CAPÍTULO IX
CONSECUENCIAS FATALES
Quince años después, David sale de la cárcel.
Al atravesar la verja de la penitenciaría, observa cómo muchos de los reclusos que recuperan la libertad junto a él son recibidos por familiares que los esperan entre lágrimas, abrazos y palabras de cariño.
Algunos apenas tienen tiempo de dar unos pasos antes de que alguien corra hacia ellos.
David, en cambio, busca entre los rostros de la multitud, sin encontrar ninguno conocido, nadie está esperando por él.
Sin detenerse demasiado a contemplar más la bienvenida de los demás, recupera su camión, y se marcha solo.
Es otoño, el día es claro y soleado. Las hojas de los árboles se mecen bajo una brisa suave y perezosa mientras David conduce durante un largo rato hasta detenerse frente a una casa de fachada sencilla, rodeada por un jardín bien cuidado donde un pequeño columpio infantil se balancea lentamente con el viento.
Recordando que era el mismo columpio donde su hija se mecía de niña.
Es la casa de su exmujer, donde Annika pasó la mayor parte de su adolescencia y donde él no está seguro de seguir siendo bien recibido. Durante los quince años que permaneció en prisión, su hija nunca fue a visitarlo ni respondió a ninguna de sus cartas.
David apaga el motor y permanece sentado con un brazo apoyado sobre la ventanilla. Detrás de aquella puerta podría estar Annika, si todavía vive allí, aunque después de tantos años también cabe la posibilidad de que no quede ningún rostro familiar dispuesto a recibirlo.
Un repartidor de periódicos cruza la acera y deja el diario del día en el buzón. El sonido metálico de la tapa al cerrarse consigue sacarlo de sus pensamientos.
David dirige entonces la mirada hacia el retrovisor y contempla su propio reflejo.
El rostro que le devuelve el espejo está mucho más marcado por los años, con arrugas que antes no existían y una barba de dos días que ahora crece completamente blanca alrededor de su mandíbula.
Sus ojos también parecen más hundidos, cargados con el peso de demasiadas cosas que ya no se pueden deshacer.
Finalmente reúne el valor necesario y abandona el camión.
El calor lo envuelve nada más pisar la calle mientras cruza el sendero de piedra que atraviesa el jardín y conduce hasta el porche de la casa.
Al acercarse, observa que la pintura de la puerta está algo desgastada por los años y que el buzón continúa conservando el apellido Hudson.
Luego, se detiene frente a la entrada sin saber exactamente qué espera encontrar al otro lado. Quince años han pasado desde Sarah, los juicios y, sobre todo, desde la última vez que pudo mirar a Annika a los ojos.
Después de unos segundos de indecisión, presiona el timbre.
Desde el interior de la casa responde una voz:
—Ya voy, un segundo, por favor…
David se queda esperando, reconociendo al instante la voz de su hija. Ya no conserva el tono adolescente que recuerda; los años la han convertido en la voz de una mujer, aunque todavía mantiene algunos matices familiares que le permiten reconocerla sin ninguna duda.
La espera le tensa todo el cuerpo y comienza a frotarse las manos sudorosas con nerviosismo mientras escucha unos pasos aproximarse desde el interior. Finalmente, la puerta se abre.
Annika aparece frente a él.
Tiene casi veintinueve años y se ha convertido en una mujer adulta, segura y aparentemente responsable.
Aun así, David reconoce en su rostro algunos rasgos de aquella niña risueña que esperaba impaciente los fines de semana para correr hacia él y abrazarlo.
Su mirada, sin embargo, ya no conserva aquella misma admiración.
Ahora está cargada de una calma distante y una decepción, ella abre la puerta sin saber quien estaba al otro lado, y al verlo, su sonrisa desaparece, su rostro se le desencaja completamente.
—Hola, Annika… —saluda David con un susurro al verla.
Ella permanece observándolo durante unos segundos, como si todavía estuviera asimilando que realmente se encuentra delante de su puerta.
—¿Qué haces aquí, papá? —pregunta finalmente con tono de desconcierto.
David parpadea al escuchar aquella palabra después de tantos años. Que todavía lo llame «papá» le produce una sensación extraña, dolorosa y reconfortante al mismo tiempo.
—Solo quería verte… saber de ti y de tu madre. Saber cómo… cómo os ha ido todo este tiempo.
Annika cruza los brazos y se apoya ligeramente contra el marco de la puerta.
—Llegas tarde, papá. Mamá murió hace dos años.
La noticia rompe a David de una manera que no esperaba y lo obliga a retroceder un paso.
—No… Yo… no lo sabía…
Annika baja la mirada durante un instante y juega con las uñas antes de volver a dirigirse a él.
—Claro que no. Nadie quiso decírtelo.
David intenta encontrar algo adecuado que decir, pero su mente se ha quedado en blanco después de la noticia. Luego señala tímidamente el interior de la casa.
—¿Puedo pasar? Aunque sea unos minutos. Me gustaría hablar contigo. No he dejado de pensar en ti ni un solo día… Te echo de menos, Annie.
Annika suspira y mantiene la compostura, procurando no ser más brusca de lo necesario.
—¿De verdad sigues viendo a la niña que era cuando me miras? —pregunta con tristeza—. Tú eras mi persona favorita en el mundo. Te quería más que a nadie y me costó años aceptar que… que no eras el hombre que yo creía. Eso no se arregla tomando un café ni hablando unos minutos.
Durante un instante parece dolerle incluso pronunciar aquellas palabras. No habla desde el odio, sino desde una herida que lleva tiempo aprendiendo a vivir con ella.
—Tú hiciste lo que hiciste con Sarah y con todos los demás. Yo también leí las noticias, vi las pruebas y escuché los testimonios.
David baja la mirada, incapaz de encontrar una respuesta que pueda cambiar aquello.
—Yo ya pagué por lo que hice. He estado quince años encerrado, Annie… ¿Acaso eso no cuenta para nada?
La expresión de Annika se endurece.
—Eso salda tu deuda con el Estado, papá, pero no arregla tu deuda como padre —replica—. No borra lo que le hiciste a Sarah ni lo que ibas a hacerles a sus amigos la noche que te detuvieron. Tampoco borra lo que sentí yo cuando descubrí que mi padre era un criminal.
Ella comienza a agrietarse por dentro, necesita una pausa y respira profundamente antes de continuar, intentando controlar la emoción —No tienes ni idea de lo duro que fue terminar el instituto.
Me convertí en la apestada del centro. Escribían cosas en mi taquilla con espray, me escupían, perdí amigos...
la madre de mi mejor amiga le prohibió acercarse a mí y hasta mi madre, me llamaban la hija del asesino y me dejaban notas con amenazas.
Me destrozaste la vida, papá… y tuve que reconstruirme yo sola.
David levanta lentamente la mirada hacia ella, avergonzado y destrozado por el sufrimiento que le causó a su persona favorita de este mundo.
—Annika…
—Por eso, aunque me duela decirlo, lo mejor es que permanezcas lejos de nuestras vidas.
La desesperación comienza a apoderarse de él y da un pequeño paso hacia la entrada.
—Pero… ¿qué dices, pequeña? Dame una oportunidad. Solo una, por favor. Todavía quiero llevarte a París, ¿recuerdas? Tú y yo solos en París…
Annika lo contempla con cierta lástima en sus ojos antes de dejar escapar una pequeña lágrima amarga.
—¿París? —pregunta ella, a punto de quebrarse—. ¿En serio vienes a hablarme de París?
El recuerdo parece afectarla más de lo que esperaba y aparta la mirada durante unos segundos.
—Mamá me llevó a París. Pidió una excedencia en el trabajo y viajamos juntas. Fuimos a París, a Italia y a España. Ella estuvo conmigo cuando todo se vino abajo. Mamá fue la heroína que nunca me falló.
David recibe aquellas palabras con respeto a su madre, incapaz de ocultar cuánto le duelen.
—Annika, por favor… No me cierres la puerta de tu vida. Te guste o no, sigo siendo tu padre.
Ella contiene el aire con una negación lenta con la cabeza.
David respira profundamente, sintiendo cómo una presión cada vez mayor le oprime el pecho. Entonces recuerda algo y vuelve a intentarlo.
—Te escribí cartas desde la cárcel… No sé si llegaste a leerlas.
Annika se frota delicadamente la nariz, toma aire y consigue recomponerse antes de responder.
—Las leí. Leí todas las cartas. Intenté perdonarte, pero si lo hacía me estaría traicionando a mí misma, no puedo hacer como si no hubiera pasado nada... lo siento, papá.
David alza la mirada con una pequeña chispa de esperanza, pero ella continúa cerrando los lazos con él:
—Y cada carta me dolía más que la anterior, porque la persona que me hablaba desde aquellos papeles ya no era la misma que yo había admirado toda mi vida.
Una voz masculina procedente del interior interrumpe la conversación.
—¡Cariño...! ¿Va todo bien, amor?
Un hombre de unos treinta años aparece detrás de Annika sonriente llevando a un bebé sujeto al pecho mediante un portabebés. Al descubrir a David en el porche, reduce el paso y lo observa con evidente desconcierto al ver que su mujer aún tiene una lágrima detenida en medio de su mejilla.
—¿Quién es este señor, amor? —pregunta.
David fija inmediatamente la mirada en el pequeño. Durante unos segundos siente una conexión con el bebé.
—¿Es… mi nieto? —pregunta con la voz apagada.
Annika contempla a su hijo y ya no consigue contener las lágrimas. Su marido comprende que algo importante está ocurriendo y pasa un brazo por el hombro de ella, acercándola suavemente hacia su cuerpo.
Annika mira al bebé, y le acaricia con ternura la cabeza del pequeño antes de negar despacio.
—No necesitas saber nada sobre él.
David visiblemente destrozado por aquellas palabras, asiente sin protestar. Desde que llegó ya entiende que insistir solamente conseguirá hacerle más daño a él y a ella.
—Entiendo…
Se da la vuelta y comienza a recorrer lentamente el sendero que conduce hacia el camión. Cada paso parece costarle más, no solo se aleja de su hija literalmente, también sabe que se aleja emocionalmente para siempre, pero continúa avanzando hasta llegar al vehículo.