Te declaro culpable CAPÍTULO IX #3
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CAPÍTULO IX #3

Mark se vuelve hacia el ventanal y observa la lluvia durante unos minutos.

—Qué pena que mi hija pequeña no esté aquí, devora los huevos con bacon… igual que su padre. Sobre todo si vienen acompañados de un café bien largo.

David, que ha escuchado el comentario desde su asiento, tiene una oportunidad de hablar con alguien sobre el tema en el aire de los hijos.

—Mi hija lleva quince años sin querer saber nada de mí —interviene—. Antes se quedaba conmigo los fines de semana, pero ahora… bueno las cosas han cambiado y todo el mundo se empeña en recordármelo...

Mark gira lentamente la cabeza hacia él. Su expresión deja claro que no ha entendido del todo su comentario.

David percibe la incomodidad y trata de corregirse.

—Lo siento… No quería incomodarle. ¿Qué hace por aquí con esta tormenta?

—El coche se me paró unos kilómetros más atrás.

Es una joya antigua que no ha soportado demasiado bien la lluvia.

Mi exmujer lleva años diciéndome que cambie de coche, pero soy un cabezota, ya me entiende, me gusta demasiado y yo…

bueno, soy así de cabezón... a veces me gustaría que siguiéramos juntos, a pesar de estar separados hace mucho tiempo siempre he pensado que nos queda algo...

una llama, siempre la he querido, ella siempre tiene razón.

Ah, disculpe a veces me pierdo en mis lagunas emocionales, Ya avisé a la grúa, aunque con este tiempo no tengo demasiadas esperanzas de que aparezca pronto.

David mira hacia el exterior.

—No, para nada, no se disculpe, está bien. Puedo echarle un vistazo, si quiere.

—Le agradezco la oferta, pero ese coche no tiene salvación esta noche.

David duda unos segundos de no poder arreglar su vehículo, entiende mucho de coches.

—La tormenta podría durar horas, señor Blake. Puedo llevarlo hasta su casa y mañana llama tranquilamente a la grúa. Así podrá volver antes con su mujer y su hija.

Mark lo observa con determinación, y luego sonríe.

—Muy noble por su parte, emm…

—David. Me llamo David.

—Gracias, David. Acepto su ofrecimiento.

Después de cenar, David insiste en pagar ambas comidas. Mark se lo agradece y los dos abandonan la cafetería mientras la tormenta continúa descargando sobre el aparcamiento.

Y a en la carretera, pasan varios minutos sin hablar. El limpiaparabrisas trabaja sin descanso mientras el agua empapa el parabrisas desde todas direcciones, y los faros iluminan únicamente unos pocos metros de una carretera prácticamente desierta.

—¿Falta mucho para llegar? —pregunta Mark con tranquilidad.

David mantiene ambas manos sobre el volante.

—Unos cuantos kilómetros. Esta carretera es larga… y bastante solitaria.

—Sí —responde Mark, observando el paisaje oscuro a través de la ventanilla—. Eso parece...

Después se acomoda en el asiento y saca lentamente su cartera.

—Oiga, quiero agradecerle el favor. No tenía ninguna obligación de ayudarme. Permítame pagarle algo. ¿Qué tal doscientos dólares? ¿Trescientos? Vamos, que diablos, le doy quinientos.

David deja escapar una pequeña risa negando con la mano.

—No se preocupe, Blake. No voy a aceptar nada.

Al dirigir nuevamente la mirada hacia la carretera, algo que asoma entre los billetes de la cartera llama su atención.

Es un documento de identidad.

David sin pretenderlo logra leerlo durante un instante, quedando desconcertado al descubrir que su apellido no es el mismo con el que se presentó.

Mark Johnson.

—¿Cómo dijo que se llamaba?

Mark gira con naturalidad la cabeza hacia él y responde.

—Johnson. Mark Johnson.

David lo mira de reojo.

—Pero en la cafetería dijo que se apellidaba Blake.

La expresión simpática de Mark se funde con una ligera confusión teatral después de recalcarle su apellido.

—¿Seguro? —pregunta sin apartar la mirada—. Estoy casi convencido de que dije Johnson.

David vuelve los ojos hacia la carretera, sintiéndose cada vez más incómodo, pero no es un hombre que se impresione tan facilmente.

—Ya… Y supongo que tampoco tiene una hija a la que le encantan los huevos con bacon, ¿verdad?

Mark deja escapar una sonrisa leve mientras comienza a colocarse unos guantes negros.

—Me ha pillado. Qué buen olfato tiene usted para estas cosas.

David aprieta las manos alrededor del volante.

—Entonces, ¿quién es usted? ¿por que tanta chorrada?

—Me llamo Mark Johnson. Y sí, tengo una hija a la que le encantan los huevos con bacon y el café. Pero hace mucho tiempo que no vuelve por casa, señor Hudson.

David siente un escalofrío al escucharlo pronunciar su apellido. El tipo le empieza a resultar familiar. Pero lo más inquietante es que David nunca le mencionó su apellido, ¿cómo podria saberlo?

—¿Cómo sabe mi apellido?

Mark se encoge ligeramente de hombros.

—¿No lo dijiste antes? Juraría que sí.

David comprende que algo no encaja.

—¿Y por qué su hija no vuelve a casa?

Mark guarda silencio durante unos segundos mientras observa la carretera. Después sonríe, como si una nostalgia lo invadiera.

—Qué cosas… A veces los planes salen exactamente como uno espera. La verdad Hudson, es que nunca pretendí estar en casa a estas horas.

—¿Entonces dónde esperaba estar? —pregunta David, cada vez más inquieto.

—Pues quí. En tu camión, tonto.

David siente cómo se le hiela la sangre.

—¿Por qué quieres estar en mi camión?

Mark inspira profundamente, como si finalmente hubiera llegado el momento de desprenderse de una máscara que lleva demasiadas horas utilizando.

—Porque fui a aquella cafetería para buscarte a ti. Necesitaba conseguir que salieras de allí conmigo y hacerlo sin dejar testigos.

David permanece rígido frente al volante, y Mark ya no sonríe ni un milímetro.

—Y respondiendo a tu pregunta… mi hija no volvió a casa porque tú la mataste, asesino.

David dirige lentamente la mirada hacia él, cayendo en la cuenta de por que le sonaba el apellido Johnson, en los tribunales, Mark nunca se dejó ver durante el juicio, siendo muy discreto, por eso David no lo reconoció.

—Mi hija era Sarah Johnson.

Mark continúa hablando antes de permitirle reaccionar.

—Y después de acabar con ella, no te bastó y también intentaste matar a la única hija que todavía me queda. Rebeca.

Mark, abre el maletín, extrae una pistola y obliga a David a detener el vehículo mientras le quita el seguro al arma.

—Para el maldito camión.

David obedece inmediatamente y frena junto al arcén. Las ruedas resbalan ligeramente sobre el asfalto mojado antes de que el vehículo quede detenido del todo bajo la tormenta. David, no parece tener miedo, pero trata de razonar con el hombre.

—Escuche… Usted no quiere hacer esto. Yo ya cumplí mi condena. Tiene familia. ¿De verdad quiere pasar el resto de su vida en prisión por mí? —pregunta David, intentando sin inmutarse.

Mark lo obliga a bajar del camión. La lluvia los empapa en cuestión de segundos y Mark responde a la pregunta:

—¿Estás de broma? Llevo quince años esperando este momento. Y precisamente lo hago porque tengo una familia. Tú ya mataste a una miembro de ella e intentaste matar a otra.

La rabia termina venciendo al control que había mantenido hasta entonces y Mark golpea a David con la culata del arma, haciéndolo caer de rodillas sobre el barro mientras la sangre comienza a brotarle de la nariz.

—Puede que hayas cumplido tu condena ante los ojos de la ley, pero no ante los ojos de un padre. No tienes perdón después de lo que le hiciste a mi hija.

David permanece arrodillado, sujetándose el rostro con ambas manos mientras intenta hablar.

—Vaya... hoy me dijeron una frase muy parecida a esa...

Mark lo contempla desde arriba, con el arma todavía apuntándole.

—No volverás a acercarte a nadie de mi familia.

La voz se le quiebra al pensar en Sus hijas.

—Vete al infierno, David.

El disparo se pierde entre el estruendo de los relámpagos.

La lluvia continúa cayendo con furia sobre aquella carretera solitaria mientras Mark permanece inmóvil durante unos segundos, respirando profundamente mientras observa a David tumbado sin vida en el suelo. Luego, baja el arma.

Mark se da la vuelta y se marcha andando a pasos rápidos, Detrás de él queda el vehículo abandonado junto al arcén y, entre el barro y la lluvia, el cuerpo David Hudson. Apartado de la mano de Dios.