CAPÍTULO IX #2
Antes de abrir la puerta, se detiene para echar un vistazo a su hija y a su nieto por última vez, mirando por encima del hombro.
Annika sigue en el arco de la entrada de la casa, acompañada por su marido que parece estar consolándola con unas palabras que David no logra escuchar a distancia, está abrazada a la familia que ha construido durante todos esos años.
Una familia de la que David nunca formará parte.
Tras echar ese último vistazo, aparta la mirada y sube al camión, cierra la puerta, enciende el motor y se marcha.
David continúa conduciendo sin rumbo hasta que termina entrando en una vieja chatarrería, apartada de la carretera principal y lejos de cualquier multitud. Detiene el camión entre montones de vehículos oxidados y permanece varios segundos inmóvil, con las manos todavía sujetando el volante.
No puede sacarse esa última conversación con Annika de su cabeza, se le repite una y otra vez como una tortura psicológica.
David se inclina hacia delante y apoya la frente sobre el volante con actitud derrotista, incapaz de soportar toda esa tormenta de emociones por más tiempo.
Todo lo que había imaginado durante aquellos quince años se ha derrumbado en unos pocos minutos: Mandy, su exmujer, que le pudo dar a su hija todo lo que no tuvo ocasión de poder ofrecerle él en su adolescencia, ha fallecido, Annika no quiere que forme parte de su vida y acaba de descubrir la existencia de un nieto al que probablemente nunca podrá conocer.
El viejo abre la guantera y mete una mano en su interior hasta encontrar una pistola. La extrae lentamente con cuidado mientras le tiembla el pulso y se queda observándola durante unos segundos, contemplándola como una posible salida a todo el sufrimiento que acaba de caer sobre él.
—Vamos… —susurra entre dientes.
El pulso se le dispara, y comienza a respirar con dificultad mientras se lleva el arma hasta la sien y apoya la cabeza contra el reposacabezas. Cierra los ojos, aprieta los dientes y permanece así durante unos interminables segundos, intentando reunir el valor necesario para terminar con todo.
Pero, justo cuando su dedo comienza a tensarse, el miedo se apodera de él.
Entonces abre los ojos de golpe y aparta el arma con un movimiento brusco. El pecho le sube y baja aceleradamente mientras intenta recuperar el control de la respiración, y frustrado consigo mismo, golpea el volante con el puño.
—¡Mierda!
Permanece jadeando unos segundos hasta que la desesperación vuelve a imponerse al miedo.
Recoge otra vez la pistola y esta vez se la lleva a la boca.
La mandíbula le tiembla tanto que los dientes golpean ligeramente contra el metal, mientras todo su cuerpo permanece rígido, atrapado entre el impulso de acabar con su sufrimiento y el terror de hacerlo realmente.
Sin embargo, vuelve a ser incapaz.
Retira de nuevo el arma y la arroja sobre el asiento del acompañante antes de descargar toda su rabia contra el volante con ambas manos. Golpea una vez, después otra y finalmente una tercera, haciendo sonar accidentalmente el claxon.
—¡¿Por qué, joder?! ¡Maldita sea! ¡No es justo! ¡Yo ya he pagado! ¡Tengo derecho a empezar de nuevo!
La rabia termina transformándose en llanto. David se inclina sobre el volante y apoya nuevamente la cabeza contra él mientras se desahoga entre sollozos, completamente solo en medio de aquel lugar abandonado.
Cuando consigue tranquilizarse, y vuelve a ponerse el vehículo en marcha han pasado ya varias horas de reflexión.
Al caer la noche, una tormenta comienza a tronar sobre las carreteras mientras David continúa conduciendo sin un destino claro. Muchas de aquellas rutas ya no le resultan familiares; quince años han sido suficientes para transformar carreteras, negocios y pueblos que antes conocía de memoria.
Aun así, gira hacia la interestatal y toma una salida casi por instinto, como si su cuerpo recordara un camino que su mente todavía no había decidido seguir.
Media hora después se detiene frente a una pequeña gasolinera situada en las afueras. Es la cafetería donde solía detenerse después de terminar sus jornadas de trabajo.
La lluvia golpea con fuerza contra los grandes ventanales y el antiguo letrero de neón del exterior tiene varias letras apagadas. Desde dentro, detrás de la barra, distingue a Estrella recogiendo unas tazas.
David se pasa una mano por el rostro, baja del camión y atraviesa el aparcamiento bajo la lluvia hasta entrar en la cafetería. Las campanillas de la puerta anuncian su llegada mientras él avanza con los hombros encorvados hacia el lateral de la barra donde acostumbraba a sentarse años atrás.
Poco después tiene delante su antigua hamburguesa favorita, como si recuperar una pequeña costumbre pudiera devolverle durante unos minutos algo de la vida que tuvo antes de perderlo todo.
—Echaba de menos esta hamburguesa, Estrella… —murmura sin levantar demasiado la cabeza.
Estrella tiene ahora el cabello mucho más canoso, aunque conserva aquella misma energía amable que durante décadas convirtió la cafetería en un lugar acogedor para quienes pasaban por allí.
Conoce a David desde que comenzó a trabajar en la empresa de reparto, cuando todavía era joven, impulsivo y parecía tener toda una vida normal por delante.
Pero demasiadas cosas han cambiado desde entonces.
Después de conocer la verdad sobre la muerte de Sarah, la cercanía que alguna vez sintió hacia él desapareció para siempre.
Estrella se seca las manos con el delantal mientras ignora deliberadamente sus intentos de conversación.
Ella también quedó marcada por lo ocurrido porque, aunque apenas llegó a conocer a Sarah, recuerda perfectamente aquella ocasión en que la joven y Rebeca comieron en una de las mesas junto al ventanal.
Fue Estrella quien le sirvió su último almuerzo antes de que ocurriese la desgracia, un recuerdo que todavía se le clava como una espina cada vez que piensa en aquella chica.
David observa durante unos segundos el silencio de la mujer antes de intentarlo nuevamente.
—Vamos, Estrella… Háblame, por favor. He cumplido la condena por mis errores. Llevo viniendo a este sitio desde que abrió, hace ya décadas.
Estrella se dirige a él dejando el trapo sobre la barra.
—No tengo nada que hablar contigo, David.
Él levanta la mirada, molesto por el desprecio de la camarera.
—Eres una simple camarera. No deberías tratar así a los clientes. A tus superiores podría no gustarles eso —responde herido con soberbia, intentando recuperar una reputación que ya no posee.
Estrella se queda inmóvil durante unos segundos antes de girarse lentamente hacia él ofendida. La amabilidad con la que suele atender a sus clientes desaparece de inmediato.
—Para tu información, las cosas por aquí han cambiado desde que entraste en prisión. Compré este lugar hace años y, sinceramente, permitir que hayas entrado y te hayas sentado a comer ya dice bastante de mí.
Da un pequeño paso hacia él y acerca su rostro encarándolo con la mirada y termina diciendo.
—Pero no te confundas, David. Te invito a que termines esa hamburguesa y no vuelvas jamás a aparecer por mi estación. No voy a olvidar lo que hiciste, cabrón.
La humillación enciende nuevamente la rabia de David mientras mastica la hamburguesa.
—Serás puta desagradecida… ¡Yo he pagado tu salario durante años! ¡Me he dejado una fortuna en este antro de mierda!
El tono de su voz provoca que varias conversaciones se detengan.
Bobby, Lance y algunos de los clientes habituales que se encuentran en una mesa del fondo se levantan casi al mismo tiempo. Ninguno parece dispuesto a permitir que David continúe descargando su rabia contra Estrella.
—Me parece que será mejor que cierres el pico, David —advierte uno de ellos—, o te lo cerraremos nosotros.
David recorre con la mirada a los hombres que lo observan desde el fondo y comprende rápidamente que se encuentra solo.
Baja la cabeza y no responde. Poco a poco, el murmullo de la cafetería comienza a recuperarse.
En ese momento, las campanillas de la entrada vuelven a tintinear.
Un hombre de mediana edad entra con porte sofisticado y elegante, completamente empapado por la tormenta.
Viste un traje negro con camisa blanca y una gabardina negra oscura acompañado por una corbata azul y blanca, tiene el cabello corto y plateado y lleva un maletín sujeto en una mano.
A cada paso, sus zapatos mojados dejan pequeñas huellas brillantes sobre el suelo.
—Buenas noches… Disculpen que entre así. Dios, estoy empapado —comenta con una pequeña risa tímida—. ¿Tienen teléfono?
Estrella recupera inmediatamente el tono cordial que utiliza con sus clientes después de la amarga discusión con David.
—Claro que sí, caballero. Está al fondo, junto a la esquina. Mientras tanto voy a servirle un café caliente, cortesía de la casa.
—Vaya, es usted muy amable. No esperaba encontrar tanta hospitalidad en una noche como esta.
David levanta la vista desde la barra y observa brevemente al recién llegado antes de volver a concentrarse en su comida.
El hombre se dirige hacia el teléfono y marca un número.
—¿Hola, hola? ¿Me escucha? ¿Hola?…
Después de varios intentos inútiles, cuelga y regresa hacia el mostrador mientras se sacude algunas gotas del cabello.
—Vaya, parece que la línea tampoco funciona. ¿Le importa si me quedo aquí un rato? Prometo no molestar y, por supuesto, pagaré el café. Si además pudiera prepararme unos huevos con bacon, me alegraría bastante la noche.
—Claro que sí, caballero. Faltaría más…
Estrella deja la frase en el aire mientras lo mira con curiosidad, esperando que complete la presentación.
El desconocido tarda un instante en comprenderlo. Hasta que se da cuenta.
—Oh… disculpe mi torpeza, Blake. Mark Blake —responde con una sonrisa tranquila.
—Un placer, señor Blake. Mi nombre es Estrella. Espero que no se moleste, pero nos gusta conocer a los clientes nuevos que aparecen de vez en cuando por aquí.
Después de tomar nota, Estrella se aleja hacia la cocina.