Te Odio, Mi Doc epílogo
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epílogo

Después de su emocionante reencuentro en el bar, su amor se reavivó.

Esa vez estaban dispuestos a enfrentar el futuro juntos, sin secretos ni barreras.

A medida que su relación crecía y se fortalecía, Dalia y Enrique tomaron una decisión: vivir juntos.

No querían casarse; querían amarse sin contratos, sin ataduras formales, desde la elección diaria de estar el uno con el otro.

Alquilaron un departamento en un último piso, con un balcón amplio y una vista abierta a toda la ciudad.

Lo amoblaron a su gusto, con detalles que hablaban de ambos, de sus historias y de todo lo que aún querían construir.

Soñaban con lo que antes no se habían permitido: viajes, proyectos, una vida compartida.

Por fin podían ser felices.

Cerraban, poco a poco, el capítulo doloroso de sus relaciones pasadas, ese que, por temor, nunca les permitió darse una oportunidad.

Ambos cargaban con una pena que les habían repetido hasta el cansancio: que no podían tener hijos.

Lo habían escuchado, lo habían sentido, se los habían repetido; incluso lo habían sufrido como una forma de herida, pero ahora, lejos de esas voces, entendían que su historia no tenía por qué definirse por eso.

Se tenían el uno al otro. Y eso bastaba.

Querían disfrutar. Tal vez, más adelante llegarían mascotas —compradas o adoptadas—, gatos o perros. Pero por ahora deseaban algo más simple: vivir libres de tensiones. Eran una pareja joven; podían descubrir el mundo juntos, disfrutar de ese amor que, contra todo, había sobrevi-

vido. Y para ello trabajaban ambos muy duro.

Su primer viaje como pareja lo realizaron a Egipto.

Inglaterra nunca sería una opción: para ambos se había convertido en un sinónimo de distancia, de ausencia, de separación.

Egipto, en cambio, representaba todo lo contrario: un sueño compartido, una historia por descubrir juntos.

Les fascinaba todo de esa cultura; les apasionaba conocer las pirámides, el Valle de los Muertos, Luxor, recorrer el Nilo, montar a camello…

querían vivir una experiencia única, casi de otro tiempo, de su tiempo.

Al llegar, se alojaron en el hotel Pyramid Edge, en una suite privilegiada con vista imponente a las pirámides (Keops, Kefrén y Micerino).

El día los recibió con un sol radiante, precioso y un cielo azul perfecto, de película, como si el paisaje hubiera sido preparado para ellos.

Mientras se alistaban para iniciar un tour que habían reservado con antelación, Dalia quería estar espectacular para Enrique ese día.

Quería estar hermosa para él. Había agendado un turno para la peluquería del hotel: quería arreglarse el cabello, las uñas y los pies…

sentirse perfecta. Eligió un vestido que habían comprado juntos antes del viaje.

Era negro, elegante y sencillo. A él le encantaba.

Enrique aún no se había arreglado; tenía los efectos del jet lag , una pereza monumental y la sensación de estar en un posturno, como después de una guardia terrible en la que había pasado la noche en vela. Apenas habían aterrizado ocho horas atrás en El Cairo y tenía ganas de

descansar un poco más. Y, ante la segura demora que le llevaría esperarlo, Dalia le dijo:

—Mientras te bañas y te arreglas, voy a ir a la peluquería del hotel. Te dejo tu ropa lista, ¡no te demores!

—Gracias, amor —respondió Enrique.

Al salir del baño, la ropa estaba lista, como ella se lo había prometido. Reposaba justo sobre la cama. Frente a él, a través de la ventana abierta de par en par, se desplegaba el paisaje egipcio, con las tres pirámides de fondo, silenciosas, como testigos de lo que estaba por suceder.

Junto a la ropa encontró una cajita pequeña de color café; parecía de

una torta. Tenía un moño azul hecho a la perfección y un mensaje breve: «Para ti».

Enrique sonrió.

—¿Celebramos algo? —pensó.

Pero no recordaba ninguna fecha especial. Aunque, en realidad, ¿hacía falta? Estaban juntos, de viaje, de vacaciones, en paz, disfrutando su amor… ¿Qué más celebración que esa?

Desató el moño con cuidado, como un niño en Navidad abriendo un regalo, el que Santa le había traído en el trineo. Lo abrió y, dentro encontró una nota… y, debajo, algo que no logró reconocer de inmediato ni identificar a simple vista.

La nota, escrita con letra cursiva, delicada, a mano alzada por su «Cata», decía: