Te Odio, Mi Doc CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Enrique aumentó la velocidad y empezó a gemir también; ella le tapaba la boca ahora a él con su mano derecha, para evitar sonidos.

Aceleraron, aferrándose al instante; lo hacían más rápido y más duro, hasta que se vinieron juntos.

La adrenalina era total, casi como la que se podía vivir con una emergencia.

Ella se apartó primero, se vistió con rapidez, le dio un beso breve —un pico— y se fue.

Mientras, en el pasillo se escuchaba:

—¡Dr. García! ¡Dr. García! La paciente ya está lista en cirugía.

—¡Ya voy! —dijo Enrique, mientras se vestía a toda prisa.

Aquella noche de rápida pasión no quitaba que se debían explicaciones; solo había resuelto un gusto, un pendiente, una situación inconclusa, una deuda que ambos arrastraban desde hacía mucho tiempo.

Al terminar el turno, en la mañana, mientras Enrique salía del hospital rumbo a su posturno, se encontró con Dalia, quien también salía. Bajó la ventana de su Volkswagen rojo escarlata.

—Cata, sube.

—No —respondió ella sin mirarlo.

—Sube, deja la bobada —insistió Enrique.

—No voy a subir.

Detuvo un taxi y se fue, casi huyó.

Ahora el confundido era Enrique. Habían estado juntos. Se habían

besado y, aun así... ella huía. No entendía bien qué sucedía; ella lo estaba volviendo loco con su actitud.

Esa noche había una fiesta de cirugía. El Dr. García estaba invitado: era la bienvenida de Dalia y; además, celebraban los cumpleaños del mes de todos los que trabajaban en quirófanos.

Ya en la fiesta, y con mucho tequila en las mesas, todos celebraban, compartían y brindaban. Uno a uno se acercaban a ella:

—Bienvenida, Dalia.

Y le ofrecían un trago. Ella, ya un poco «prendida», no tenía ni idea de que Enrique llegaría.

Pasadas las doce de la noche, él apareció.

Dalia estaba feliz, bailando y riendo con los demás.

Al verlo entrar, Paola —una instrumentadora joven, muy guapa, con unos jeans azul oscuro ceñidos a su figura y una blusa escotada que dejaba ver sus senos 36C— lo recibió efusivamente.

—¡Doc!, ¡bailemos!, ¿sí?

Sin esperar respuesta, lo tomó de la mano y se lo llevó al centro de la pista de baile.

Se escuchaba una salsa puertorriqueña, una del cantante Gilberto Santa Rosa, llamada Conciencia , y comenzaron a bailar algo pegados.

Era una salsa romántica y, mientras ellos bailaban, se escuchaba la canción: ...

la razón le advertía que no debía quererla, pero el corazón insistió en lo contrario…

Entre tanto, ese mensaje, que para Enrique era como una sentencia. Dalia, en el fondo, sentada en la mesa los observaba fijamente. Pero no miraba la escena. Lo miraba a él; él la miraba también.

Ella lo miraba con un rostro tenso y ruborizado. Movía los labios sin emitir sonido; Enrique desde la pista trataba de poner atención, trataba de entender qué decía. Era difícil por el movimiento, hasta que lo logró. Enrique leía sus labios:

—«T-E-O-D-I-O», «T-E-O-D-I-O»—leyó...

Él disimuló. Sonrió. Al terminar de bailar, fue a buscarla.

—¿Bailamos? —preguntó él.

—Vaya y baile con «Paolita».

—Estás celosa, Cata.

—¿Celosa yo?, ¡jamás!

—Ven, salgamos a bailar o vamos afuera un momento y hablamos —dijo él.

—¡Mejor!, ¡vamos! —respondió ella, levantándose de inmediato.

Dalia salió primero. Enrique esperó unos minutos y la siguió. Al salir, fueron detrás de la discoteca; no había ventanas, se encontraron frente a frente.

—¡Te odio! —dijo ella—. Llegas y ni me saludas. Siempre te vas, siempre te vas, ¡maldito!, siempre desapareces.

—Pero si ni siquiera me dejaron entrar, ¿no viste? —respondió él, acercándose y abrazándola.

—Explícame por qué desapareciste. ¿Por qué, cuando estaba en Inglaterra, cuando hablábamos todos los días y te necesitaba, simplemente te fuiste?, ¿por qué? —dijo ella.

Hubo un silencio breve.

—Porque me empecé a enamorar de ti, Cata —dijo Enrique—. Me hacías mucha falta… y Carolina no se merecía eso. Tú tampoco. Estaba confundido. Por eso desaparecí. Yo te quiero Cata... de verdad te quiero.

—No me digas mentiras. No te creo.

Se miraron

Y, como si todo lo anterior no importara, se besaron. Un beso cargado de rabia, de reclamo, de todo lo que no se dijeron a tiempo. Se abrazaron, se aferraron, se consintieron, hasta que ella se detuvo.

—No puedo. Tengo novio y tú también tienes pareja. Esto no puede ser.

—Solo bésame —susurró él—. Mañana vemos.

—No, solo podemos ser amigos —respondió ella—. Estoy con Alex.

—Lo sé —respondió Enrique—. Cuando me enteré, en ese momento desaparecí del todo. Entonces… seamos amigos, si tú quieres. Será difícil, mucho, pero eso es mejor que perderte del todo.

—Eso. Solo amigos. Nada más.

Se besaron una última vez. Como despedida. O eso intentaron creer.

La fiesta continuó.

Dalia volvió a entrar, a bailar, a festejar. Enrique se fue. Todos quedaron extrañados de su prematura salida, pero no se dieron cuenta de lo

que había ocurrido detrás de la discoteca.

Durante los siguientes cuatro meses, mientras compartían espacio en el servicio de cirugía, la atracción que sentían el uno por el otro se hacía evidente para quienes los rodeaban, y claro, para ellos mismos.

Ambos sabían que su relación no podía ser, sabían que era prohibido.

Sin embargo, las noches de turno, a veces, se prestaban para un encuentro fugaz: unas miradas, un roce, un beso robado en el vestier, un coqueteo.

Sexo no había, pues se habían prometido que solo serían amigos.

Y en efecto, nunca cruzaban del todo la línea.

Pero los besos… Los besos no sabían obedecer.

Y cuando estaban a punto de ir más allá, de dar el paso, siempre había un:

—¡ Stop !