Te declaro culpable EPÍLOGO – UN AÑO DESPUÉS
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EPÍLOGO – UN AÑO DESPUÉS

En una de las playas de California, el verano mantiene la costa llena de actividad.

El cielo está completamente despejado, el calor aprieta y una brisa fresca llega desde el océano mientras los surfistas aprovechan las olas y las familias ocupan buena parte de la arena entre sombrillas, juegos infantiles y motos acuáticas.

Frente al mar se encuentra el negocio que Edward llevaba años imaginando.

Hace cinco meses que dirige su propio bar chill-out y parece haberse adaptado perfectamente a la nueva vida.

Luce un intenso bronceado, una camisa hawaiana, gafas de sol y una barba perfectamente recortada que completa su nueva apariencia de empresario relajado.

Las mesas están casi llenas y muchos clientes aprovechan la cercanía de la playa para pasar allí buena parte del día entre bebidas, música y algo de comer.

En uno de los laterales de la barra, Rebeca y Colin comparten un enorme cóctel afrutado de un litro utilizando dos pajitas diferentes.

Después de tantos años juntos todavía conservan aquella complicidad de siempre y charlan tranquilamente mientras disfrutan del ambiente de la playa, hasta que una voz infantil consigue llamar su atención.

—Papá, mamá… Me prometisteis un helado.

Walden, su hijo de ocho años, los observa con los brazos cruzados y una expresión tan seria que contrasta con el motivo de su protesta. Rebeca acaba soltando una pequeña risa y lo levanta en brazos, aunque tiene que hacer algo más de esfuerzo del que recordaba.

—Vaya, ya empiezas a pesar bastante. ¿Un helado, dices? Claro que sí, cielo. ¿De qué lo quieres?

Edward escucha la petición desde detrás de la barra y enseguida mete baza.

—¡Eh, eh! ¿He oído que el peque quiere un helado? Entonces hoy vas a probar una creación exclusiva del tío Ed.

Rebeca sienta a Walden sobre la barra y Edward empieza a preparar el cucurucho, colocando cada ingrediente con cuidado y completamente concentrado en su creación.

—Mira, chaval, vas a flipar con esta delicatessen.

Primero cogemos un cono de barquillo de dos bolas y le ponemos un poco de sirope de chocolate en el fondo.

Luego una bola de macadamia y otra de yogur con plátano justo al ladito, bien colocadita…

A la de macadamia le ponemos caramelo y a la de yogur con plátano, sirope de naranja.

Después unas nubecitas, almendras troceadas y, para terminar, esta barrita de galleta con mantequilla que vamos a enterrar entre las dos bolas.

Cuando termina, coloca el cucurucho delante de Walden y levanta rápidamente las cejas, orgulloso de su creación.

—¡Toma, pequeño! Es para ti, socio.

Walden contempla el enorme cucurucho con auténtico asombro antes de agarrarlo con las dos manos. Colin empieza a aplaudir y Rebeca se suma enseguida, provocando que el niño los imite antes incluso de probarlo.

—¡Vaya, cielo! Mira el pedazo de cucurucho que te ha preparado Eddy —dice Rebeca mientras le ayuda a sujetarlo para evitar que termine en el suelo. Después mira hacia Edward—. Gracias, Ed.

A pocos metros de allí, Elvis sale del agua con una tabla de surf bajo el brazo.

Los años no han perjudicado demasiado su condición física y todavía conserva unos abdominales capaces de competir con los de una estatua griega.

También ha conseguido seguir adelante después de todo lo ocurrido con Sarah y, desde hace unos meses, comparte su vida con una doctora a la que conoció de una forma bastante menos romántica de lo que suele contar: terminó en urgencias después de cortarse la mano con el filo de un azulejo mientras reformaba la cocina de su casa.

Elvis deja la tabla cerca del bar y se sacude parte del agua del cabello cuando, entre el ruido de la gente, una voz conocida pronuncia el nombre de Edward.

—¿Edward? ¿Eres Edward?

Edward gira la cabeza hacia la voz y reconoce enseguida al hombre que camina hacia el local.

—¡Madre mía, no puede ser! ¡Profesor Oliver!

Sale de detrás de la barra y le estrecha la mano, aunque el saludo apenas dura un instante antes de acabar convertido en un abrazo.

Oliver ha cambiado con los años. Tiene el cabello mucho más canoso y el cuerpo algo más fornido, pero conserva la misma forma tranquila de hablar que Edward recuerda de la universidad. Junto a él viene Grace, que contempla divertida la efusividad del reencuentro.

—Veo que finalmente entendiste que el mercado también recompensa a quienes tienen paciencia —comenta Oliver mientras echa un vistazo al establecimiento—. Enhorabuena. Has montado un buen negocio.

—Y usted tenía razón. ¿Cómo le va, profesor? ¿Y la pequeña Samira? ¿No ha venido con ustedes?

Oliver suelta una carcajada.

—¿Pequeña? Sami tiene ya veintidós años. Vive con su novio en Nueva York y vendrá a visitarnos en Navidad.

—¡¿Veintidós?! ¡El tiempo pasa como un cohete! —exclama Edward, incapaz de creer que haya pasado tanto tiempo.

Oliver presenta a Grace a quienes todavía no conoce y aprovecha para saludar también a Elvis, Colin y Rebeca. La conversación no tarda en llenarse de recuerdos de la universidad hasta que Rebeca llama a Walden, que sigue completamente concentrado en su helado, para presentárselo.

Después de pasar un rato con ellos, Oliver señala una de las mesas libres.

—Grace y yo tomaremos algo antes de volver al hotel. Dentro de unas horas empezará a oscurecer.

Edward lo mira como si acabara de proponer una auténtica barbaridad.

—¿¡Al hotel!? ¿Me está tomando el pelo? ¡Quédense, hombre! Estáis invitados. Cuando anochezca empieza lo mejor. Tengo once kilos de langosta preparados para hacerlos en una hoguera. Habrá música, baile… Por la noche este sitio cambia completamente.

Oliver mira a Grace.

—¿Qué dices, cariño?

Ella recorre con la vista la playa, el bar y el ambiente que los rodea antes de asentir.

—Creo que podría ser interesante. Me gusta este lugar.

La decisión deja a Edward más que satisfecho.

Cuando el sol termina desapareciendo sobre el horizonte, una buena parte de los clientes se ha unido alrededor de la gran hoguera preparada frente al bar.

Varias hileras de luces iluminan la zona mientras la música se mezcla con las conversaciones, el sonido del mar y el chisporroteo de las brasas.

Sobre el fuego se asan las langostas que Edward llevaba toda la tarde anunciando y el aroma se extiende por buena parte de la playa.

Rebeca, sin embargo, apenas consigue acercarse a la comida.

Al principio intenta ignorarlo, pero el olor termina revolviéndole tanto el estómago que deja su copa de vino sobre la mesa y se lleva una mano al vientre.

—Uf… Creo que he pillado algo. Me encuentro fatal.

Colin se deshace también del vino y se dispone a levantarse para acompañarla.

—Te acompaño, esperaré fuera.

—No, tranquilo. Quédate aquí, seguro que no es nada. Voy al baño y ahora vuelvo.

Rebeca se levanta y cruza el bar con rapidez hasta llegar a los pequeños aseos. Nada más entrar tiene que inclinarse sobre el inodoro para vomitar.

Después de limpiarse la boca, se acerca al lavabo y deja correr un poco de agua antes de echársela sobre el rostro. El malestar empieza a desaparecer, aunque todavía siente el estómago completamente revuelto.

Entonces las luces parpadean, y Rebeca levanta la cabeza hacia el espejo.

Sabe que Sarah está allí.

El malestar deja paso a la curiosidad y Rebeca se inclina hacia el cristal antes de exhalar sobre su superficie, cubriéndola con una fina capa de vaho.

Poco a poco, varios trazos aparecen delante de ella hasta formar un mensaje.

«No has pillado nada. Estás embarazada. ¡Otra vez!»

A un lado de las palabras aparece un pequeño corazón, el mismo detalle que Sarah acostumbra a dejar en sus mensajes.

Rebeca lee el texto una segunda vez para asegurarse de haberlo entendido bien. Después baja lentamente una mano hasta su vientre y la mantiene allí mientras sus ojos empiezan a humedecerse.

—Gracias, Sarah… —susurra.

Y durante unos instantes disfruta en silencio de la noticia antes de regresar con su familia.

Fin.