Te Odio, Mi Doc CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

Se escuchaban múltiples gritos: «Alistemos el seis», «no, el cuatro», «pidan sangre», «¿qué dijo UCI?

». Todos corrían; era un caos. Mientras se escuchaba una camilla acercarse rápidamente, Enrique llegaba con el paciente.

Dalia, ya en el quirófano #5, preparó todo.

Llegó el docente corriendo; se lavaron las manos rápido, con el tiempo mínimo requerido para desinfección; los vistieron con ropa quirúrgica y entraron a cirugía los tres.

El cirujano docente realizó la incisión (herida de cirugía), una esternotomía, pues así lo requería.

El corazón se veía latir aún, pero con menos fuerza, menos vitalidad y, en él, una herida, una perforación realizada por una puñalada recibida por la víctima en un hurto minutos antes, al ingresar a un cajero bancario a sacar dinero.

Por esa herida salía sangre por borbotones, a manera de fuente; debían actuar rápido o pronto el paciente tendría un paro cardiaco.

El profesor era un hombre de unos sesenta años, canoso, de mirada firme y gestos contenidos, con esa serenidad que solo dan décadas enfrentando el filo entre la vida y la muerte.

Especialista en cirugía de trauma, llevaba el hospital en la sangre y el quirófano como segunda casa.

Estaba a pocos meses de pensionarse, pero no mostraba ninguna prisa por el retiro; al contrario, aún conservaba el pulso seguro, la mente lúcida y el deseo intacto de seguir enseñando y operando.

Para él, dejar la cirugía no era una meta cercana, sino una idea lejana que todavía no lograba seducirlo.

Él lo suturaba en vivo: realizaba un punto y esperaba; luego hacia otro punto y volvía a esperar.

Debía hacerlo así, de esa manera, para no desencadenar una arritmia fatal.

La adrenalina para todos estaba al máximo.

Al paciente; además, le realizaron una autotransfusión con su propia sangre, y le administraron sangre sin cruzar por vía periférica. El anestesió

logo vigilaba cuidadosamente sus signos vitales mientras operaban y, finalmente, controlaron el sangrado.

La herida fue suturada con éxito; el paciente se salvaría si su cuerpo soportaba los cuidados posteriores en la unidad de alto riesgo cardiovascular.

Pasaría a la unidad de cuidados intensivos para hacerle un seguimiento estricto durante varios días.

Al terminar y retornar al cuarto de residentes, Dalia no lo podía creer. La adrenalina seguía a tope; sus manos temblaban. Entraron al cuarto a cenar. Eran las 2 de la mañana y no habían probado bocado.

—Esto es emocionante, ¡gracias!, ¡gracias! —dijo Dalia, y abrazó a Enrique—. Soy feliz.

Abrazados fuertemente se miraron y se besaron.

Seguían con la adrenalina al máximo. Enrique le bajó el pantalón, la cargó, la tiró en la cama, abrió sus piernas y se adentró a las profundidades de su pelvis.

Dalia lo besaba y cruzaba sus piernas por la espalda de Enrique para aumentar la presión a nivel pélvico; además, lo acariciaba, acaricias que se hacían más profundas, sus uñas casi lo herían, lo arañaba, casi dañándole el tatuaje en la espalda que decía if you fall you get up («si te caes, te levantas», en español).

Dalia disfrutaba, gemía en el tono más discreto posible desde el cuarto de residentes; ambos sabían que no podían hacer ruido.

—¡Ah!, ¡ah! —le decía al oído—. ¡Dale, Enrique!, ¡dale, Enrique!, ¡más duro!

Él la besaba, le besaba los senos, se los mordía. Todo ocurría rápido; no se podían demorar, los podían pillar. Eso aumentaba aún más la adrenalina. Lo hacían más duro, y se venían juntos; lo disfrutaban, y mucho.

Al terminar, Dalia, mientras se ponía el pantalón del uniforme y le pasaba a él el bóxer Calvin Klein azul, le dijo:

—¿Vamos a hacer esto todos los turnos, Enrique?

—No lo sé, ¿quieres?

—Pero tú tienes novia —respondió Dalia.

—Y tú novio —dijo él.

—¿Y entonces qué somos? —preguntó Dalia.

—Somos amigos, dijiste tú, ¿no?

—¿Qué tal si somos amigos, pero algo más que amigos? —dijo Dalia.

—Explícate, porque no entiendo mucho.

—Sí, amigos, pero más que amigos. Es decir, seamos amigos, pero con derechos, «amigos con derechos» —dijo ella—.

Entonces hacemos esto, pero acá, a escondidas, con discreción, sin que nadie se entere.

Afuera no somos nada; somos solo compañeros de residencia y ya.

Y, si me preguntan, lo negaré siempre. ¿Estás de acuerdo?

—Sí, amiga —respondió Enrique.

Y se dieron la mano, como si firmaran un pacto, pero verbal.

—Vamos a hacerlo como dices: con discreción, sin enamorarnos, sin amor, sin reclamos, sin shows; solo amigos, solo sexo, y ya. ¿Listo?

—¡Listo! Sí, así será.

Y así fue. De esta manera comenzaron una relación a escondidas.

Tenían sexo a toda hora: en el vestidor, después del almuerzo, después de una cirugía de urgencia, en las noches, en las madrugadas, antes de una revista, después de ella, cuando estaban aburridos, cuando tenían que estudiar, cuando los regañaban, cuando estaban posturno y, sobre todo, después de una cirugía con mucha adrenalina.

El cuarto de residentes se había convertido en su guarida para disfrutar, y así se la pasaban.

Además, días después empezaron a jugar, a explorar:

—¿Cata, has tenido un squirt ? —preguntó Enrique.

—¿Un qué? —respondió Dalia.

—Un squirt . Es cuando una mujer se «viene»; es decir, al tener un orgasmo, tiene salida de un líquido. No sé si has visto en las películas porno, cuando la actriz tiene el orgasmo y expulsa un chorro por la vagina.

—¿Yo?, ¿un chorro por la vagina? No, yo no he tenido nunca eso. Pues la lubricación normal y la excitación, pero, ¿un chorro?, ¿eso es posible? —dijo Dalia.

—Pues podemos intentarlo, ¿no?

—Quiero eso ya —respondió ella.

—No, ya no; estamos de turno. Eso imagino que se debe demorar —respondió él—. Ahora, más al rato, en la madrugada tal vez.

Así que siguieron de turno. Pasada la medianoche, luego de operar las urgencias y ya cuando no tenían pendientes por realizar, ella le escribió al celular:

Catalina:

Quiero mi swich ya.

Enrique:

¿Tú qué? Ja, ja, ja, ja.

Catalina:

¿Cómo es que se llama entonces eso?

Quiero venirme como me dijiste…

Enrique:

Squirt se llama.

Catalina:

Eso. Quiero mi squirt ya, lo quiero ya.

Enrique:

Espérate, apenas estoy terminando.

Ve siguiendo tú al cuarto; yo acabo y te alcanzo,

así disimulamos un poco. ¿Te parece?

Catalina:

Bueno, más te vale. No te demores.

—Seguido de un diablito morado—.

Luego de unos minutos, Enrique había terminado; no había pacientes pendientes por ver, estaba todo tranquilo. Acudió a la estación de enfermería: la jefe Paola cabeceaba frente al computador mientras chequeaba las últimas órdenes médicas. Le dijo:

—Jefe, ya terminamos todo. Cualquier cosa estamos en el cuarto de residentes; ojalá no me llame, porfa.

—Bueno, doctor. Ya puse igual la escoba tras la puerta y el gatito pintado al revés —unos agüeros muy latinos para que no lleguen visitas y, en ese caso, pacientes—. Yo lo llamo si llega algo —respondió.

Enrique salió deprisa hacia el cuarto. En él lo esperaba Dalia, ya ligerita de ropa: tenía el peto (camisa del uniforme de medicina) y un panty, un cachetero color blanco que iba perfecto con su piel blanca, un poco bronceada.

Además, el panty le hormaba perfecto el gran trasero que tenía; unas nalgas grandes y bien paraditas, de horas de gimnasio y sentadillas.

A Enrique le fascinaba no solo vérselo, sino acariciarlo. Al verla así:

—¿Estás loca, mujer? ¿Qué tal que hubiese llegado con alguien más?

—Es de madrugada, relájate —respondió ella.

Enrique no pudo evitar tener de inmediato una erección. Cerró la

puerta con rapidez, y se acercó a la cama, donde Dalia lo esperaba, expectante.

Se acomodó detrás de ella, pegando su cuerpo al suyo, mientras la besaba por la espalda; tras la tela del bóxer se podía sentir el deseo contenido hacia ella, rozando sus nalgas.

Sus labios encontraron sus pecas en la espalda, subiendo lentamente por su piel hasta su cuello, sus manos descendieron por su cintura y, poco a poco, marcaban territorio, con su mano derecha rozó su entrepierna, sintiendo la humedad.

La fue despojando lentamente del panty, que se interponía entre sus dedos y ella, lo tiró al suelo, le abrió las piernas, tomó postura para poder buscar con sus labios la humedad en su pelvis que ya había recorrido con sus dedos.

Dalia llevó sus manos por detrás de la cabeza y apretaba la almohada, aferrándose a ella con fuerza. Quería gritar, pero no podía hacer ruido; debía contenerse: estaban de turno. Pasó la almohada hacia delante y la mordió, cada caricia, cada roce, cada beso la hacía perder el control poco a poco:

—Hazte arriba ya… te necesito —susurró, con urgencia contenida.

—No, esta vez no —dijo él con voz baja, disfrutando ese control.

Se hizo a un lado tras su espalda, permitiendo que ella sintiera su miembro en erección, la siguió besando por la espalda y con su mano derecha, lentamente fue ingresando entre la humedad pélvica, metió el segundo y tercer dedo, saliendo nuevamente y masajeando su clítoris, para volver a ingresar.

Empezó a explorar con intención, a un ritmo cambiante, a veces más rápido, otras más pausado, explorando con precisión y conociendo la clara reacción de su cuerpo.

Llegaba hasta el fondo y rodeaba su cérvix, luego salía y hacía presión en la pared anterior vaginal.

Se enfocaba mucho en ese punto, en la pared anterior. Ella se estremecía con cada movimiento.

Dalia se retorcía; quería tenerlo en ella, ya, pero él le decía que no y seguía jugueteando.

Dalia sentía una sensación de placer absoluto, la sensación se volvió abrumadora, distinta, y algo dolorosa; era una sensación un poco rara.

—Para, tengo que ir al baño; me voy a orinar, Enrique.

—No… eso es lo que vas a sentir —respondió cerca a su oído, sin ceder.