia, mientras en el fondo se escuchaba la torrencial lluvia en medio de su llanto.
—¿Dónde estás, Cata?, ¿qué te pasó?
—No, no, no sé… por mi casa, en una glorieta —respondió, con la voz quebrada y la nariz tupida.
—Creo que sé dónde es. No te muevas, ya voy por ti.