Te Odio, Mi Doc CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

«Cata», como le decía Enrique, llegó a Londres, la capital de Reino Unido, con ganas de «comerse el mundo», como dicen popularmente.

Londres es una ciudad vibrante, rica en historia, con una mezcla fascinante entre lo antiguo y lo moderno, además de multicultural.

Cuenta con una amplia variedad de restaurantes, tiendas y lugares históricos; barrios como el chino, barrios islámicos y barrios judíos; una monarquía antiquísima y múltiples festivales que reflejan esta diversidad.

Todo era nuevo para Dalia; quería visitar cada lugar, recorrer los más recónditos rincones, ir a todos los parques, como Hyde Park, Regent’s Park y Greenwich Park, donde los londinenses pueden relajarse, tomar el sol cuando su clima —principalmente lluvioso— lo permite y disfrutar de la naturaleza en medio del bullicio urbano.

Desde que su hermana enviaba fotos al chat familiar, soñaba con ver el río Támesis en vivo desde el Puente de la Torre, conocido como «Tower Bridge», un puente icónico, levadizo doble, que cruza el río.

Su diseño combina estilos neogóticos y victorianos; cuenta con torres gemelas en ambos extremos que asemejan castillos medievales y una puerta de entrada a la ciudad.

Su capacidad de abrirse para permitir el paso de barcos altos lo hace aún más imponente; sus colores azul claro y blanco le dan un aspecto fresco y limpio, acompañado de detalles ornamentales como escudos de armas, faroles decorativos y laterales que semejan un puente colgante, lo que sin duda le da una elegancia sin igual.

Desde sus sendas peatonales laterales, conocidas como «Tower Bridge Exhibition», se puede cruzar y disfrutar de impresionantes vistas de la ciudad de Londres y del río; además, los visitantes pueden subir a las torres y acceder a miradores que ofrecen vistas panorámicas dignas de las mejores postales.

Su nueva vida en Londres inició. Era nuevamente estudiante; asistía al Wimbledon School of English, iba a conocer gente nueva.

Tenía compañeros coreanos, filipinos, africanos —principalmente de Guinea Ecuatorial, el único país hispanohablante de ese continente—, además de árabes de múltiples nacionalidades.

El horario era extenuante, pero, al finalizar, todas las tardes salía a conocer algún lugar histórico con sus compañeros.

Serían seis meses, o tal vez un año, de mucho estudio, pero esperaba salir con un nivel de inglés avanzado que le permitiera comunicarse adecuadamente y leer textos, artículos médicos y demás sin problemas.

Además, estar acompañada de gente nueva, conocer la ciudad y mantenerse ocupada le evitaría pensar; de esta manera, podría olvidar más fácilmente a su doctor.

A la distancia, Enrique avanzaba en sus estudios.

Pasaba a segundo año; ya no era un residente menor, podía delegar algunas funciones y tenía ligeramente más tiempo.

Su relación con Carolina iba viento en popa, aunque todos los días pensaba en Dalia, su «Catalina».

Le escribía, pero sus mensajes quedaban inconclusos: estaba bloqueado.

No solamente de WhatsApp; lo mismo ocurría en Instagram y Facebook.

En cualquier red social, estaba bloqueado.

Dalia no quería que supiera nada de ella, y Claudia, su amiga de internado —a quien de pronto Enrique podía acudir para buscar información —, ya trabajaba en una zona rural muy apartada, por lo que era imposible tener contacto alguno.

No tenía forma de enterarse dónde estaba.

Por el momento, no sabía nada de ella, y mucho menos que estaba tan, tan lejos.

Una noche, mientras compartía con sus compañeros en un rooftop de la ciudad llamado «Radio Rooftop», ubicado en 336–337 Strand, London WC2R 1HA, disfrutando de una vista panorámica espectacular, acompañada de sus nuevos amigos y al son de varios gin tonics, Dalia desbloqueó al «Dr. García» de su WhatsApp, tal como lo tenía agregado, y acto   se-

guido publicó una foto en su estado con su compañera coreana, Kim, con la clara intención de que él —Enrique— respondiera. No pasaron ni cinco minutos y, en efecto, llegó un mensaje de su Enrique:

Dr. García:

Espectacular foto.

¿Dónde estás, Cata? ¿Eso es Londres?

Dalia vio la notificación en su celular; el bombillo de notificación alumbraba amarillo.

Su corazón comenzó a latir con fuerza: una taquicardia sinusal, acompañada de un temblor en las extremidades y algo de sudoración.

Pero su orgullo no la iba a dejar responder de inmediato.

Esperaría al menos diez minutos; tampoco sería tan ingenua de responder enseguida.

Eso sí, apenas el reloj marcó el minuto 9 con 59 segundos, respondió de manera simple: era necesario que notara su fastidio.

Catalina Interna:

En Londres.

Dr. García:

¿Londres? ¡Wow! Excelente.

Londres debe ser espectacular;

me encantaría ir allá a realizar estudios, tal vez el fellow .

¿Y qué haces allá?

Hace cuatro meses no sé nada de ti.

Te he llamado y enviado mensajes, pero no respondías.

Catalina Interna:

Tal vez porque llevo ese tiempo acá.

Dr. García:

Sí, entiendo. ¿Y cómo estás? ¿Qué tal Londres?

Catalina Interna:

Yo bien. Esto es espectacular, un poco frío por la época.

Dr. García:

Y… ¿me has pensado? Yo no te he dejado de pensar.

Te extraño mucho, Cata. Ni despedirme de ti pude.

Catalina Interna:

No digas bobadas y mentiras, Enrique, no me engañes.

Además, era mejor así.

Dr. García :

Pero es verdad, Cata, y lo sabes. Tú lo sabes.

Pero bueno, cuéntame de ti. Háblame en inglés;

yo escucho, te quiero escuchar. Dime lo que quieras,

así sea para tratarme mal…

Dalia, con los tragos encima, inició una grabación de voz y se la envió.

Enrique le escribía a Dalia mientras veía televisión con su padre, una película de suspenso, como les gustaba a ambos.

La notificación del mensaje de audio llegó justo cuando su padre tomaba el control, pausaba la película y de un medio brinco se levantaba para ir al baño.

Enrique presionó el botón de play en el celular para reproducir el mensaje con el altavoz.

Catalina Interna:

…I really like you, I would like to kiss you now, but I hate you…

El papá de Enrique, el gran administrador y financista, el genio de la economía, un hombre de mundo, gerente de una multinacional, se detuvo antes de cruzar la puerta del baño, volteó a mirarlo con una sonrisa pícara y dijo:

—Hijo, ¿se acuerda que yo sí sé inglés? Ja, ja, ja.

Juntos rieron. Enrique se paró, apenado.

—Te dejo, viejo —como de cariño le decía.

—No, señor, por lo menos muéstreme a la chiquilla —respondió su padre, riendo.

—No, papá, deja la bobada.

—Bobada usted, déjeme ver o lo sapeo con su mamá.

—¿En serio, papi?

—Sí…

Así que, sin más remedio ni excusas, Enrique le mostró la foto de perfil que tenía Dalia en el celular, foto que podía ver recién, gracias al desbloqueo…

—Está linda la muchacha, ¿quién es?

—No, señor, no más chisme.

Y salió corriendo hacia su cuarto, escuchando el mensaje una y otra vez, en altavoz. Mientras una sonrisa se le dibujaba e iluminaba su rostro, digitaba una respuesta:

Dr. García:

Buen nivel, Cata.

Catalina Interna:

No me digas Cata. ¿Por qué me dices Cata? Lo odio.

Solo mis padres me llaman así, y lo detesto.

Dr. García:

Ja, ja, ja. Bueno, te voy a contar:

¿Sabes que mi nombre es Enrique Octavio?

Pues mi papá, que es un lector asiduo

y amante de la historia inglesa,

me bautizó así por Enrique VIII, el rey de Inglaterra.

Catalina Interna:

¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Además,

ese era el que mataba a las esposas, ¿no? ¿Me vas a matar?

Dr. García:

Ja, ja, ja. Creo que sí, algunas mató, como a dos.

Y sí, una de las que ejecutó se llamaba Catalina,

prima de su segunda esposa, Ana, a quien también ejecutó.

Ja, ja, ja. Pero no, ¿cómo se te ocurre?

Sería incapaz de hacerte daño.

Catalina Interna:

Sí, cómo no. Yo te creo…

—Seguido de un emoticón con los ojos mirando hacia arriba—.

Dr. García:

Es verdad, no sería capaz de hacerte daño.

Te digo “Cata” porque en la historia de Enrique VIII,

Catalina fue un nombre significativo;

así se llamaron varias de sus esposas.

Su nombre se repetía en su vida,

y tu nombre en mi vida ya quedó grabado.

Pase lo que pase, quedará grabado: eres mi Catalina.

Catalina Interna:

Mientras no me mates, todo está bien.

Dr. García:

Y, dime una cosa, ¿por qué te llamas tú Dalia?,

¿es por la película? ¿La Dalia Azul?

Catalina Interna:

No, es por el asesinato.

Dr. García:

¿Como así?, ¿cuál asesinato?

Catalina Interna:

ja, ja, ja, ahora el de la intriga es otro…

Desde ese momento siguieron escribiéndose a diario, compartiendo sus experiencias. Se escribían para reír, para chismosear, para animarse, para coquetear, para describir su instante, sus días, sus pensamientos ín-

timos; para enviarse una que otra foto de su día a día y, a veces, algunas un tanto más privadas y subidas de tono. Además, muchos memes: la risa los unía.

También se contaban sus planes futuros. Dalia había decidido estudiar cirugía, como él, y Enrique quería continuar sus estudios realizando cirugía hepatobiliar en el exterior, tal vez en el Reino Unido.

Cada mensaje era un vínculo que les permitía mantener la conexión inicial que habían forjado en el hospital y que la distancia interrumpió.

Al cabo de unas semanas, la relación comenzó a enfriarse sin razón.

Poco a poco —tal vez la distancia— empezó a pesar; Enrique dejó de responder con la rapidez de siempre.

Y, si acaso lo hacía, eran palabras sueltas, monosílabos: un «sí», un «no», o un simple «no sé».

Dalia estaba desconcertada por la repentina forma de ser y las constantes desapariciones.

Estaba llena de preguntas y preocupaciones, pero no sabía a quién acudir para obtener respuestas, para entender qué estaba pasando.

En el fondo sabía la causa: sabía que él —su Enrique— seguía en una relación.

—Tal vez lo habían descubierto.

—Le habían pillado su juego extranjero.

—Habían visto sus mensajes.

—Lo habían cacheado.

No lo sabía con certeza, pero poco a poco él desapareció. Sus mensajes eran cada vez más esporádicos, ocasionales, casi anecdóticos. Literalmente, se fue.

Se escabulló fantasmalmente.

Los sentimientos de Dalia comenzaron a transformarse: de la extrañeza a la confusión, y de la confusión a la rabia… hasta que terminó por enfurecer. Lo odió. Lo odió mucho. Dejó de escribirle, dejó de estar presente. Juró no volver a aparecer, no volver a verlo, no volver a nada. No quería nada.

Y acto seguido, cegada por la rabia, cargada de odio y con sed de venganza, con ánimo de hacerlo sufrir y con la urgencia de olvidar, tomó su celular, abrió WhatsApp y buscó un contacto: alguien que conocía, que sabía que moría por ella. Le escribió:

Alex interno:

Hola, Alex, escucha…

Y envió un mensaje de voz.

Era de madrugada, por la diferencia horaria. Alex, en su cama, medio dormido, escuchó la notificación. Se sobresaltó: eran las 4 a. m.

—¿Qué habrá pasado? —se preguntó.

Pero vio la notificación: el nombre «Dalita», como la tenía guardada en su celular. Se quitó las lagañas, tomó aire, se acomodó la almohada en la espalda, se incorporó un poco, medio se sentó y reprodujo el mensaje. En él, de fondo sonaba una canción de Carlos Vives; la letra decía:

Dalita:

…Cuando nos volvamos a encontrar....

Alex —también médico— la había cortejado mucho tiempo, sin éxito, en el internado.

Al terminar el mensaje, sonrió. Esta era su oportunidad. La oportunidad que había esperado durante tanto tiempo. No la iba a dejar pasar. Buscó rápidamente en Google la canción —no se la sabía completa—, encontró la siguiente parte, la copió, la pegó en el chat y respondió:

Alex interno:

… Cuando nos volvamos a encontrar

Ya no habrá tiempo para tristes despedidas …

¿Dónde lo hago? ¿Dónde te busco?

Dalita:

Ja, ja, ja, estoy en Londres,

—Seguido de un emoticón de un mono tapándose los ojos—.

Cuando vuelva a la capital nos veremos. Te lo prometo.

Ese mensaje fue el punto de partida de una nueva relación. Siguieron hablando a diario mientras ella terminaba su intercambio y, al regresar a su país, iniciarían una relación formal. Tan formal que, a los pocos meses, se irían a vivir juntos.

En él encontró un apoyo incondicional y la seguridad que necesitaba, sin mentiras ni temores.

Estaba disponible para ella siempre, y eso era suficiente, aunque el amor aún no fuera real ni tan grande en ese momento, y su corazón siguiera ocupado.

O peor aún: mal ocupado. Porque seguía perteneciendo a alguien a quien no quería amar… sino olvidar y odiar.

Mientras tanto, Enrique, en su ciudad natal, se había enfocado en su relación con Carolina sin desavenencias.

Sin discusiones. Sin grietas visibles. Como si nada hubiera pasado.

Carolina —la pediatra con la que había estado en una relación sólida desde antes de conocer a Dalia— seguía siendo la elección correcta.

La estable. La que su familia aprobaba. La que encajaba.

Se convenció de que eso era lo que debía hacer.

Avanzar. Olvidar. Cerrar esa historia. Aunque no sabía cómo.

Porque, a pesar del tiempo, a pesar de la distancia, a pesar del silencio… Había un nombre que seguía apareciendo, terco, inevitable, en los rincones más inesperados de su mente: Catalina.

Dos vidas siguieron su curso, dos decisiones aparentemente firmes.

Dos historias que parecían haber terminado.

Pero no todas las historias terminan cuando uno quiere, algunas solo aprenden a esconderse…

mientras afuera todo sigue avanzando como si nada.

Además, las familias esperaban con júbilo el día en que fijaran la fecha del matrimonio.