Te Odio, Mi Doc CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Después de un año y medio en el exterior, y ya con un año de relación con Álex, decidieron volver a la ciudad donde se conocieron, cuando ella estaba en internado. Dalia quería, además de trabajar como médica, huir de su madre, doña Teresa, «Tere», como le decían.

Teresa era una madre posesiva con Dalia, algo tóxica.

Le gustaba saber todos sus movimientos: que se reportara en todo momento, saber dónde estaba, qué hacía, para dónde iba, que llegara temprano.

Aunque ella ya era mayor de edad hacía varios años, para doña Tere simplemente era su niña.

Por eso siempre evitaba que saliera. Dalia odiaba esa actitud de su madre y, en contraposición, se había ido de la capital a hacer su internado a otra ciudad.

Quería ser libre y, rápidamente, al volver, había escogido irse a Inglaterra de intercambio.

En el fondo, muchas veces solo escapaba de su madre: huía.

De regreso a la ciudad donde había conocido a Enrique, comenzó a trabajar en el Hospital ya conocido por ella.

Era ayudante de cirugía; quería aprender y adquirir destreza quirúrgica antes de presentarse para estudiar la especialidad, tener experiencia y poder comenzar prontamente su residencia.

Quería ser cirujana, tal vez influenciada por su relación con Enrique.

Él, de quien no quería saber nada, ya estaba a punto de culminar su tercer año; en algo más de un año se graduaría como cirujano general.

Él ya había aceptado la ausencia de Dalia. Trató de olvidarla, sin mucho éxito, pero no sabía nada de ella desde hacía un largo tiempo. Quería acostumbrarse a ello, aunque estaba seguro de que olvidarla definitivamente era mentira; había muchas cosas inconclusas que necesitaba algún día resolver.

—¡Doctora Ramírez! ¡Doctora Ramírez! Prepárese: viene una emergencia. Es un herido, un baleado; recibió múltiples impactos de arma de fuego. ¡Lo están reanimando en la camilla! ¡Viene directo a quirófano! —le dijo el jefe encargado de las cirugías de urgencias.

—¡Perfecto, estoy preparada! —respondió Dalia.

La adrenalina se apoderó de ella. Estaba lista: su primera emergencia. Ya había culminado su inducción de siete días y tenía un trabajo oficial; había firmado su primer contrato como médica y precisamente quería enfrentarse a estos desafíos.

El paciente llegó a quirófano; de inmediato lo pasaron de la camilla a la mesa de cirugía.

El anestesiólogo lo entubó mientras ella lo lavaba con rapidez, desde el cuello hasta las piernas, con un jabón antiséptico con alcohol.

Realizarían una laparotomía exploratoria (abrir todo el abdomen).

Todos esperaban a los cirujanos: se estaban cambiando en el vestidor; se lavaron las manos rápidamente y estuvieron listos para entrar a iniciar el procedimiento.

—Dra. Ramírez, vamos vistiendo al paciente —le dijo la instrumentadora.

Una vez Dalia terminó de lavarlo, se volvió a lavar las manos. La instrumentadora le puso la ropa quirúrgica, esa de color verde que se ve en todas las fotos de internet, para entrar a cirugía.

—¡Llegaron! —dijo la auxiliar.

—Buenas tardes —dijo el Dr. Pedroza, mientras la instrumentadora Andrea lo vestía.

El doctor Esteban Pedroza ya era conocido para Dalia.

Lo conoció durante su internado: fue R mayor de Enrique.

Ahora era docente. Tras él ingresó al quirófano el doctor García: Enrique, su Enrique…

o su nada; al fin y al cabo, su relación no había pasado de unos besos y chats.

De igual manera, no quería verlo, pero sabía que trabajando ahí sería

inevitable encontrárselo y tendría que aprender a manejar la situación.

El doctor Enrique ingresó sin percatarse de la nueva ayudante, quien ya estaba vestida con ropa quirúrgica, tapabocas, gorro y gafas de protección.

Andrea, la instrumentadora, lo vistió: le puso los guantes y la bata.

Él se ubicó al lado izquierdo para asistir de inmediato a su profesor, antes R mayor y amigo, el Dr. Esteban Pedroza.

—Bisturí —dijo el profesor e inició una incisión supra e infraumbilical mediana en el abdomen, para poder abrir y llegar a la cavidad abdominal.

Había mucha sangre; la adrenalina de todos estaba al máximo.

Se exploraba el abdomen buscando la causa del sangrado activo, mientras Dalia ayudaba a succionar la sangre con el aspirador.

—Doctora, ayúdeme, separemos aquí —le dijo el Dr. Pedroza.

—Con gusto, doctor —respondió Dalia.

—Usted es nueva, ¿cierto, doctora? —dijo el Dr. Esteban.

—Sí, doctor Pedroza —respondió Dalia, mientras el doctor García ayudaba a separar los intestinos.

—Pero usted ya estuvo aquí, ¿no? ¿Cómo es que es su nombre?, no me acuerdo bien —preguntó el Dr. Pedroza.

—Dalia Ramírez —respondió.

—Ve, huevón, es tu amorcito, ¿no? —le dijo a Enrique, quien estaba desconectado ante tanta acción.

—¿Qué? —respondió Enrique.

—Tu amorcito volvió, García —concluyó Esteban, mientras se reía y ligaba un vaso principal para controlar el sangrado mayor.

Enrique alzó la cabeza y vio a Dalia. Tras el tapabocas y las gafas de protección reconoció sus ojos azules; no la había reconocido ni escuchado por el estrés del momento. No se había percatado de ella al ingresar a quirófano.

—Hola, Cata —dijo Enrique.

—Hola, doctor —respondió Dalia.

—Concentradito, hijo. No se me desconcentre por su amorcito, que esto es importante —dijo Esteban.

—Qué pena, profe —respondió Enrique.

La cirugía continuó sin más comentarios. Después de dos horas, habían ligado varios vasos y realizado una resección intestinal, mientras el personal de enfermería y anestesiología transfundía sangre y plasma. La cirugía fue un éxito: el paciente probablemente se salvaría.

Ya en la estación médica y de enfermería, Dalia preguntó:

—Doc, ¿le ayudo en algo de la formulación?

—No, tranquila, yo hago todo el papeleo —respondió Enrique. Luego agregó—: ¿Cuándo volviste, Cata?

—Hace quince días. Ayer terminé la inducción y hoy es mi primer día en el quirófano. Y… doctor, no se olvide que mi nombre es Dalia.

—Entiendo, Dalia Catalina. Bienvenida —dijo el Dr. García, entregándole la hoja de patología de la resección intestinal realizada.

Sus manos se rozaron. Se miraron.

Ella retiró su mano rápidamente; se escabulló del roce de las manos de Enrique, alzó la mano como si fuera fuego, tuvo esa sensación térmica como si le quemara, una alerta interna, de que algo le podía hacer daño.

Un instinto de preservación la obligó a apartarse de inmediato, como si hubiera tocado algo hirviendo.

—Gracias, doctor García.

—Dime Enrique.

—No. Doctor García —respondió Dalia.

—Pero, ¿qué te pasa?, ¿por qué estás brava? —dijo Enrique.

—Nada. No me pasa nada —respondió ella mientras se daba vuelta.

Enrique la tomó de la mano.

—Ven.

—¡No me toque! —respondió entre dientes. Casi rechinándolos. La rabia era evidente.

—Perdón —dijo Enrique.

Todo el personal médico y de enfermería observaba la escena sorprendida. La nueva doctora, en menos de una semana, ya tenía su primera discusión con un residente. Él, ruborizado, dio media vuelta y regresó al quirófano para llevar al paciente a la UCI.

Dalia, con una mezcla de rabia y tristeza, sentía que necesitaba escuchar de boca de Enrique una explicación convincente para su inexpli-

cable desaparición. Había demasiadas preguntas sin respuesta. Quería entender por qué había dejado de comunicarse sin previo aviso. Necesitaba un momento a solas con él, y sabía que, en el quirófano o en el hospital, lo encontraría en algún momento. Solo tenía que esperar.

Enrique, mientras recorría el pasillo que conducía a la unidad de cuidados intensivos, visiblemente afectado por la confrontación, también quería respuestas.

Dos noches después, en un turno de miércoles algo más movido de lo normal para una mitad de semana, mientras Enrique se cambiaba en el vestidor, sin camisa, Dalia pasó sin proponérselo. Él la llamó:

—Dra. Ramírez.

Ella se detuvo y acudió.

—¿Sí? —respondió al llegar, mirando con cautela por el borde de un

locker metálico hasta encontrarlo—. Ah, eres tú. Hola, Dr. García —dijo Dalia.

—Dime Enrique, Cata —respondió él, acercándose y arrinconándola contra la pared en el estrecho espacio entre los lockers .

—No quiero, Dr. García. Déjeme tranquila.

La tensión entre los dos era evidente. Se miraban a los labios; sus cuerpos, demasiado cerca, casi se rozaban, sus piernas casi se entrecruzaban, había un temblor compartido que ninguno podía ocultar, que ninguno podía evitar.

—Déjame ir —dijo Dalia. Pero solo lo decía, realmente ni hacía el intento de irse.

—No quiero. Si quieres, grita y pide ayuda —respondió él.

—Tan bobo.

—Lo ves, no te quieres ir de mí. Me necesitas… como yo a ti.

Le tomó el rostro y la besó. Ella le correspondió.

Se besaron apasionadamente, un beso intenso, contenido durante mucho tiempo.

Sus manos comenzaron a recorrerla con urgencia, fue bajando desde la espalda hasta las nalgas, las apretó y después las metió por dentro del pantalón para tocarlas directamente.

Sin dejar de besarse, avanzaron hasta el baño del vestidor y entraron a la ducha.

Él le bajó el pantalón de cirugía; ella hizo lo mismo, quedando completamente desnudo Enrique.

Dalia tomó su pene y le dio un masaje. Él la tomó de las piernas, la cargó y la penetró mientras Dalia lo mordía en el hombro para no hacer ruido.

El encuentro fue rápido, impulsivo, marcado más por la      necesidad que por la calma.

Afuera, el hospital seguía vivo; dentro, el tiempo parecía eterno.

—Dale rápido, nos van a pillar —susurró ella, agitada.

Él le hacía más duro; ella gemía:

—¡«Ah, ah»! —Él le tapaba la boca.

Los sonidos se ahogaban entre respiraciones contenidas.

De pronto, sonó el timbre de la recepción, anunciando que había un nuevo ingreso.

La realidad golpeó de nuevo.