CAPÍTULO 3
El día treinta del mes llegó. Dalia finalizaba sus estudios y pronto debía regresar a su ciudad natal, dejando atrás su vida en el hospital donde había conocido a Enrique.
A pesar de que esa relación parecía iniciar, la distancia se interpondría inevitablemente, y ese amor que ambos necesitaban demostrarse con urgencia no podría culminar en ese momento de éxtasis al que cualquier pareja quisiera llegar.
La distancia y el olvido parecían ser la única opción en ese momento.
Dalia regresaría a la capital; era una mujer joven, soltera y decidida a tomar un nuevo rumbo para su vida.
El último día, como era tradición en la universidad, todos los internos realizaban una fiesta de despedida. A esta acudían todos: médicos hospitalarios, residentes de todas las especialidades y algunos profesores específicamente seleccionados por ser los más «chéveres», amenos y jóvenes.
Dalia quería estar ese último día con Enrique, pero no lo podía invitar directamente; por eso acudió a Claudia:
—Amiga, invita a los residentes de cirugía —insistió Dalia.
—¿A todos? ¿Incluidos Carlos y Enrique? —dijo ella.
—A Carlos no. Ese no se lo merece. A Enrique sí. Ya no me importa, ya limamos asperezas después del regaño aquel. Es una buena persona y dicen que baila muy bien. —Eso de que no le importaba sabía que era totalmente falso, pero también sabía que a Claudia Enrique no le era in-
diferente, y tal vez por eso lo invitaría sin dudar.
—Vale. Esta tarde tengo cirugía con ellos; en ese momento aprovecho y los invito.
Claudia, engañada, horas más tarde asistía de ayudante a Enrique y Esteban, un residente de cuarto año de cirugía y próximo a graduarse, juntos hacían una laparoscopia, una cirugía mínimamente invasiva en la que, por medio de unas incisiones muy pequeñas de menos de un cm y con un instrumental adecuado, se introduce un gas al abdomen para distenderlo (inflarlo), lo que permite mejorar la visión y, con la ayuda de una luz y de una cámara, operar al paciente sin necesidad de abrirlo completamente, como clásicamente se realizaba.
Claudia asistía cuadrando la videocámara, con lo cual se podía ver y magnificar la imagen en un monitor, mientras Enrique, guiado por Esteban, realizaba una apendicectomía; todo esto bajo la custodia de su docente, el doctor Guzmán; un «perro» de la vieja guardia, con escasos cabellos blancos, barriga cervecera, y cara de no matar una mosca, pero al cual le temían todos —médicos, residentes, estudiantes y personal de enfermería— porque cuando se enojaba se convertía en un león capaz de devorar a cualquiera.
Él, mientras sus pupilos realizaban la cirugía, jugaba sudoku en el celular, y aprovechando la distracción del docente, Claudia inició una conversación para preguntar, cuando ya casi terminaba el procedimiento quirúrgico:
—Dr. García, Dr. Pedroza (apellido de Esteban), ¿qué tienen hoy en la noche?
—¿Por qué lo pregunta, Dra. Millán? —respondió Esteban.
—Es que como hoy acabamos el internado y, como históricamente se hace, tenemos una fiesta en la noche y… pues… Quisiéramos invitarlos. ¿Pueden ir?
—¡Allá estaré! —respondió Esteban de inmediato.
Ya tenía vista y en mente a una interna con quien iba a pasar una noche de fábula; o la misma Claudia sería su víctima si le daba el brazo a torcer.
Esteban era un donjuán, un coqueto que ninguna mujer domaba.
Todos lo conocían como el mujeriego del grupo, y sabía que esa fiesta le permitiría conocer alguna chica con quien vacilar un rato.
—No sé vos, García… ¿vas? —preguntó.
—Lo intentaré —respondió Enrique.
Pero sabía que no iría. Tenía turno y; además, si Carolina se enteraba de que iba a esa fiesta, se le armaría un show de la Madonna que no olvidaría jamás.
Ya en la fiesta, mientras todos compartían, Dalia no hacía más que esperar y mirar la entrada.
Estaba pendiente de quiénes llegaban: compañeros, médicos, médicas, profesores.
Pero él, su Enrique, al que esperaba, no aparecía por ningún lado.
¿Reclamarle? No podía. Al fin y al cabo, no eran nada; si acaso amigos.
Pero tenía la esperanza de que apareciera.
El trago comenzó a rondar: cerveza, ginebra, tequila, whisky, vodka. De todo había. Si alguien llegaba, con él llegaba una botella del licor que fuera. Caro o barato, todo se aceptaba; era un momento de celebración.
Las horas pasaban y Enrique no aparecía. El trago ya hacía mella en la conciencia de Dalia. El mal genio se apoderaba de ella; la rabia y los celos la consumían poco a poco. Con el pasar de las horas, se preguntaba:
«¿Dónde estará?, ¿por qué no llega?, ¿no va a venir?, ¿estará con ella?», pensaba.
No tenía respuesta alguna, ni tampoco a quién preguntar.
De pronto, por la puerta hizo su aparición el Dr. Pedroza, como todo un donjuán: chaqueta negra, jean a la moda, zapatos de marca impecables color café, una camisa blanca manga corta que permitía admirar los tatuajes que ocultaba cuando usaba el uniforme de medicina.
Tatuajes que solo eran visibles cuando iba a cirugía.
Además, tenía el pelo rizado y negro, al que le ponía gomina, churo por churo para dejarlo siempre perfectamente peinado, contrastando en los lados con un rapado muy corto con un ligero estilo militar.
Claudia, que nunca lo había detallado, quedó impactada y de inmediato salió a recibirlo:
—¡Dalia!, acompáñame, mira quién llegó, es el R4, ¡y está buenísimo! —exclamó.
Dalia, al mirarlo, se ilusionó. Siguió a su compañera; su corazón latía a mil.
«¿Llegará con Enrique?, ¿estará parqueando el carro?, ¿ya va a aparecer?, ¿dónde está?, ¿por qué no lo veo?», pensaba.
Cuando se acercaron, Claudia iba saludar y preguntar sobre el viaje, pero Dalia se adelantó:
—¿Y Enrique?
—Dra. Ramírez, buenas noches. ¿Cómo está usted? Yo muy bien, muchas gracias por la bienvenida —respondió Esteban con una sonrisa irónica.
—Amiga, ¿qué te pasa? ¿A quién le importa Enrique? Siga, Dr. Pedroza, yo lo acompaño. ¿Quiere una cerveza?
—Dime Esteban, Claudia; estamos fuera del hospital. Y… Dra. Ramírez, el Dr. García se quedó en turno, por si no lo sabía.
—Qué pena, doctor —respondió Dalia.
Ahora entendía su ausencia. No sabía que Enrique tenía turno; él no se lo había dicho. Definitivamente no iba a venir. Bajó su mirada y retornó al salón para reunirse con sus compañeros.
Continuó bailando, consumiendo alcohol, viviendo un minidespecho que se apoderaba de ella.
Pero, a medida que pasaban los minutos, la rabia también crecía.
Después de unos tequilas tomó su celular y escribió un mensaje de casi diez renglones.
Al finalizar, a punto de darle al botón de enviar, tropezó; su celular cayó y, al levantarlo, se disparó una llamada al Dr. García.
Eran las 2 a. m. Enrique no tardó en contestar:
—¿Bueno? ¿Catalina? ¿Bueno?
Un pequeño silencio permaneció hasta que se escuchó:
—¡¿Por qué putas no estás aquí conmigo?! Enrique… — hip, hip . Su voz no podía ocultar los efectos del alcohol.
—¿Catalina?, ¿estás borracha? —respondió Enrique.
—¡No! Y no me has respondido… Enrique, ¿por qué no estás aquí?
—Tenía turno, no podía ir —respondió Enrique.
—Sí, ya sé, eso me lo dijo el Dr. Pedroza, pero no me dijiste. ¿Por qué no lo cambiaste? Hoy es casi mi último día aquí, ¡maldito! —le dijo ella.
—¡Cálmate! Estás borracha. Tú sabes que estoy en residencia; nadie me lo quiso cambiar porque todos iban para allá.
—Pero yo te quiero aquí. Yo te quería en mi último día junto a mí. Yo te quiero para… — hip, hip.
—Estás tomada, Cata, estás tomada; no sabes lo que dices. Yo tam-
bién quisiera estar allá, pero no pude. Además, sabes que no podía ir —concluyó Enrique.
—Sí, ya sé, por esa maldita. ¡Te odio!
—No digas eso. Yo te quiero y quería estar allá… —respondió Enrique.
—¡Cállate!, no digas mentiras. No me quieres; si fuera así, estarías aquí —y colgó.
Dalia estaba histérica. Con rabia tiró el celular al césped.
—¡Maldito! ¡Maldito! —decía, mientras comenzaba a llorar.
Desde lejos Claudia veía a su amiga: cómo manoteaba al aire y gritaba, cómo se sentó y empezó a llorar en el césped. De inmediato dejó de bailar con Esteban y fue corriendo a su búsqueda…
—Amiga, ¿qué te pasa?
—Que ese estúpido no va a venir. ¡Lo odio!, ¡lo odio! —respondió Dalia.
—¿De quién hablas? —dijo Claudia.
—Pues de Enrique, que no va a venir —respondió Dalia.
—¿Qué? ¿Cómo así que Enrique? ¿Qué tienes con Enrique? No me has contado nada sobre eso. ¿Cómo así que Enrique? Dalia, explícame ya.
—Yo lo quiero, amiga, yo lo quiero — hip, hip —. Yo lo quiero para mí, pero él tiene novia. —Claudia la abrazó y la acompañó a un cuarto. La sentó en una cama; Dalia se acostó y, de inmediato, por los efectos del alcohol, se quedó dormida.
Al siguiente día, la resaca la iba a matar.
Tenía una cefalea global que no mejoraba con nada, como la de una embarazada con preeclampsia.
También tenía la boca seca por un alto grado de deshidratación, un malestar general terrible y un celular con cuatro llamadas perdidas del «Dr. García».
Sabía que algo había pasado, pero no recordaba bien.
Tenía la sensación de que algo había hecho y no era nada bueno.
Trataba de recordar, pero no podía. No llegaba ninguna imagen.
Cerraba sus ojos y no tenía éxito. A pesar del mareo, trataba de incorporarse y, ya sentada al borde de la cama, sin ganas de levantarse porque el mundo seguía dando vueltas, Claudia la escuchó.
De inmediato subió hasta el cuarto y le dijo:
—Por fin te levantas, amiga. Necesito que me expliques varias cositas.
—Ay, ahora no, porfa —respondió Dalia.
—Equivocada estás, amiga; me vas a contar ahora mismo, ¡ya! ¿Qué tienes con Enrique? —dijo Claudia.
—¿Cómo así que con Enrique? Pues nada, ¿qué te pasa? —respondió Dalia.
—No, no, no. A mí no me engañas. Ayer, borracha, lo llamaste y después me dijiste que era un maldito, que lo querías y que lo odiabas también. ¿Qué pasó entre ustedes? Con razón querías que lo invitara. Me utilizaste —dijo Claudia.
—Amiga, creo que me enamoré. Soy una tonta —respondió Dalia.
—Pero tú sabías que él tenía novia… la pediatra, ¿no? —le dijo Claudia.
—Sí, lo sé, pero me gusta, y yo le gusto a él. Me lo dijo… o al menos me lo hizo sentir —respondió Dalia.
—¿Y qué tanto ha pasado? —preguntó Claudia.
—No, no mucho. Nada profundo. Solo unos besos… besos muy intensos, pero nada más. Salimos desde hace ocho días. ¿Y ahora qué hago? ¿Qué le digo? —le dijo Dalia.
—No sé, amiga, pero tienes que hablar con él. A las seis de la tarde tienes el vuelo para la capital. Ya tienes tiquetes. Es hoy en la tarde o nunca —concluyó Claudia.
Dalia llamó a Enrique una y otra vez, pero no respondía.
El teléfono siempre pasaba a buzón de mensajes.
Enrique había tenido un turno agotador. Había pasado la noche en vela y el cansancio finalmente lo venció.
Era fin de semana y no tenía que volver al hospital, así que al llegar a casa se dejó caer en la cama y durmió profundamente hasta pasadas las cinco de la tarde.
Cuando despertó, tomó el celular todavía medio aturdido.
Tenía varias llamadas perdidas de «Catalina Interna», como la tenía agregada en el contacto. Entre ellas, un único mensaje de texto.
Lo abrió de inmediato.
Catalina Interna:
Ya me voy. Perdóname por lo de ayer,
y gracias por todo. Te extrañaré.
El corazón de Enrique se encogió. Marcó su número de inmediato.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Pero la llamada siempre terminaba en el buzón de voz. Miró la pantalla en silencio.
«¿Estará en el aeropuerto? ¿Estará volando? ¿Lo apagó?», —pensó. No lo sabía. Solo respondió:
Dr. García:
Quiero hablar contigo, Cata.
No te vayas así, por favor.
El mensaje salió. Pero nunca recibió respuesta.
Dalia lo vio. Lo leyó. Y, tras unos segundos en silencio, vio de nuevo el mensaje y lo eliminó.
Después bloqueó al Dr. García en WhatsApp.
Respiró profundo, guardó el celular en su bolso y trató de convencerse de que aquello había terminado.
De que no había sido nada. De que solo había sido un error, de que podía olvidarlo.
Simplemente tenía que hacer eso: tratar de olvidar.
Al aterrizar en su ciudad, el contraste fue brutal.
En el aeropuerto la esperaban sus padres y su hermano menor.
Él sostenía un ramo de flores y un cartel que decía: « Felicitaciones, doctora Ramírez ».
Su madre lloraba de orgullo, su padre la abrazó con una fuerza que parecía querer recuperar todos los años de sacrificio.
Su hermano no dejaba de repetir que ahora tenía una médica en la familia.
Su familia tenía todo preparado para la gran celebración que se realizaría en un hotel de la ciudad.
Había música, había abrazos, había brindis, había felicidad y orgullo en la familia Ramírez Villegas.
todos contentos… menos ella. Ella vivía un duelo, tenía un pasado, una historia inconclusa, un pendiente que algún día tenía que definir.
Semanas después, cuando el ruido de la celebración familiar se apagó, decidió hacer un intercambio en Inglaterra.
Al fin y al cabo, su hermana vivía allá; así podía visitarla, mejorar su inglés y, al mismo tiempo, mirar la posibilidad de seguir sus estudios allí, conocer los hospitales de primer mundo, tal vez nuevas tecnologías.
Además, estando lejos —muy lejos de él, de Enrique— de quien aún no quería saber, y aunque realmente no habían vivido mucho, era mejor alejarse y ya.
Así lo olvidaría, aunque en el fondo sabía que se mentía.
En tan solo unos días, ese hombre había logrado quedarse a vivir en un lugar del que ella no sabía cómo expulsarlo.
Porque en el fondo de su corazón, Dalia sabía la verdad: algunas historias no terminan.
Solo quedan en pausa. Esperando el momento para volver a empezar.