Te declaro culpable CAPÍTULO VII #2
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CAPÍTULO VII #2

Por primera vez desde que comenzaron los fenómenos en su casa, ya no puede atribuir aquello a un fallo eléctrico, una broma o la intervención de otra persona. Está viendo a Sarah.

La aparición permanece frente a él durante apenas unos instantes antes de desvanecerse en una especie de humo grisáceo.

Un relámpago ilumina las ventanas de la casa y, durante una fracción de segundo, la sombra de Sarah se proyecta sobre la pared como si todavía permaneciera allí, vigilándolo.

Un escalofrío recorre el cuerpo de David, le eriza la piel y retrocede lentamente sintiendo temor real.

Fuera de la vivienda, Rebeca y Colin permanecen junto al coche, completamente desconcertados.

Ambos han percibido un movimiento sísmico que parece afectar únicamente al terreno donde está construida la casa de David, mientras que las viviendas vecinas permanecen completamente inmóviles y tranquilas.

También contemplan cómo las luces de la casa se encienden y apagan de forma descontrolada. Todo aquello resulta tan insólito como escalofriante.

Sin esperarlo, las propias luces del coche comienzan a parpadear. Colin da un pequeño salto del susto y mira hacia el vehículo.

—¡¿Pero qué diablos está ocurriendo?! ¡Yo no he encendido nada! —exclama, alterado.

Rebeca reconoce inmediatamente el patrón.

—¡Es Sarah! ¡Seguro que trata de decirnos algo! —responde, mezclando emoción y angustia.

Colin no sabe qué contestar.

Rebeca baja rápidamente la ventanilla, se inclina hacia el retrovisor exterior y limpia el agua acumulada con la manga. Después acerca el rostro al espejo y lo empaña con su aliento.

Ambos permanecen observándolo sin decir ni una sola palabra, hasta que un trazo comienza a formarse por sí solo sobre el vaho.

Colin se queda blanco, y ante sus propios ojos, las letras van apareciendo una detrás de otra como si un dedo invisible recorriera la superficie.

Rebeca, en cambio, asocia inmediatamente lo que está sucediendo, y finalmente, el mensaje termina de formarse:

«¡Ayúdenlos!»

—¡Pero… esto no puede ser real! —balbucea Colin, incapaz de asimilar lo que acaba de presenciar.

—¡Ya te lo dije, es ella! —afirma Rebeca con absoluta convicción.

Los dos reaccionan inmediatamente, salen del coche y comienzan a correr hacia la casa para ayudar a sus amigos, pero apenas han avanzado unos metros cuando uno de los faros del vehículo revienta a sus espaldas, disparando pequeñas chispas como si alguien acabara de golpearlo con un martillo.

Ambos se cubren la cabeza por puro reflejo y se giran hacia el coche. Durante un instante intentan comprender por qué acaba de ocurrir eso. Pero sin perder más tiempo continúan corriendo hacia la casa.

Pocos segundos después, el segundo faro también revienta, y el motor se revoluciona de repente por sí solo como si tuviese vida propia, rugiendo con fuerza captando de nuevo la atención de los jóvenes.

Rebeca y Colin vuelven a detenerse. Esta vez Rebeca comprende que Sarah no está simplemente provocando fenómenos al azar. Está intentando decirles algo más.

—¡Creo que es una señal! —afirma, ella.

Regresa corriendo hacia el retrovisor, vuelve a empañarlo con su aliento y espera colocándo su mano de forma que la lluvia no moje el retrovisor.

Y otro mensaje comienza a aparecer sobre el cristal:

«¡Coge el bate!»

La lluvia continúa cayendo con fuerza empapando a los chicos y borrando al instante las palabras del retrovisor tras leerlo.

Rebeca comprende que el bate es para su propia defensa y la de sus amigos.

Corre hacia el maletero, lo abre y saca el bate que Sarah había insistido tanto en que llevara consigo desde la universidad.

Sujetándolo con ambas manos, sintiendo una valentía que brota de su interior.

Esta vez sí van preparados a irrumpir en la casa.

Mientras tanto, Edward y Elvis, guiados por la aplicación, llegan al sótano, que está completamente oscuro.

Buscan a tientas el interruptor de la bombilla que cuelga del techo, pero no consiguen encontrarlo, así que encienden las linternas de sus móviles, convirtiéndolas en su única fuente de luz mientras comienzan a registrar la estancia.

La señal los conduce hasta un estante situado a apenas unos centímetros del lugar donde debería encontrarse el teléfono de Sarah.

—La señal es aquí, pero no lo encuentro por ningún lado —dice Edward mientras se agacha y revisa las distintas repisas—. ¡En esta no está, y en esta otra tampoco...!

Elvis observa la parte inferior del mueble y parece ocurrírsele algo.

—¡Tal vez no esté en el estante… quizá esté debajo! Debió de habérsele caído.

Se tira al suelo e introduce el brazo por el hueco inferior, palpando a ciegas entre el polvo y los objetos acumulados hasta que sus dedos rozan algo.

—¡Dios mío, Ed! ¡Ed! —grita, emocionado—. ¡Lo he encontrado!

Cuando retira el brazo, ambos contienen el aliento. En su mano está, por fin, el teléfono de Sarah.

Elvis lo sujeta con ambas manos y lo observa en estado de shock mientras una avalancha de recuerdos fugaces invade su mente. El simple hecho de tener aquel dispositivo frente a él vuelve a conectar de golpe con todo lo que perdió.

—Lo voy a matar, Ed… —murmura sin apartar la mirada del teléfono mientras una lágrima le resbala por la mejilla.

Edward reacciona al instante y lo agarra por los hombros, tratando de devolverlo a la realidad antes de que la rabia termine dominándolo.

—¡Eh, Elvis, reacciona, tío! Ya tenemos la prueba. Esto es justo lo que necesitamos para hundirlo. Lo denunciaremos, ¿me oyes? No arruines esto. ¡Vámonos de aquí, ahora mismo!

Pero Elvis apenas logra escucharlo. Imaginar a Sarah encerrada en aquel sótano le revuelve el estómago.

Casi puede sentir sus gritos impregnados entre las paredes y cada recoveco de la estancia, imaginando el forcejeo, el miedo que debió de sentir y el momento en que su teléfono pudo deslizarse bajo aquel estante mientras luchaba por su vida.

Una voz retumba entonces desde las escaleras del sótano y lo arranca de aquel estado.

—¡Quietos ahí, hijos de perra…!

Ambos se giran de golpe.

David comienza a descender los escalones apuntándolos con la escopeta que había mantenido cerca del sofá desde que comenzaron los fenómenos paranormales, preparado para defenderse de quien creyera que llevaba meses entrando en su casa y atormentándolo.

—Ni se les ocurra hacer una estupidez —advierte con voz fría mientras continúa bajando.

Mientras tanto, en el porche, Colin intenta echar abajo la puerta principal con varios empujones y patadas, pero la madera no cede ni un milímetro.

Rebeca comprende enseguida que seguir golpeándola solo les hará perder tiempo, así que corre hacia una de las ventanas, levanta el bate y la revienta de un golpe.

Los cristales caen hacia el interior. Utilizando el mismo bate, barre con cuidado los fragmentos que permanecen sujetos al marco antes de empezar a colarse por la abertura.

—¡Por aquí, Colin! —grita, llamando a su amigo.

En el sótano, Edward aprovecha un instante de distracción y lanza su propio móvil contra David, estrellándoselo directamente en la frente.

El impacto consigue hacerlo tambalearse lo suficiente para que Elvis guarde rápidamente el teléfono de Sarah en el bolsillo y se abalance sobre él con una rabia descontrolada, intentando arrebatarle la escopeta.

Ambos entran en un forcejeo violento. Elvis trata de apartar el cañón mientras David se resiste con toda su fuerza hasta conseguir deshacerse de él con una patada que lo lanza contra el suelo.

Edward tampoco desperdicia la oportunidad.

En cuanto ve a David distraído mirando a Elvis, toma impulso y se lanza contra él con intención de reducirlo antes de que pueda volver a apuntarles.

Sin embargo, David reacciona con un reflejo sorprendentemente rápido y lo recibe con un culatazo directo en el rostro.

Edward no alcanza siquiera a protegerse.

El golpe lo hace caer de rodillas con un gemido antes de desplomarse junto a su amigo.

David recupera el control de la situación y vuelve a apuntarlos con la escopeta, acompañando el gesto con una sonrisa torcida que apenas disimula el odio acumulado en su expresión.

—Esto es allanamiento de morada, chicos. Nada me impide volarles la cabeza por los putos aires —dice con una calma inquietante.

Después fija la mirada especialmente en Elvis y coloca el dedo sobre el gatillo.

—Tú serás el primero en morir… cabronazo.

Pero antes de que pueda disparar, Rebeca aparece en lo alto de las escaleras.

—¡Ni hablar, monstruo! ¡No harás más daño a ninguno de mis amigos!

Sin pensarlo dos veces, se lanza de un salto escaleras abajo y utiliza todo el peso de su cuerpo para placarlo cayendo encima de él.

El impacto desvía el arma justo cuando David aprieta el gatillo. El disparo atraviesa uno de los pequeños ventanales superiores que dan a pie de calle.

En la casa de enfrente, una pareja que se encuentra haciendo el amor se sobresalta al escuchar el ruido. El hombre, todavía encima de ella, se incorpora bruscamente y dirige la mirada hacia la ventana.

—¿Qué ha sido eso, cariño? —pregunta la mujer, alarmada mientras se aferra a las sábanas.

Él permanece unos segundos escuchando, tratando de identificar el sonido.

—Creo que ha sido un disparo… Pide refuerzos, nena, y no salgas de aquí. Yo voy a ver qué ocurre.

Se levanta de la cama, coge su pistola y la placa de policía antes de dirigirse hacia la salida.

Mientras tanto, en el sótano, David consigue recuperar parcialmente el equilibrio y dispara otra vez a ciegas. El tiro falla y destroza un piano polvoriento situado en uno de los laterales. Rebeca aprovecha que está desorientado para levantar el bate y golpearlo con fuerza en el hombro.

David se dobla por el dolor, permitiendo que los jóvenes dispongan de unos segundos para escapar.