Te declaro culpable CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

JUSTICIA, NO VENGANZA

Unos días después…

Los chicos vuelven a reunirse en el club de siempre, La rana borracha , intentando recuperar un poco de normalidad después del caos vivido durante los últimos días.

Colin lleva el hombro vendado bajo la camisa y todavía debe moverse con cuidado, pero, pese a los golpes y las heridas, todos comparten algo que hacía demasiado tiempo que no sentían con aquella intensidad: alivio y, sobre todo, paz.

Edward levanta su jarra de cerveza y observa durante unos segundos a Rebeca, Elvis y Colin, dispuesto a improvisar un pequeño discurso antes del brindis.

—Bueno… supongo que esto va por nosotros —dice, haciendo una breve pausa—. Y por Sarah. Le devolvimos su dignidad. Gracias, Sarah. Fuiste la mejor hermana y una gran amiga para todos nosotros.

Rebeca contiene la emoción mientras alza también su bebida.

—Gracias, Ed… Lo necesitábamos.

—¡Lo hemos hecho como un verdadero equipo! —celebra Elvis.

Colin lo mira de reojo y señala discretamente su hombro herido.

—Claro, claro… ¡Tú no eres el que ha recibido un disparo!

La ocurrencia consigue romper la solemnidad del momento y todos comienzan a reír antes de juntar sus jarras en el centro de la mesa.

La música mantiene un ritmo agradable por todo el local y las luces suaves envuelven el ambiente mientras, después de haber conseguido justicia para Sarah, incluso las heridas emocionales empiezan a sentirse un poco más llevaderas.

Justo cuando están terminando el brindis, Robert comienza su turno en el club y, al descubrir a Rebeca entre el grupo, se acerca hacia ella bastante más animado que la última vez.

Después de su anterior intento fallido, parece decidido a probar suerte una segunda vez, así que se aclara la voz y adopta su mejor sonrisa.

—Ey… ¿cómo estás, Beca? ¡Has vuelto! Me preguntaba si te apetecería salir algún día.

Tú y yo, algo sano, sin malos rollos. Por los viejos tiempos.

Me sentí fatal la otra noche y no quiero que me odies.

Nos conocemos desde críos. ¿Qué me dices?

Solo una buena cena, un postre decente… Te trataré con respeto, lo prometo.

Rebeca lo observa con simpatía durante unos segundos antes de girarse hacia Colin. Se acerca a él con cuidado de no presionar su hombro herido y apoya cariñosamente la cabeza contra el otro mientras lo abraza.

—Lo siento, Robert… pero ya salgo con alguien.

Robert mira a Colin, comprende inmediatamente la situación y levanta ambas manos en señal de rendición.

—Está bien, me rindo. Me ganaste esta vez, tío —admite—. Y solo porque estuviste en el momento y lugar exactos. No tengo ni idea de cuáles fueron, pero enhorabuena.

Después se vuelve hacia los demás y, lejos de tomárselo como una tragedia, intenta salvar su dignidad con otra de sus bromas.

—No os preocupéis, chicos. Mi corazón está entrenado para estas cosas. De hecho, ya tengo otros dos posibles rechazos en la lista. Estoy preparado.

Las risas regresan alrededor de la mesa mientras Robert se aleja para continuar con su trabajo, demostrando que aquella segunda derrota sentimental tampoco va a arruinarle la noche.

Los chicos continúan celebrando durante horas, disfrutando juntos del final de una verdad que había permanecido demasiado tiempo enterrada sin que Sarah recibiera justicia.

Dia del juicio...

Cuando llega el día del nuevo juicio, David Hudson vuelve a sentarse ante un tribunal, aunque esta vez no lo hace por la muerte de Sarah Johnson.

Aquella causa ya había terminado meses antes con una absolución y no podía ser juzgado de nuevo por los mismos hechos.

En esta ocasión debe responder por todo lo ocurrido durante aquella violenta noche en su casa, cuando abrió fuego contra los jóvenes, hirió a Colin e intentó acabar con sus vidas.

La investigación deja poco margen para construir una defensa favorable.

Las declaraciones de Rebeca, Edward, Elvis, Colin y el profesor Gray coinciden en los aspectos fundamentales, mientras que las heridas sufridas por los jóvenes, los disparos efectuados dentro de la vivienda y las pruebas recogidas por la policía respaldan sus testimonios.

El teléfono de Sarah, encontrado bajo un estante del sótano, adquiere también una enorme importancia.

Los registros de localización confirman que la joven estuvo en aquella vivienda antes de morir y respaldan la explicación de Edward y Elvis sobre el motivo que los llevó hasta la casa de David.

Aunque aquel hallazgo no permite volver a juzgarlo por la muerte de Sarah, sí demuestra que las sospechas de los jóvenes tenían fundamento y aporta una pieza decisiva para conocer finalmente la verdad.

La entrada ilegal de Edward y Elvis también es examinada durante la investigación.

Ambos reconocen haberse introducido en la vivienda sin autorización y, aunque las circunstancias excepcionales de aquella noche son tenidas en cuenta, reciben una sanción económica y deben cumplir varias horas de servicios comunitarios.

Rebeca y Colin, en cambio, no reciben ningún cargo, ya que entraron posteriormente cuando sus amigos se encontraban en peligro y la situación dentro de la casa se había convertido en una emergencia.

Para David, las consecuencias son mucho más graves.

Stan comprende que llevar el caso hasta el final y enfrentarse a un jurado podría exponer a su cliente a una condena considerablemente mayor, por lo que inicia varias negociaciones con la fiscalía.

Finalmente consigue alcanzar un acuerdo mediante el cual David acepta declararse culpable de los delitos cometidos contra los jóvenes aquella noche a cambio de una pena de quince años de prisión.

Durante los interrogatorios previos, acorralado por las nuevas pruebas, los testimonios y, especialmente, por la aparición del teléfono de Sarah en su sótano, David termina confesando también lo que realmente ocurrió con ella.

Admite que, después de recogerla en la estación de servicio, intentó aprovecharse de Sarah dentro de su camión ofreciéndole dinero a cambio de favores sexuales.

Cuando ella rechazó sus insinuaciones e intentó marcharse, David bloqueó las puertas y la retuvo contra su voluntad.

David no quiere seguir cargando con la muerte de Sarah ni volver a ver su espectro en su casa, tampoco quiere convertirse definitivamente en el hombre que fue aquella tarde.

En frío, lejos de la violencia y la desesperación que lo llevaron a perder nuevamente el control en su casa, reconoce que se arrepiente de lo ocurrido y decide confesar voluntariamente la verdad.

También reconoce que posteriormente la llevó hasta su casa y la mantuvo encerrada durante varias horas en el sótano, donde finalmente acabó con su vida.

Después se deshizo del cuerpo arrojándolo al mar con la intención de ocultar el crimen y evitar que cualquier prueba pudiera relacionarlo con su muerte.

Aquella confesión no permite volver a condenarlo por un caso que ya había terminado con una absolución, pero para Rebeca, su madre y todos aquellos que querían a Sarah supone escuchar por fin la verdad directamente de boca del hombre al que siempre habían considerado responsable.

El día en que el juez confirma el acuerdo alcanzado y establece que David Hudson deberá cumplir quince años de prisión por los delitos cometidos aquella noche, Rebeca permanece sentada junto a su madre, Edward, Elvis y Colin.

Oliver también se encuentra presente, acompañado por Grace unas filas más atrás.

David escucha la sentencia junto a Stan con el rostro demacrado y la mirada perdida al frente.

Apenas unos meses antes había abandonado un tribunal como un hombre libre, convencido de que todo había terminado.

Ahora se encuentra nuevamente ante la justicia, sabiendo que pasará los próximos años entre rejas.

Cuando termina la audiencia, dos agentes se acercan para escoltarlo fuera de la sala. David se incorpora y comienza a caminar esposado por el pasillo central mientras Rebeca y su madre lo observan pasar.

Al llegar junto a ellas, la señora Johnson se pone en pie. David gira ligeramente la cabeza al reconocerla y sus miradas vuelven a encontrarse, igual que ocurrió después de su primera absolución.

—Se lo dije, señor Hudson… Recé todas las noches para que se hiciera justicia por la muerte de mi hija.

Unos meses después del juicio…

Un agradable perfume dulce se extiende por la habitación de Rebeca mientras ella se mueve al ritmo de la música frente al espejo, arreglándose el cabello y retocando los últimos detalles de su aspecto.

Está preparándose para su primera cita oficial con Colin y, cada vez que contempla su reflejo, le cuesta contener una sonrisa.

Desde la planta baja, su madre sube un par de peldaños y levanta la voz para avisarla.

—¡Cielo, Colin ya ha llegado! ¿Estás lista?

—¡Ya bajo, mamá!

Rebeca comprueba una última vez su aspecto y sale de la habitación, pero apenas ha avanzado un par de pasos por el pasillo cuando la luz comienza a parpadear de forma intermitente, lanzando varios destellos breves y erráticos a su alrededor, que se detiene inmediatamente tras haber captado su atención.

Ya ha vivido aquello antes y reconoce demasiado bien lo que significa.

El corazón comienza a latirle con fuerza ante la posibilidad de que Sarah vuelva a estar cerca, así que regresa rápidamente a su dormitorio y se coloca frente al espejo. Se inclina hacia el cristal y exhala varias veces sobre la superficie hasta cubrirla con una fina capa de vaho.

Durante unos segundos permanece observando.

Entonces comienza a escuchar el suave e inconfundible chirrido provocado por algo que se desliza sobre el cristal mientras varios trazos van apareciendo poco a poco sobre el vaho hasta formar un mensaje.

«¡Que cojas los condones!» .

—¡Ups… cierto! ¡Gracias, Sarah!

Antes de que pueda apartarse del espejo, junto al mensaje comienza a dibujarse por sí solo un pequeño corazón.

Rebeca sonríe al ver el mensaje. Incluso desde el otro lado, Sarah continúa cuidando de su hermana.