CAPÍTULO 2
Desde el momento en que Enrique puso los ojos en Dalia en la sala de Urgencias y choque, antes del ya famoso regaño, sintió algo inexplicable en su interior.
Sus ojos vieron a una mujer espectacular y, con ella, un cielo.
Eran los ojos azules de Dalia: tenían un azul cristalino con unos puntos verdes y grises que le resaltaban aún más la mirada, y contrastaban con su piel blanca y varias pecas que se asomaban por en medio del uniforme de medicina.
Inexplicablemente sintió un déjà vu , como si en esta vida o en alguna otra se hubiesen conocido; sintió que ese encuentro ya lo había vivido.
Fue como si el tiempo se detuviera, como si fuera una película y la pusieran en cámara lenta.
—¿La conozco? —pensó.
Pero no, era la primera vez que la veía en su vida.
Sin embargo, era raro: para él era demasiado familiar; sentía que la conocía de toda la vida, como si fuera su amiga de años.
A pesar de estas sensaciones, su firme apariencia y la seriedad que lo caracterizaba se mantenían impolutas, lo que hacía mostrar solo su plena autoridad.
Pero su corazón latía con todas las fuerzas en su pecho, se quería «salir».
Era un sentimiento extraño que no había tenido previamente, solo escasamente similar cuando comenzó su relación con su novia actual.
Sin embargo, Enrique sabía que no podía permitirse mostrar el mínimo interés por ella, o al menos no de inmediato.
Tal vez por eso reaccionó de esa manera con un simple error en la historia clínica: fue el recurso para sacarlo de ese embrollo, la excusa, la manera rápida de escapar de ese sentimiento anómalo que a primera vista tenía.
Y así mismo fueron —y serían— sus reacciones posteriores en público: eran un tanto «agresivas» hacia ella, un tanto déspotas para algunos o muy groseras para otros.
Continuó sintiendo esto cada vez que la veía en el hospital: cada que se la encontraba en urgencias, en la sala, cuando se la cruzaba en los pasillos o compartían palabras durante sus rondas médicas e incluso hasta en revisiones de tema.
Algo en su interior se encendía al verla, una llama; su corazón inexplicablemente «vivía» y cabalgaba con más fuerza.
Y era amable, sí, muy amable, pero en privado, porque en público era todo lo contrario.
De esa manera, en los pasillos del hospital ya corría el runrún ; se decía:
—Desde esa historia clínica, el «Doc» no hace más que regañar a la interna Ramírez, es un grosero.
—Pobre mujer.
Enrique era un residente responsable y respetado, que nunca se había visto envuelto en un chisme hospitalario o universitario; pero tampoco había sentido una atracción tan intensa y rápida por alguien antes. No podía permitirse chismes de pasillo y mucho menos que se enterara Carolina.
A pesar de que su atracción por Dalia crecía cada día, Enrique estaba atrapado en un dilema. Tenía una relación sólida con Carolina, una pediatra dedicada, cariñosa y muy bonita, por la que varios compañeros suyos lo envidiaban y lo llamaban:
—Un tonto con suerte.
Tenía una relación estable y no podía permitirse el lujo de arruinarla. Sus padres y suegros solo esperaban que terminara la residencia y estaban seguros de que, una vez finalizada, se escucharían campanas de boda para la pareja.
Enrique sentía que debía ocultar sus emociones, y la única forma que encontró para hacerlo fue manteniendo una distancia profesional aparente con Dalia. Pero, poco a poco, ese gusto por ella lo obligaba a acercarse más y más; inevitablemente, esa atracción se convertía en un imán
para él, un centro magnético que lo obligaba a ir a su interior, a su centro.
Dalia, por su parte, estaba confundida por la dualidad en el comportamiento del Dr. García hacia ella.
Recordaba el regaño en la revista médica como un momento de humillación imperdonable, pero las interacciones posteriores con él —su amabilidad, su forma de ser, su inteligencia y cómo le hablaba— generaban en ella una confianza extrema, una extraña familiaridad.
Además, sentía una tensión que no podía pasar por alto: la mirada intensa del doctor, esa mirada profunda como quien intenta no solo ver sus ojos, sino más allá; conocer qué piensa, escudriñar su mente, filtrarse entre sus pensamientos más profundos, en su inconsciente.
Esa mirada que concluía siempre con una fijación en sus labios, como si de leerlos se tratase, como si de morderlos quisiera, como cuando un lobo mira fijamente a su presa.
Su presencia imponente a menudo la dejaba sin palabras, pero, al mismo tiempo, en público existía un regaño, una voz fuerte, un grito, una alzada de cejas, una queja, un comentario que le hacía odiarlo y confundirse aún más.
Con el pasar de los días, Dalia se levantaba y extrañamente pensaba en él; tenía ganas de verlo, de encontrarlo en algún pasillo.
Lo veía en todas partes, y ahora no solo contaba los días por querer terminar su internado y su carrera, sino que, además, inconscientemente contaba las horas por las ganas de ir al hospital y ver al doctor García.
Simplemente eso: verlo.
Claudia, su amiga, una mujer alta, un tanto larguirucha, con rasgos «afros» muy delicados, también llamaba la atención en el hospital y mucho entre los demás médicos, aunque para Enrique pasaba desapercibida.
Un día, en medio de un almuerzo —de esos manjares de las cafeterías de los hospitales: una carne asada algo insípida, papas fritas blanditas y tibias, una ensalada que de fresca solo tenía la sal, y un poco de arroz mazacotudo—, que más que un almuerzo parecía una cena de una escuela militar o, a lo sumo, de una cárcel; ya casi terminado su suculento plato, le dijo a Dalia:
—¡Ya para, ya!
—Huich, amiga, ¿qué pasa? —respondió Dalia.
—Pues llevas medio almuerzo hablando del doctor García. No pues que lo odias, que no lo soportas... ¡más bien parece que te gusta!
—¿De qué hablas? —respondió Dalia—. ¿Cómo dices eso? ¿No ves que me trata mal todo el tiempo? Y, además, es el novio de la doctora Carolina, la pediatra.
—Pues entonces cambia de tema; ya aburres, amiga —respondió Claudia.
Para Dalia no pasó desapercibido ese «regaño» de su amiga, empezó a interrogarse:
¿Qué me pasa?
¿Será que me gusta?
Pero si todo el tiempo me trata mal…
¡Ay, no, no me puede estar pasando esto!
Pero sí, sí estaba pasando. Y no podía dejar de pensar en él: en el doctor García, en Enrique.
Un hombre blanco, de estatura promedio, con una complexión atlética, espalda ancha y unas piernas que evidenciaban que practicaba algún deporte: ¿fútbol, rugby, fútbol americano?
Aún no lo sabía. Además, su cabello oscuro, lacio, y una barba poblada pero bien cuidada que acentuaba su apariencia madura, lo hacían irresistible para ella.
Sus ojos, de un café intenso con un matiz color miel que a veces se tornaba más claro bajo la luz del sol o cuando estaba emocionado, la tenían hipnotizada, aunque estuvieran ocultos tras sus anteojos…
que le daban un toque más de seriedad y misterio que a Dalia le encantaba.
Junto con su sonrisa —una de las características más distintivas—, que iluminaba su rostro cuando se dejaba llevar por la felicidad o emociones.
A medida que compartían conversaciones sobre casos médicos y experiencias personales, comenzaron a conocerse más allá de sus roles profesionales.
Enrique, a pesar de sus esfuerzos por mantener una actitud distante, no podía evitar mostrar su verdadera personalidad.
Era un hombre apasionado, inteligente y comprensivo, y Dalia sentía que estaba muy interesado en ella.
Y, a pesar de esos tratos raros en público, se sentía atraída por su carisma, su inteligencia, su prosa académica, la profundidad de sus conversaciones, su amabilidad y caballerosidad en privado.
Un día 22 en el calendario, a Dalia le faltaban ocho días para terminar su internado.
A la salida del hospital, por estar mirando su celular, no sintió ni vio la venida de un carro.
Al mismo tiempo, Enrique, en su escarabajo heredado de su padre —un Volkswagen modelo 72, color rojo escarlata, en perfectas condiciones—, charlaba por celular con su mejor amigo Matías, un residente de medicina interna, con quien cuadraba una salida a tomar cerveza en la noche, al bar de siempre: Un lugar ameno, barato, con temática deportiva, mesas de billar y donde, además, les fiaban (dato muy importante para estudiantes universitarios).
Era viernes, y ese fin de semana estaban libres, sin turnos, así que sería una noche larga de mucho alcohol para olvidar un poco la medicina.
Enrique tampoco vio el cruce inesperado de Dalia, quien no hizo el pare obligatorio en la esquina del parqueadero del hospital.
De repente, al verla, frenó a fondo de manera estrepitosa.
Las llantas del escarabajo rechinaron, su celular voló hacia la parte de atrás del carro mientras su cara y su pecho se iban hacia adelante, siendo detenidos bruscamente por el timón.
Dalia, al voltear y ver el carro muy cerca, prácticamente encima de ella, simplemente se tapó los ojos.
No fue ni capaz de gritar; solo cerró los ojos y esperó lo que pensó que prácticamente era inevitable: una colisión.
Por fortuna, el carro alcanzó a frenar y no la arrolló.
Inmediatamente, Enrique, asustado, bajó del carro y asistió a Dalia, preguntándole:
—¿Doctora, está bien?, ¿le pasó algo?
—No, doctor, nada, estoy bien —respondió Dalia—. ¡Solo fue el susto! Un gran susto —exclamó, mientras sus manos temblaban.
—¿Para dónde va? —preguntó Enrique.
—Voy a casa —respondió ella.
—Permítame que yo la lleve, Catalina.
Dalia lo dudó, y lo dudó mucho. Estaba un poco aturdida por lo ocurrido y por la propuesta también. Por un instante, en su mente se negó, pero finalmente aceptó y subió al carro.