CAPÍTULO VII #4
—Sí… escuché los disparos —responde el policía con expresión seria mientras mira hacia el lugar indicado—. Sarah hizo de canguro para mi hijo varias veces. Ha actuado usted con valentía. Ha llegado a tiempo para evitar una desgracia. ¿Cómo ha dicho que se llama?
Mientras habla, se acerca a David, lo levanta del suelo y lo empuja contra uno de los muebles para poder engrilletarlo.
David apenas opone resistencia y clava su mirada agotada en Oliver, observándolo como si descubriera por primera vez lo que significa tener delante a alguien dispuesto a enfrentarse realmente a él.
Oliver sostiene su mirada durante unos segundos antes de responder al agente:
—Solo soy un profesor… que se preocupa por sus alumnos.
—Qué modesto es usted, amigo —responde el policía antes de volver la atención hacia los jóvenes—. ¿Estáis todos bien? ¿Alguien necesita asistencia médica? Veo algunas heridas bastante serias…
No pasan ni dos minutos cuando los primeros refuerzos policiales y varias ambulancias llegan hasta la vivienda. Los sanitarios entran con rapidez y comienzan a atender a los jóvenes uno por uno, comprobando sus golpes y heridas mientras otros agentes aseguran la casa y se hacen cargo de David.
Colin es quien se encuentra en peor estado, así que los sanitarios lo colocan sobre una camilla para trasladarlo inmediatamente al hospital.
Rebeca corre junto a él y le agarra la mano con fuerza. Con los ojos cargados de emoción, se inclina sobre la camilla y le da un beso en la frente, tratando de transmitirle toda la tranquilidad que puede.
—Tranquilo… todo va a salir bien. Te recuperarás pronto. Estoy aquí contigo.
Colin, agotado y pálido, consigue esbozar una leve sonrisa al escucharla antes de que los sanitarios terminen de introducir la camilla en la ambulancia.
Poco a poco, el ambiente comienza a serenarse.
La tensión insoportable que había inundado la casa durante el enfrentamiento se disipa lentamente, dejando paso a una extraña mezcla de alivio y esperanza.
Los chicos, magullados pero vivos, se reúnen cerca del porche bajo los destellos azulados de los vehículos policiales y las ambulancias, intercambiando miradas cargadas de agotamiento, algunas lágrimas silenciosas y, finalmente, pequeñas sonrisas al comprender que todo ha terminado.
Oliver permanece junto a ellos, respirando profundamente mientras se apoya en la barandilla del porche y espera a que los sanitarios también puedan atender sus heridas.
Todos están realmente a salvo.
Después de ser atendido por los sanitarios y prestar declaración en comisaría, Oliver conduce de regreso a casa, sabiendo que Grace lo estará esperando despierta y preocupada.
Cuando finalmente llega, aparca frente al porche y apaga el motor, exhausto.
Permanece unos segundos sentado frente al volante, con las manos vendadas y los apósitos todavía manchados por algunos restos de sangre seca.
Al levantar la mirada hacia la casa, distingue la lámpara del salón encendida a través de la ventana y comprende que su mujer no ha sido capaz de dormir sin saber si regresaría bien.
Oliver toma aire y deja escapar un largo suspiro mientras apoya la cabeza contra el respaldo. Después de todo lo ocurrido aquella noche, todavía le queda enfrentarse a algo que, de una manera completamente distinta, también le preocupa: no sabe cómo reaccionará Grace cuando lo vea en ese estado.
Finalmente abre la puerta del coche, baja despacio y atraviesa el jardín hasta llegar al porche. Introduce la llave en la cerradura, pero ni siquiera tiene tiempo de girarla cuando la puerta se abre desde dentro.
Es Grace.
Está descalza, vestida con el pijama, con el cabello despeinado y los ojos cargados de una mezcla de alivio y felicidad. En cuanto observa las manos vendadas de Oliver y las manchas de sangre seca, no pregunta qué ha ocurrido ni exige ninguna explicación. Simplemente se lanza hacia él y lo abraza.
Grace lo rodea con fuerza y apoya la cabeza contra su pecho mientras lo aprieta como si temiera que, al soltarlo, pudiera perderlo para siempre.
Oliver cierra los ojos y corresponde al abrazo, sintiendo cómo todo el cariño de su esposa consigue derribar, poco a poco, la tensión que todavía arrastra desde aquella casa.
Mientras permanecen abrazados, unos pequeños pasos comienzan a bajar por la escalera del interior.
Samira, su hija de siete años, aparece sosteniendo un oso de peluche entre los brazos. Se había despertado al escuchar la puerta y, al descubrir que su padre por fin ha regresado, corre hacia ellos y se abraza a sus padres con la espontaneidad propia de una niña de su edad.
Oliver baja la mirada hacia ella y termina envolviendo a ambas entre sus brazos. Después de una noche de violencia, miedo y desesperación, aquel sencillo abrazo consigue devolverlo por completo a casa.
Por ahora, nada más importa. Están juntos, y Grace comprende que, una vez más, Oliver ha seguido su instinto y ha hecho aquello que creía necesario para proteger a sus alumnos.