CAPÍTULO 6
Aló, hija.
—¡Pasé! ¡Pasé, mamá, pasé! —dijo Dalia exaltada.
—¡Bravo, hija! Hijita, te felicito. No sabes cómo te lo mereces y el orgullo que me haces sentir. Vas a ser la mejor cirujana del mundo. Esto te lo luchaste solita; te mereces esto y mucho más. Espera, te voy a pasar a tu papá; te quiere felicitar —concluyó Teresa.
—Catica, felicitaciones, hija mía. Te amo. Estoy muy orgulloso y feliz por ti. Estoy seguro de que te va a ir muy bien en la residencia y vas a ser la mejor cirujana. Además, cuenta con nuestro apoyo en lo que necesites; no te va a faltar nada. Y… ¿cuándo comienzas, hija?
—En un mes, papá. Estoy muy asustada —respondió Dalia.
—Tranquila, hija. Tú has estudiado mucho, eres muy juiciosa y te va a ir muy bien, estoy seguro.
El chisme por los pasillos no tardó en regarse: el voz a voz es más rápido que cualquier publicidad pagada.
Rápidamente se enteraron todos los compañeros de quirófano y los residentes.
Todos sabían que Dalia y Enrique serían compañeros: Dalia como R1 y Enrique ahora como R4 y jefe de residentes.
Todos sabían que «algo pasaba», pero nadie decía nada: era un «secreto a voces».
El día más esperado para Dalia llegó: inició su residencia. Era feliz. Comenzó su rotación en urgencias; estaba ansiosa y preocupada, pero muy feliz. Se presentó con sus dos compañeros a las 6 a. m. en el servicio. El jefe de residentes los recibió:
—Bienvenidos, doctores. Esta va a ser su casa los próximos cuatro años.
Para los que no me conocen, mi nombre es Enrique García; soy residente de cuarto año y el jefe de residentes.
Cualquier pregunta, problema o asunto que necesiten, estoy a la orden —decía todo esto mientras miraba fijamente a Dalia, casi sin poner atención a los demás
—Me dan sus nombres completos, por favor.
—Mi nombre es María Fernanda Delgado.
—Bienvenida, doctora.
—Mi nombre es Dalia Ramírez.
—Bienvenida.
—Mi nombre es Juan Ángel Contreras.
—Bienvenido, Juan —dijo Enrique—. Bueno, enhorabuena, mucho gusto.
Espero disfruten y estudien mucho. Esto no es fácil, pero tampoco imposible.
Pueden retirarse a sus respectivas rotaciones…
Y usted, Dra. Ramírez, acompáñeme. Su rote es en urgencias.
Yo estoy todo el día en cirugía, pero me tiene que informar a mí cualquier suceso o paciente que ingrese.
Acompáñeme: vamos a dejar nuestras cosas personales al cuarto y después venimos a pasar revista antes de que llegue el docente.
Ya a solas, mientras recorrían los pasillos del hospital hasta llegar al cuarto de residentes, él le dijo:
—Cata, te felicito. Bienvenida. ¿Ya tienes casillero?
Ingresaron al cuarto de residentes: eran cuatro camarotes, un escritorio
grande para cuatro personas, una biblioteca, casilleros, un baño, un tele
visor, una nevera y un aire acondicionado para las épocas calurosas.
—Este es mi casillero, pero te lo quiero dejar a ti. Está organizado, limpio. Yo cojo uno de abajo, de los feos —dijo Enrique.
—No tienes por qué —respondió Dalia.
—Tómalo, tranquila. Yo pronto acabo y tú te quedas cuatro años —respondió él.
—Muchas gracias, Dr. García —dijo ella.
—Y dale con la bobada… dime Enrique. En público guardamos protocolos; acá somos amigos, compañeros de residencia, ¿te parece?
—Bueno, está bien, Enrique —respondió Dalia.
Le sonrió. Él también. Ambos se ruborizaron. Hicieron una pausa, respiraron y salieron rumbo a urgencias a pasar revista.
Esa noche tenían turno juntos, en el programa de residencia se manejaba una secuencia de turnos donde cada cuatro días coincidían un R4 o R3 con un R2 o R1 y, casualmente, por cosas del destino, quedarían juntos los dos.
Dalia estaba impresionada. Enrique se portaba como un caballero: le ayudaba y le enseñaba todo lo que no sabía.
Los pacientes ingresaban y ella los valoraba; después, Enrique los revisaba, la apoyaba, la corregía, y ella lo acompañaba a cirugía.
Así avanzaba el turno, un poco movido, pero muy emocionante para Dalia.
Ya hacia la medianoche; habían realizado dos apendicectomías laparoscópicas. Ella estaba muy feliz.
A las 2 a. m. realizaron un lavado abdominal de un paciente de UCI, una cirugía que normalmente programaban a esa hora porque primero iban todas las cirugías de urgencias.
Además, el paciente estaba colonizado (infectado) con un germen resistente a múltiples antibióticos.
Al terminar esa cirugía quedarían «contaminados» y debían bañarse para poder seguir valorando otros pacientes sin riesgo de transmitirles algún «bicho» e infectarlos también.
Ya en el cuarto de residentes, Dalia le dijo a Enrique:
—Báñate primero; yo voy a arreglar mi ropa, ¿te parece?
—Listo —dijo Enrique, y se metió a bañar.
Al salir, llevaba una toalla que le cubría desde la cintura hasta por encima de la rodilla, dejando ver su abdomen y sus múltiples músculos, «los cuadritos» o «la chocolatina abdominal», como llaman. Dalia no pudo evitar mirarlo y ruborizarse; respiró y se volteó, diciéndole:
—Qué pena, no vi nada. Yo no miro.
—Qué pena contigo —dijo Enrique—, fue la costumbre. Antes tenía turnos con Camilo, el R2… —Y pasó rápidamente, pero, por la premura de no tocar a Dalia, que seguía volteada para no verlo, golpeó la cama en una de las patas con el dedo chiquito del pie izquierdo y cayó.
Dalia se rio.
—Ja, ja, ja, ¿te golpeaste?
—¡Nooo! —dijo Enrique—. Estaba acomodando la cama solamente. ¡Pues claro que me golpeé! —añadió, mientras se sobaba y se volvía a acomodar la toalla acostándose en uno de los camarotes.
Dalia, apenada por la risa y por el regaño, se sentó junto a él, puso las piernas sobre las de ella, tomó su pie y empezó a sobarle el dedo, cantando:
—«… Sana, sana, culito de rana …» —con una voz bajita y tierna, mientras él la veía tiernamente—. ¿Ves? Ya pasó. No fue nada; no te salió ni sangre.
Le dio un besito en el pie y lo miró fijamente.
Él, sorprendido por la acción tierna, tuvo una erección muy evidente por debajo de la toalla.
Dalia miró su toalla y sonrió, mientras él acariciaba su espalda y se deslizaba por ella hasta escabullirse por debajo del pantalón de cirugía, tocándole las nalgas con cariño.
Ella se acercó poco a poco hasta quedar a no más de diez centímetros de él; se miraban a los ojos, se veían los labios y, casi inevitablemente, se besaron. El deseo era muy grande. Enrique la abrazó.
—Me contaminaste de nuevo —dijo él en tono cómplice.
—Ven, nos bañamos —respondió ella.
Se metieron a la ducha; mientras la besaba, la despojó de sus prendas, del uniforme quirúrgico contaminado.
El agua caliente descendía lentamente en sus cuerpos.
Mientras tanto, Enrique la tomó con seguridad, girándola de espaldas contra él.
inclinándose apenas, lo suficiente para que sintiera su presencia, hasta que no hubo espacio entre sus cuerpos.
Dalia sostuvo el aliento cuando lo sintió unirse a ella, en un movimiento lento, profundo y húmedo, que la hizo cerrar los ojos.
El vapor llenaba el baño mientras la respiración se volvía más intensa, más cercana, mientras sus manos se entrelazaron en la pared, y el vaivén íntimo los envolvía; cambiaban de posición entre besos húmedos y miradas, se decían de todo sin nombrar palabra.
Reían, jugaban con el jabón hasta formar burbujas y espuma, jugaban con el cabello, con el jabón entre sus cuerpos y se acariciaban.
Esto mismo les servía de lubricación mientras él, nuevamente, intensificaba el juego pélvico.
Dalia dejaba escapar gemidos suaves, ahogados por el estruendo constante de la ducha eléctrica, que como celestino del momento parecía cubrir cada sonido, cada suspiro.
Enrique buscaba su boca, sus lenguas jugueteaban con urgencia.
Mientras el vapor se acumulaba sin descanso, desbordándose más allá del baño y cubriendo los espejos del cuarto.
El tiempo parecía diluirse entre el agua caliente y el ritmo compartido.
Habían pasado más de quince minutos cuando, de pronto, el sonido seco de la madera interrumpió el momento eterno en el que estaban:
—Toc, toc, toc…
—¡Dr. García!, ¡Dr. García!, ¡llegó una urgencia!
—¡Voy! —gritó Enrique desde el baño, con la voz entrecortada.
Se inclinó más hacia ella, acercándose, tomando sus nalgas con firmeza, y aumentando el ritmo pélvico, profundizando, Dalia se aferró a él, dejándose llevar por la aceleración compartida hasta que quedaron suspendidos en el mismo latido y sin aliento.
Salió rápidamente, se secó como pudo y dijo:
—¡Ya salgo! ¡Me estoy vistiendo, que me contaminé en cirugía!
—Bueno, doctor —respondieron desde afuera, en un tono que dejaba entrever cierta sospecha, como si el vapor que escapaba y el silencio previo hubiera dicho más de lo necesario.
Dalia salió del baño, lo besó, se puso rápidamente el uniforme y dijo:
—Tranquilo, yo voy viendo al paciente y ahora te comento. Chao, amigo.
Así terminaron su primer turno.
Cuatro días después, nuevamente tuvieron turno; ya lo sabían ambos. Recibieron, como de costumbre, a sus compañeros a las 6 p. m., pasaron revista y se fueron a quirófano. Realizaron una colelap pendiente.
Terminando la cirugía, el celular de Enrique sonaba insistentemente; así que, al terminar, dejó cerrando las heridas a Dalia, se retiró los guantes y tomó su celular para devolver la llamada.
Pero nuevamente el teléfono sonó, recibiendo otra llamada del mismo número; era la quinta en los últimos minutos.
Seguro era una llamada de emergencias. Contestó la llamada, escuchó atentamente, mientras afirmaba con la cabeza, y respondió:
—Voy para allá.
Salió de prisa y le dijo «algo» a la jefe de cirugía, casi al oído, algo que Dalia no pudo escuchar, lo vio salir corriendo del quirófano mientras ella terminaba la cirugía.
Cinco minutos después se escuchó:
—¡Alisten todo! ¡Precordial!, ¡precordial alta! (Una herida en el corazón). ¡Y está inestable! —dijo la jefe.