Te Odio, Mi Doc
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CAPÍTULO 1
—¡No sabes cómo te odio! —gritó Dalia.
Siete años atrás, en el corazón bullicioso del hospital universitario más famoso de la ciudad, Dalia experimentaba la vida agitada de una médica interna en su última rotación de cirugía.
La felicidad era absoluta; contaba los días.
En un mes terminaba su internado rotatorio y se graduaría como médica general.
Su familia estaba feliz: sus padres ya tenían alquilado el mejor salón en un hotel cinco estrellas de su ciudad, la capital.
Su madre, sin escatimar en gastos, había mandado a hacer un vestido de gala para ese día especial con los colores de temporada (morado y verde) en una casa de alta costura muy reconocida, donde la farándula local acudía siempre y cuya dueña exponía sus prendas en las mejores pasarelas del mundo.
Su hermana, quien vivía en Inglaterra, tenía comprados los pasajes para la fecha de grado.
Y su hermano pequeño redactaba una carta llena de mensajes de amor y corazones para su hermana, a quien admiraba y consideraba su heroína.
Dalia no lo sabía, pero su familia ya tenía preparado un «fiestón» en su honor que dejaría huella.
Y no era para menos: «Catica», como sus padres le decían y ella odiaba, se graduaba y era la primera médica de la familia.
Mientras tanto, a unos kilómetros de distancia, Dalia demostraba una pasión por la medicina incuestionable y siempre se esforzaba por aprender y dar lo mejor de sí misma; sin embargo, como cualquier médico en formación, a menudo se enfrentaba a situaciones desafiantes y errores de aprendizaje propios de alguien en entrenamiento.
Aquel día, el hospital estaba con sobrecupo; los pasillos estaban llenos de camillas ocupadas junto a cada pared y ya eran insuficientes para la cantidad de pacientes.
Se podían encontrar personas canalizadas descansando en sillas de plástico, recibiendo solución salina vía venosa, y algunas hasta en el suelo esperando atención.
La sala de urgencias y observación estaba llena de médicos internos —jóvenes como ella—, hospitalarios (médicos ya graduados que trabajan como filtro para las especialidades y ven a los pacientes básicos o con patologías menores) y residentes (médicos estudiando una especialidad), todos concentrados en sus múltiples tareas.
Dalia, junto con su amiga Claudia y tres compañeros más de internado, trabajaba haciendo los diferentes ingresos a la unidad de choque, área donde ingresan de urgencia los pacientes más delicados, con compromiso hemodinámico, que requieren atención inmediata y prioritaria.
Ella realizaba la historia clínica de un paciente crítico con una infección pulmonar muy grave, pero sin un origen claro: podría ser una infección viral, bacteriana o mixta.
Era un trabajo que requería precisión y atención minuciosa a los detalles; al fin y al cabo, era un documento médico-legal.
Todos estaban bajo presión; debían trabajar en equipo para terminar rá-
pidamente y presentar el caso completo en la revista médica que estaba a punto de comenzar.
Claudia, sin darse cuenta, cometió un error en el registro de los signos vitales del paciente, y Dalia lo pasó por alto sin querer y continuó con su trabajo colaborando en otros aspectos de la historia clínica.
Al terminar su parte, Claudia preguntó:
—¿Amiga, vamos a desayunar?
—¡Seguí vos! —respondió Dalia—. Yo aún tengo algo por terminar; te alcanzo apenas acabe. Entrego esta historia y nos vemos en la cafetería, ¿te parece?
—Vale, amiga, te espero allá y te voy pidiendo unos huevos fritos y un café, como siempre —dijo Claudia.
—Sí, por favor, gracias.
Las historias clínicas debían ser revisadas antes de presentarse en la revista médica.
La responsabilidad de la revisión recaía en los médicos asistenciales y los residentes, quienes las presentaban de manera formal a los especialistas de turno.
Uno de ellos era Enrique García, un residente de primer año, destacado y consentido por los profesores en el departamento de cirugía del hospital.
Enrique, en ese momento, era el encargado del servicio de urgencias y tenía bajo su custodia a internos y estudiantes.
Cuando Dalia y Claudia regresaron del desayuno, presentaron la historia clínica al doctor García, quien revisó detalle por detalle del informe mientras ellas hablaban.
La expresión en su rostro se tornó seria, el ceño fruncido y la ceja derecha en alto, arqueada al notar unos errores en el registro de los signos vitales.
Enrique, con voz autoritaria, llamó a Dalia para que se acercara:
—Doctora interna Ramírez, pase al frente.
—¡Con gusto, doctor! —exclamó Dalia. Ramírez era su apellido.
Mientras daba un paso adelante se sentía orgullosa porque sabía que la historia tenía todo, hasta el tratamiento y la formulación.
Una vez delante de todos los residentes y médicos presentes, justo frente al doctor Enrique García —nombre bordado en letras rojas que se podía leer en su bata blanca, recién lavada y perfectamente planchada, justo encima del bolsillo situado en la parte izquierda del pecho—, él, en tono efusivo,
preguntó:
—Doctora interna, ¿usted cree que es importante registrar la tensión arterial y la frecuencia respiratoria a un paciente que está en emergencia, choqueado, séptico, infectado o… simplemente para usted eso es irrelevante?
Dalia sintió que su corazón latía con fuerza mientras las palabras del doctor García resonaban en la sala, humillándola públicamente.
El rubor en sus mejillas delataba sus sentimientos —entre rabia y llanto—; sus ojos estaban aguados y a punto de brotar lágrimas.
Ella respiraba profundo y, mentalmente, se repetía:
«Uno, dos, tres… respira. Uno, dos, tres… respira…».
Se contenía con algo de éxito, mientras sus compañeros la miraban con una sonrisa nerviosa, más que de nervios, de susto. A esto añadió Enrique:
—Pues, si en los signos vitales ya hay errores, ni me quiero imaginar lo demás. No voy a seguir leyendo esto: es basura. Doctora, se queda y me repite nuevamente esta historia, ¡pero ya mismo!
La indignación y la rabia se avivaron dentro de Dalia; sabía que el error no era suyo, y en un arranque de ira señaló a Claudia como la responsable.
—Claudia, fuiste tú, ¡esa era tu parte! —exclamó Dalia.
Pero antes de que pudiera defenderse, el doctor García la interrumpió y le ordenó, sin piedad:
—¿Qué le pasa, doctora? Asuma su responsabilidad; no esté tirando la culpa a otra persona por sus errores.
Dalia simplemente respondió:
—Sí, doctor. Disculpe.
Acto seguido, el doctor García, ya con los ánimos más calmados y luego de realizar una pausa, le indicó que se sentara junto a él y repitiera la historia clínica desde el principio bajo su supervisión directa, para de esta manera evitar fallos que sus superiores podrían reclamarle.
Este primer encuentro con Enrique dejó cicatrices emocionales profundas y sentó las bases para una relación que se tejería con complicacio-
nes, amores, odios, secretos y emociones encontradas a lo largo del tiempo.
Mientras lidiaba con la humillación y la presión de tener que repetir el trabajo, Dalia tuvo que soportar un golpe adicional a su autoestima.
Su primer novio, Carlos Torres, quien también era residente (de tercer año) y jefe de Enrique, se enteró del altercado y no iba a dejar pasar la oportunidad de hacerle sentir su poder de mando, su jerarquía como residente mayor y, aprovechando la situación, con voz fuerte le dijo:
—Doctora Ramírez, doctora Ramírez, doctora Dalia Ramírez —Mientras se acercaba frotaba las manos como un villano en una película de acción—.
Como para usted una historia clínica es una «bobada» —con un tono burlesco—, además de repetir esa historia, como lo está haciendo ahora, ¿qué le parece si hace un turno de noche pasado mañana?
¡Es una bobadita adicional! Un pequeño castigo para que aprenda a ser responsable.
Hasta Enrique quedó aterrado del castigo interpuesto por su residente mayor. Lo que él no sabía era el pasado de Dalia con su compañero; tiempo después se enteraría, pero ya sería muy tarde.
Así fue como le asignaron un turno de castigo, aumentando aún más la carga de trabajo y la tensión sobre ella.
El regaño doble, la vergüenza pública y el sentimiento de injusticia hicieron que la rabia de Dalia hacia el doctor García creciera exponencialmente.
No sabía por qué él había señalado su error con tanto ímpetu, dejándola frustrada y; además, no podía evitar sentirse atrapada en una red de situaciones desafortunadas que parecían conspirar en su contra, faltando tan solo un mes —¡un mes!
—, para terminar su internado rotatorio y graduarse.
Dos días después, Dalia relevó en la entrega de turno a su compañero de internado a las 6:30 p.
m., y ya lista para realizar el castigo de su exnovio, eso sí, muy aburrida por tener que hacer un turno adicional, se dio cuenta de que sus males no terminaban ahí: para sorpresa suya, ese día el residente encargado de su primer turno a modo de castigo en toda su vida, era nada más y nada menos que el doctor García.
—¡No puedo ser tan de malas! —pensó Dalia, e inmediatamente tomó su celular y le escribió a Claudia, su amiga y compañera de internado:
Dalia:
Amiga…
Claudia:
¿Qué pasó?
Dalia:
No puede ser. Me toca turno con ese residente.
Claudia:
Dime que no es el que estoy pensando.
Dalia:
Sí. Ese Dr. García.
Claudia:
Ay, no, grave, amiga…
—Seguido de un emoticón de un mono tapándose los ojos—.
¿Otra vez contigo? Ojalá no te la monte hoy.
Dalia:
Eso espero…
De verdad que eso espero.
Claudia:
Respira. Tú haz lo tuyo y ya.
Buen turno, amiga.
Y cualquier cosa me escribes.
—Junto a un emoticón de dos manos unidas,
como pidiéndole a Dios—.
Ya entrada la noche y en un momento de calma entre tantas cirugías de urgencia y revisión de pacientes, el doctor García se acercó a Dalia:
—¿Doctora…? —como si no recordara su apellido.
—¡Ramírez! Doctor García, Dalia Ramírez —respondió.
—¡Eso! —exclamó Enrique—. Hablemos un poco. Cuénteme, ¿cómo le ha ido este año? Entiendo, por su acento, que no es de esta ciudad… ¿o me equivoco?
—En efecto, doctor. Soy de la capital —respondió Dalia.
—Ya veo. Hermosa ciudad, un poco caótica para mi gusto; el tráfico es bastante terrible, se maneja mucho estrés, pero es realmente hermosa y tiene demasiados lugares para conocer. Eso sí, es excesivamente cara: se necesita dinero, y mucho, para poder disfrutar —respondió Enrique.
—Es verdad, pero si conoce los lugares, como yo, no le saldría tan caro, ja, ja, ja…
Esta vez la conversación era menos tensa; Enrique se mostraba más comprensivo y mucho más amigable que en su primer encuentro.
—¿Se toma un café? —preguntó Enrique.
—Sí, gracias, doctor García —respondió Dalia.
—Acompáñeme a la máquina de café y vamos charlando; a esta hora un café salva la vida —afirmó él.
—Sí, doctor, no hay nada como un buen café bien cargado. Una buena dosis de cafeína sirve para una larga noche siempre —respondió ella—. Doctor García, ¿puedo decirle algo?
—Sí, claro. Cuénteme, doctora Ramírez.
—Es que quiero disculparme con usted. Perdone mi error en esa historia clínica; pero realmente no fue culpa mía. Por eso no me di cuenta del error y, para colmo de males, me castigaron injustamente —dijo Dalia.
—¡Tal vez! —respondió Enrique—. «Pero a lo hecho, pecho». Le tocó igual hacer el turno… y para colmo conmigo —añadió entre risas mientras introducía en la máquina de café las dos monedas que costaba su capuchino favorito.
Al terminar la máquina la preparación del segundo capuchino y entregárselo en las manos a Dalia, ocurrió un pequeño roce entre sus manos, lo que produjo en los dos un corrientazo; la piel de gallina se les puso al unísono y, con algo de destreza y malabarismo, ambos intentaban —aunque Dalia con éxito— evitar que el café cayera sobre sus manos o su cuerpo.
—Estuvo cerca, ¡pero ya lo tengo! —exclamó Dalia.
—Qué pena. Por torpe casi la quemó —le dijo Enrique—. Discúlpeme.
—Tranquilo, doctor, no pasó nada.
—Qué bueno, doctora —respondió él.
Continuó preguntando más cosas, interrogándola con mayor interés —de hecho, mucho interés— mientras retornaban al servicio recorriendo el largo pasillo del hospital que, en horas nocturnas, parecía sacado de una película de terror: como un túnel con una luz al final del camino…
—¿Su nombre completo cómo es? ¿O simplemente se llama Dalia Ramírez?
—No, señor. Me llamo Dalia Catalina Ramírez Villegas, pero no me gusta el nombre Catalina… «Lo odio». Solo mis papás me llaman así —le dijo mientras sonreía e hizo un puchero.
—Ja, ja, ja. Típico en mujeres —respondió Enrique—. Siempre hay un nombre que no les gusta; pero, si usted me lo permite, la llamaré Catalina.
—¿Pero por qué? ¡Si no me gusta! Se lo acabo de decir —respondió Dalia.
—Ja, ja, ja… pero a mí sí. Y claro, tiene una explicación; obviamente, un día se lo explicaré, pero hoy no es el momento. Quiero dejarla con la intriga un rato —puntualizó Enrique.
—Qué malo —dijo ella.
Mientras terminaban de recorrer el pasillo e ingresaban al quirófano, siguieron conversando un rato más, conociéndose un poco mejor, para después separarse y continuar con sus labores de la guardia.
Enrique parecía más abierto a escuchar, lo que llamó poderosamente la atención de Dalia.
«¿Por qué este cambio de actitud conmigo? ¿Por qué parecía tan interesado? Ya no parece tan mala gente… de hecho, me ha caído en gracia», pensó. Realmente estaba muy confundida.