Te Odio, Mi Doc CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

—Pero no me gusta… me está doliendo —decía Dalia, mientras gemía en silencio, retorciéndose y mordiendo la almohada, aferrándose a ella con todas sus fuerzas.  Su cuerpo temblaba entre sensaciones opuestas, entre una mezcla desconcertante de placer y dolor.

—Aguanta, Cata… aguanta —le decía él, sin detenerse.

—Me voy a orinar, Enrique… me voy a orinar… ahhh —su voz se quebró, transformándose en un suspiro largo.

Y entonces ocurrió. Su cuerpo cedió de golpe, aligerando toda la presión contenida, una liberación contenida a manera de explosión la sobrepasaba, desbordándose sin aviso, mojando las manos de Enrique y salpi

cando la cama, las cobijas y las sábanas. Habían empapado todo; era

un desastre.

—Mira lo que hicimos —dijo Dalia—, pero esto es delicioso. ¡Qué cosa más deliciosa! Nunca me había venido así, ¡nunca! Ahora, ¡te toca!

Tomó su miembro y le empezó a hacer un masaje; su mano subía y bajaba sobre el pene erecto.

Se inclinó entonces, acercándose hasta rozarlo con sus labios, lo exploraba con su lengua, jugueteaba con su glande, lo saboreaba, lo mordía suavemente.

Él, ahora entregado, estaba aferrándose a la cama con la respiración entrecortada, mientras ella alternaba el ritmo con más firmeza cada vez más rápido, hasta que él también, sin contenerse, liberó toda la tensión del momento.

Lo besó apasionadamente, bastante agitada, y le dijo:

—Vamos a limpiar este reguero, por favor. Nos matan donde vean esto.

Eran las 3 a. m.; les tocó salir a buscar trapeador, sábanas y cobijas nuevas para arreglar la escena.

—Ah, y otra cosa: ahora me toca a mí hacerte algo. En cuatro días me toca a mí —concluyó Dalia.

Enrique se quedó dormido hasta finalizar el turno.

Catalina:

¿Ya acabaste?

Enrique:

Ya casi. Acabo una nota de cirugía y ya.

¿Y en urgencias hay algo?

Catalina:

No, por eso te escribo.

Te espero en el cuarto, quiero jugar…

Hoy te toca a ti; hace cuatro días me tocó a mí.

Enrique:

¿Cómo así que jugar?, ¿qué tienes en mente?

Catalina:

Muévete, te espero en el cuarto.

Voy alistando todo.

Después de las 2 a. m. no llega casi nada,

así que, a menos de que llegue una emergencia,

tenemos tiempo. ¡Apúrate!

Enrique:

Bueno, ya voy; dame unos minutos.

Enrique terminó sus pendientes lo más rápido que pudo y se fue al cuarto de residentes. Abrió la puerta; la luz estaba apagada.

—¿Cata, estás ahí?

—Sí, pasa y cierra la puerta —respondió ella. Encendió la luz del celular y puso suavemente música para bailar de manera sexy—. Sigue y quítate la ropa. Solo hazme caso, confía en mí.

—En serio, estás loca, Cata.

Pero le hizo caso; se quitó la ropa. Dalia se acercó, le dio un beso apasionado, terminó en un pico, y susurró:

—Eres mío ahora. —Mientras, le tomaba las manos y lo llevaba hasta la cama—. Acuéstate. —Le ató la mano derecha con una soga a la baranda del camarote; luego la izquierda.

—Oye, estás loca. ¿Y si tocan?, ¿si alguien abre? O, ¿si llega una emergencia? ¿Qué tal que me encuentran así? Nos echan…

—Pues sí, sería muy rara la escena donde nos descubrieran, pero ya, relájate, Enrique. Son casi las 3 a. m.; no va a llegar nadie. No es fin de semana, no va a haber una emergencia a esta hora. Tranquilo… más bien disfruta.

Mientras le sujetaba también los pies a la cama, Dalia se desnudó, se puso un antifaz y dejó caer el cabello sobre sus hombros; este descendía delicadamente en capas, cubriendo apenas sus pezones.

Luego se acercó a él y le colocó unas gafas de visión nocturna.

La escena era un acto de provocación total.

Enrique estaba muy excitado; la erección lo delataba.

Ella empezó a recorrerlo con besos, despacio, marcando territorio, besaba sus tetillas, las lamía, jugueteaba con ellas.

Se sentó junto a él; Enrique podía sentir su cuerpo, su piel desnuda.

La excitación que tenía era máxima. Dalia tomó un hielo y lo deslizó desde su pecho hacia abajo hasta llegar al glande.

Él se estremeció por la sensación de frío en la parte íntima, era un tanto molesta, un poco dolorosa.

—Cata, eso no me gusta —murmuró.

Ella sonrió, tomó su pene, se colocó un hielo en la boca y le dio un beso con lengua de abajo hacia arriba muy sutil.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Mucho mejor.

La tensión y la excitación crecía entre risas contenidas, el juego de dominio se intensificaba; cada caricia era una mezcla de frío y deseo.

Deslizaba el hielo sobre su piel y luego lo besaba: pasaba por su pecho, por sus tetillas, descendía lentamente por su abdomen, marcando el recorrido con besos que la hacían estremecer.

Y continuaba hasta llegar a su pene, lo besaba, recorría sus testículos y los besaba.

Cuando el frío sorprendió en un punto más íntimo, más oscuro y más allá de su escroto; Enrique dio un salto.

—No, no, no… por ahí no, Cata —dijo él.

—Ja, ja, ja… eres mío. Yo hago lo que quiera. Si no te gusta, ¡pues grita!, grita duro; te escucho, pide ayuda —respondió entre risas.

—Tan boba. Sabes que no puedo. Sigue… pero eso no —contestó él, intentando mantener la compostura.

—Voy a hacer algo, te guste o no… —susurró ella. Acercándose nuevamente.

Se acomodó en la cama, entre las piernas de él.

Tomó su pene con la mano izquierda, lo llevó a la boca y le besó.

Su lengua subía y bajaba mientras él disfrutaba y se retorcía de placer.

Entretanto, con la mano derecha, descendió por su entrepierna y deslizó lentamente el dedo medio en el ano de Enrique.

Él se quedó quieto, inmóvil, impresionado de lo que había hecho Catalina.

—Eso no —dijo—, no me gusta.

—¡Cállate! —respondió ella—. ¡Nos van a pillar! Deja la bulla.

Para él era una sensación extraña; no le agradaba el dedo en ese lugar, pero el beso que recibía en el pene sí. Ella continuó con movimientos suaves y pausados; la rareza inicial fue cediendo hasta transformarse en una sensación distinta, inesperada; hasta un poco placentera.

Dalia también estaba excitada. Se acomodó de nuevo y se sentó sobre su rostro, mientras retomaba su lugar y continuaba estimulando con la boca. Enrique, a oscuras, comenzó a besarla; estaba húmeda, y eso le confirmó cuánto estaba disfrutando.

Cada dos minutos, Dalia se detenía, lo dejaba recuperar el aliento y luego retomaba el ritmo. Tras una pausa más prolongada, Enrique preguntó:

—¿Qué pasó?

—Nada —respondió ella. Se escuchó un sonido leve, como el de un aerosol, un spray.

—¿Qué es eso?

—Nada, cállate.

Se había aplicado un poco de crema y volvió a colocarse sobre él. Enrique la besó nuevamente.

—¿Qué es esto?, ¿crema?

—Sí, crema Chantilly —respondió ella—. ¿Te gusta?

—Sí, claro… qué rico.

Y siguió besándola. A los dos minutos, Dalia se detuvo de nuevo; estaba muy excitada, se incorporó sobre Enrique en posición para besarlo de nuevo, tomó el pene y lo guio hacia su vagina.

Enrique estaba fascinado. Ella tomó el spray, puso un poco de crema Chantilly en su propia boca y lo besó.

Continuaron besándose y moviéndose con intensidad; Dalia marcaba el ritmo con su pelvis, subía y bajaba, lo golpeaba con su pelvis hasta que ambos alcanzaron el clímax al mismo tiempo.

Cayeron rendidos.

Dalia se levantó y le dijo:

—Duerme. Voy a dar una vuelta a urgencias para disimular. Chao.

Nuevamente Enrique se quedó dormido hasta finalizar el turno.

Además de los juegos intrahospitalarios, todos los jueves —sin falta, salvo que estuvieran de turno—, se veían. Y era porque, casualmente, todos los jueves Carolina y Alex tenían turno.

Él la recogía a una cuadra del apartamento que compartía con Alex. Dalia solía salir a trotar; al menos eso le escribía a su novio. Pero los jueves, a las ocho de la noche, el Volkswagen rojo escarlata estaba parqueado, esperándola con el motor encendido, como si la huida fuera parte del ritual.

Al verse, se saludaban con normalidad, como amigos, casi como dos amigas que salen a tomar café.

Pero el plan era el mismo: un six pack de cervezas o de Smirnoff y luego rumbo a un mirador o a un motel.

Ya conocían todos los moteles de la ciudad; por eso variaban.

Conversaban, contaban historias, y después se dejaban llevar por el deseo; los vidrios se empañaban.

El escarabajo, aunque un tanto incómodo, era testigo silencioso de todo.

La única regla entre ellos —nunca dicha, pero siempre entendida— era no hablar de sus parejas. Al terminar su noche de jueves, él la dejaba de madrugada en el mismo lugar donde la había recogido; se despedían como amigos y esperaban hasta el siguiente jueves o al próximo turno para verse.

La discreción se convirtió en su mejor aliada. En privado eran amantes, «amigos con derechos», como se autodenominaban; en público, eran el R mayor y la R1, a quien él defendía y cuidaba con celo académico, era su pupila en formación.

La vida de Dalia y Enrique se convirtió en una maraña de secretos, engaños y omisiones.

Poco a poco aprendieron a no preguntar, a no profundizar, a no cruzar ciertas líneas.

Se mentían para no tener que hablar sobre sus parejas; eso era regla tácita.

Mientras mantenían sus vidas externas aparentemente inalteradas, el romance clandestino continuaba, alimentado por la pasión, el deseo y el riesgo.

Nadie en el hospital ni en su entorno personal sospechaba lo que ocurría entre ellos.

Para todos eran simplemente «amigos», «buenos amigos», y ellos, en privado, también lo eran: amigos, pero con derechos.