Te Odio, Mi Doc CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Ya en el Volkswagen, después de tomar aire y calmarse un poco, con la adrenalina más controlada por ambos, Enrique preguntó:

—¿Dónde vive, Catalina? ¿Y qué música le gusta escuchar? Enrique no supo si fue casualidad, pero Dalia atinó a responder:

—Un rock en español. ¿Qué tal «Trátame suavemente», de Soda Stereo?

Enrique sintió que era un indirectazo por toda su historia previa de «maltrato», pero respondió:

—¡Es de mis preferidas! —Y cumplió su deseo, afirmando, además—: Me encanta Soda; es una banda mítica de rock, de las mejores, sino la mejor.

Dalia asintió con la cabeza y respondió:

—Vivo en el norte, por la calle 72, cerca al centro comercial. ¿Conoce?

—Sí, claro, no hay problema —respondió él.

Estaba un poco lejos del bar de siempre, pero esto le permitiría hablar con ella de manera más personal… o eso creía, porque realmente no hablaron mucho, casi nada, en el camino. Pero la tensión se sentía y Dalia no paraba de temblar.

—¿Sigue asustada, doctora? —preguntó Enrique.

—Sí, un poco —respondió ella.

Pero ya no estaba asustada. Sí temblaba, pero no de susto: temblaba por estar junto a él.

Sus manos sudaban, sus piernas eran placas tectónicas incontrolables, sus pies se movían impacientemente y sus mejillas sonrojadas, todo el tiempo, sin poder controlarse, la delataban.

Pero lo sucedido era la excusa perfecta para ocultarlo.

Cuando llegaron al frente del edificio donde Dalia vivía, ella agradeció y se despidió de inmediato:

—Gracias por traerme, doctor.

—Dime Enrique; el formalismo para el hospital únicamente, y eso…

—Gracias, Enrique, gracias por traerme —y le dio un beso en la mejilla.

Pero ese beso alcanzó a rozar el extremo izquierdo de su boca y de la de él.

Ambos sintieron esa humedad; se fueron separando despacio, muy despacio, mientras se miraban fijamente a los ojos, y después bajaban la mirada a sus labios.

Una sonrisa se regalaron al mismo tiempo, mientras se miraban nuevamente a los ojos y simplemente pasó: se acercaron nue-

vamente y todas las tensiones previas se hicieron realidad. Un beso apasionado inició; sus lenguas trataban de demostrar lo que ya sentían los dos. Fueron dos minutos que parecieron horas. Al terminar, nuevamente un pico los unió, pero Dalia interrumpió ese momento mágico prematuramente:

—Qué pena, doctor…

Se quitó de prisa el cinturón de seguridad, se bajó del carro mientras decía:

—Muchas gracias por traerme.

Enrique, aturdido, con el corazón a mil, sin entender por qué se bajó de esa manera, solo la siguió con la mirada.

La vio bajarse y subir las gradas del edificio para perderse tras la puerta con vidrios polarizados, con un guardia de seguridad que cerraba despacio la puerta, tratando de mirar quién había traído a la doctora y alzando la mano a forma de saludo y despido, al que Enrique respondió de igual manera.

Esa chispa inicial se convirtió en un incendio que ninguno de los dos pudo extinguir jamás.

Enrique se encontró más atraído de Dalia, a pesar de todos los obstáculos y la culpa que sentía hacia Carolina.

Dalia, a su vez, comenzó a admitir en su interior que algo especial estaba ocurriendo entre ellos y se empezaba a sentir perdidamente enamorada.

Cada día que pasaba, la atracción se volvía incontrolable.

La tensión en sus gestos, las miradas eternas…

una fuerza de la naturaleza que los arrastraba cada vez más hacia el abismo del amor prohibido.

Y los turnos se prestaban para ello. Las noches se convirtieron en sus aliadas, permitiendo seguir ese beso inicial del carro.

Se encontraban casualmente en el vestidor o en el cuarto de internos y los besos se hacían cada vez más placenteros.

Se abrazaban durante largos minutos y se besaban con tal pasión que cada día se avivaba más el fuego que apenas comenzaba.

Aunque por miedo a ser encontrados en algún momento, esos besos aún no concluían con una noche de pasión que se debían y necesitaban.

Además, el tiempo ya les jugaba en contra: Dalia se iría pronto, al terminar su internado.

Mientras la pasión ardía en sus corazones, Enrique luchaba internamente con el dilema de sus sentimientos.

Sabía que seguir adelante con esta historia de amor secreta sería un acto de traición hacia su pareja, pero la conexión que compartían era tan fuerte que le costaba resistirse.

La chispa prohibida que había surgido en su primer encuentro y en sus posteriores ratos de pasión intrahospitalarios había evolucionado en una llama que amenazaba con consumirlos por completo.

La línea entre la profesionalidad y la pasión se volvía cada vez más borrosa, y ambos se enfrentaban a un camino incierto, peligroso, que los llevaría a vivir múltiples momentos dolorosos en su búsqueda de vivir el amor verdadero.

Dalia ya no quería terminar el rote; no quería que pasaran los días ni volver a su ciudad.

Sus sentimientos, aunque los ocultaba, eran inevitables.

Su mirada hacia Enrique la delataba: por más que lo ocultara y tratara de hacerlo muy bien —pues ni sus compañeros de internado lo habían notado—, hasta ahora nadie se había percatado de que entre ellos pasaba algo.

O al menos eso creía. Pero Marcela —«Marce», como la conocían—, una jefe de enfermería que era como una madre para todos, de más o menos unos 50 años, bajita y gordita, pero siempre muy atenta, muy pulcra y muy bien puesta, usaba un uniforme blanco impecable con su cofia de enfermería sobre su cabeza perfectamente sujeta por dos ganchos que se unían a una cola en el pelo.

Ella ya conocía esas miradas; muchas generaciones de médicos y enfermeros había visto pasar en el hospital y sabía que probablemente esa historia no terminaría nada bien.

La jefe Marcela acostumbraba a ofrecer café a eso de media mañana. Ya todos conocían el llamado, simplemente decía:

—¡Doctores, hay café! ¿Alguien quiere?

Y todos acudían al llamado. Pero para su extrañeza, ese día solamente

Dalia asistió. Así que, sin buscarlo, encontró el momento exacto para hablar con la interna Ramírez. Ya en el cafetín, en medio del café y compartiendo unas galletas de soda —de esas baratas, pero que con el café van perfecto—, le aconsejó:

—Doctora Ramírez, le voy a decir algo muy importante: concéntrese en su trabajo y evite distracciones personales. Usted sabe que puede sufrir mucho y está muy joven para que vaya a sufrir así.

—¿A qué se refiere, jefecita? —respondió Dalia.

—Usted sabe a lo que me refiero —respondió Marcela.

Dalia no entendía cómo se había dado cuenta de que algo sucedía con Enrique, pero sentía que sabía que se gustaban. Ella solo le dijo:

—No pasa nada, jefe, tranquila; igual en pocos días me voy de la ciudad.

—Evite problemas, mi niña; no vaya a salir herida. Usted es muy linda —respondió la jefe—. Yo sé por qué se lo digo.

Tiempo después, ¡cómo le costaría a Dalia no haber escuchado ese consejo! Y cómo lo recordaría… Si hubiese escuchado y atendido ese comentario, probablemente su corazón nunca hubiese amado —ni odiado— a alguien como llegó a hacerlo.