Te declaro culpable CAPÍTULO VII #3
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CAPÍTULO VII #3

Edward y Elvis se incorporan como pueden mientras Rebeca los ayuda a avanzar hacia las escaleras.

Cuando están a punto de alcanzar la planta principal, David vuelve a levantar la escopeta y dispara varias veces con prisas a ciegas.

Las balas impactan contra las paredes y levantan pequeños fragmentos de yeso a su alrededor, pero ninguno de los disparos consigue alcanzarlos.

Los cuatro logran salir del sótano con Colin ayudando a los chicos heridos en la planta principal mientras David comienza a subir tras ellos, cojeando y todavía dolorido por el golpe del bate.

Sin embargo, Sarah interviene una vez más.

Una sacudida de energía espiritual recorre el salón y un pesado estante medio vacío de libros sale disparado hacia la entrada del sótano.

David intenta esquivarlo, pero el mueble se cruza en su camino y lo obliga a retroceder.

Perdiendo el equilibrio, tropieza con uno de los escalones y rueda escaleras abajo mientras la escopeta se le escapa de las manos durante la caída.

El estante queda atravesado en la entrada, bloqueándole temporalmente el paso.

David permanece unos segundos en el suelo, dolorido y jadeando, pero ni siquiera aquello consigue detenerlo.

Se incorpora con dificultad, sacude la cabeza para despejarse y recoge la escopeta antes de volver a subir los escalones.

Cuando llega hasta el estante, apoya la espalda contra la pared, clava una pierna contra el mueble y empuja con todas sus fuerzas hasta conseguir desplazarlo poco a poco.

Finalmente, el pesado estante pierde el equilibrio y cae por el lateral de la escalera, donde no hay barandilla, estrellándose con estrépito contra el suelo del sótano.

David brama de rabia mientras consigue acceder de nuevo al salón.

—¡Te mataré igual que maté a tu hermana, maldita zorra!

Los cuatro han intentado escapar desesperadamente por la puerta principal, pero después del enfrentamiento ni Elvis ni Edward se mueve con la rapidez con la que entró en aquella casa.

Edward está magullado, Elvis apenas puede incorporarse del todo por el dolor que siente en el costado y Rebeca todavía trata de recuperar el aliento después del forcejeo.

Saben que salir por la ventana rota de uno en uno les llevaría demasiado tiempo en ese estado.

Colin y Edward retiran rápidamente la cadena mientras Rebeca destraba los pasadores que David había instalado como medida adicional de seguridad después de los fenómenos paranormales.

Sin embargo, cuando intentan abrir la puerta descubren que continúa cerrada con llave y que tampoco puede abrirse desde dentro.

—¡Joder! —masculla Edward mientras sacude el pomo con fuerza.

El tiempo se les acaba.

Los cuatro regresan desesperados hacia la ventana que Rebeca había roto al entrar, pero cuando apenas han avanzado unos pasos comprenden que ya es demasiado tarde.

David está detrás de ellos. Ensangrentado, dolorido, con la ropa desordenada por la pelea, y vuelve a apuntarlos con la escopeta.

—¡Apartaos de la ventana y de la puerta si no queréis que me tiemble el pulso, jodidos bastardos!

Uno de sus ojos está inyectado en sangre y el sudor se desliza lentamente por su frente mientras mantiene la culata del arma firme contra el hombro. Los jóvenes apenas se atreven a moverse, conscientes de que cualquier reacción equivocada podría costarles la vida.

Todos levantan las manos y comienzan a apartarse lentamente de las posibles salidas mientras David se coloca frente a la puerta, bloqueando cualquier intento de escape.

Colin mira a sus amigos, y después mira a David. Y, antes de que nadie pueda impedírselo, se interpone frente a ellos con los brazos abiertos, utilizando su propio cuerpo como escudo.

—¡No les haga daño, por favor! ¡Se lo suplico! —dice con la voz entrecortada.

Pero David ya ha escogido a quién quiere matar.

Desplaza el cañón hacia Rebeca y dispara.

Colin reacciona en el último instante y se mueve hacia la trayectoria del tiro.

La bala impacta brutalmente en su hombro y lo hace caer de inmediato al suelo, dejando una herida amplia mientras la sangre comienza a extenderse por su ropa. Todo sucede demasiado rápido.

—¡Colin! —grita Rebeca.

Los demás se agachan para socorrerlo. Elvis coloca desesperadamente ambas manos sobre la herida, presionando con fuerza mientras Colin gime de dolor y trata de mantenerse consciente.

David observa la escena con rabia al comprender que el disparo destinado a Rebeca ha alcanzado a otro.

Vuelve a apoyar la culata de la escopeta contra el hombro y apunta de nuevo directamente hacia ella. El odio le desfigura el rostro mientras mantiene el dedo junto al gatillo.

—Tú, pequeña asquerosa… voy a acabar esto aquí y ahora. Serás la primera en morir. ¡Observa desde el infierno, Sarah! ¡Mira cómo le vuelo la cabeza a la zorra de tu hermana!

Antes de que pueda apretar el gatillo, un estruendo brutal sacude la entrada.

La puerta principal, que ya no tiene la cadena ni los pasadores echados, revienta hacia el interior bajo una embestida descomunal. David apenas tiene tiempo de girarse cuando una figura entra como un toro y lo arrolla por la espalda.

La escopeta sale despedida de sus manos y se desliza varios metros por el suelo mientras David cae boca abajo contra la mesilla del teléfono, haciéndola añicos junto con todos los objetos que había encima.

—¡Ni se te ocurra tocar a ninguno de mis alumnos! —brama Oliver Gray con una voz completamente fuera del tono calmado al que todos están acostumbrados.

Respira como un hombre que ha corrido sin descanso para llegar hasta allí, pero la rabia acumulada en su rostro revela algo mucho más profundo.

Lleva demasiado tiempo sintiéndose impotente, preocupado por sus alumnos y convencido de que algo grave estaba ocurriendo sin saber cómo impedirlo.

Ahora tiene delante al hombre responsable.

Sin dudar un solo segundo, Oliver se coloca sobre David, lo agarra por la ropa para obligarlo a darse la vuelta y comienza a golpearlo sin control. Descarga un puñetazo tras otro sobre su rostro mientras toda la impotencia, la tensión y el miedo acumulados durante los últimos días salen de golpe.

Cada impacto lleva consigo las noches sin dormir pensando en sus alumnos, el peligro al que los ha expuesto aquel hombre y todo el horror que causó en sus vidas.

Y también a Sarah... Una joven estudiante que tenía todo un futuro por delante.

—¡No dejaré que les hagas daño! ¿Me oyes? —grita Oliver sin detenerse—. ¡No permitiré que acabe otra vida bajo tus manos! ¡Mataste a Sarah, hijo de puta, y vas a confesarlo!

David, demacrado y aturdido, ya no tiene fuerzas para resistirse, pero Oliver continúa descargando sobre él toda la rabia acumulada por lo que el asesino hizo con Sarah Johnson y por la tragedia que podría haber repetido aquella misma noche con sus alumnos.

Los chicos observan al profesor como si apenas lo reconocieran. Ya no parece el hombre agotado ni el catedrático amable que corrige exámenes con ojeras y se preocupa constantemente por ellos, sino el aliado más inesperado, aquel que ha aparecido justo cuando todo parecía perdido.

—P-Profesor… —balbucea Edward, todavía tratando de asimilar lo ocurrido—. ¿Cómo…?

Oliver, exhausto y con las manos ensangrentadas, comprueba que David ha quedado completamente neutralizado y se incorpora poco a poco mientras intenta recuperar el aliento.

—No preguntéis… Los seguí hasta aquí. No podía quedarme de brazos cruzados… No después de tener el presentimiento de que estabais en peligro.

Pero antes de que pueda añadir nada más, una nueva voz irrumpe desde el porche y corta la conversación de inmediato.

—¡Alto, policía! ¡Las manos a la cabeza y dese la vuelta muy despacio!

Oliver obedece sin oponer resistencia, convencido de que, al fin, todo comienza a estar bajo control.

—¡Apártese de ese hombre y mantenga las manos donde pueda verlas! —ordena el policía fuera de servicio mientras sostiene la placa en una mano y la pistola en la otra.

Se trata del vecino de enfrente, que ha llegado vestido únicamente con unos calzoncillos y una camiseta de tirantes, con el pelo completamente revuelto después de haber salido de casa a toda prisa.

Oliver permanece tranquilo pese a seguir recuperando el aliento. Mantiene las manos visibles, todavía cubiertas de sangre, mientras siente que buena parte de la tensión que llevaba acumulando durante tanto tiempo acaba de liberarse de golpe.

—¡Ese es el asesino! —grita Rebeca, señalando a David, que yace en el suelo con el rostro completamente inflamado—. ¡Tengo pruebas! ¡Él mató a Sarah! Tenemos la localización de su móvil, y demuestra que ella estuvo aquí.

El oficial parpadea varias veces mientras intenta encajar lo que acaba de escuchar.

—¿De qué me habla, señorita? —pregunta, desconcertado.

—¡Del caso de Sarah Johnson! —insiste ella.

El policía se queda boquiabierto al reconocer inmediatamente el nombre.

—Dios mío… ¿me estás diciendo que este es el hombre que secuestró a Sarah? ¿Y tienes pruebas?

—Así es, agente —confirma Rebeca.

Oliver se vuelve hacia el oficial y aprovecha para respaldar lo que acaba de explicar la joven.

—Yo también soy testigo de todo lo ocurrido. Este hombre estaba apuntando a mis alumnos con su escopeta. Pueden comprobar sus huellas en el arma que ha quedado tirada en aquella esquina. Soy profesor de la universidad, señor agente.