CAPÍTULO VII
TE DECLARO CULPABLE
La noche se vuelve cada vez más fría. La lluvia arrecia, el cielo truena y, de vez en cuando, los relámpagos atraviesan la oscuridad dibujando raíces eléctricas en lo alto.
—¡Joder, qué frío… no siento los dedos! —se queja Elvis, estremecido mientras el vaho escapa de su boca.
—Shh, baja la voz, nos podría oír. ¿Estás listo para entrar? —pregunta Edward.
Elvis asiente.
—Bien. Una vez dentro nos comunicaremos por mensaje de texto. Venga, te ayudo a entrar… ¡yo te aúpo!
Elvis lo mira desconcertado.
—Perdona, ¿que tú qué?
—¡Que te aúpo! ¡Que te impulso con las manos, hombre!
—Ah… Joder, con el ruido de la tormenta te entendí «yo te escupo».
Elvis apoya el pie sobre las manos entrelazadas de Edward y, con un fuerte impulso, consigue alcanzar la ventana del baño. Se agarra al marco y comienza a introducirse con cautela.
—¿Ves algo? —murmura Edward desde abajo.
—Está muy oscuro… no veo nada de nada —responde Elvis.
Al intentar introducir el primer pie, no se percata de que justo bajo la ventana hay un mueble cuya superficie está cubierta por una placa de mármol.
La suela resbala nada más tocarla y Elvis pierde el equilibrio, cayendo de bruces contra el suelo con un golpe lo bastante fuerte como para escucharse desde otras habitaciones.
En el salón, David alza una ceja, molesto.
—¡Maldita casa de los huevos! —gruñe, dando un manotazo contra el reposabrazos del sillón—. ¡Todas las noches la misma mierda!
Fuera, Edward se inquieta al escuchar el golpe.
—¿Eh? ¿Estás bien, colega? Voy a entrar —susurra.
Da un par de pasos hacia atrás, toma impulso y consigue alcanzar también la ventana. Introduce el primer pie mientras Elvis, todavía recuperándose de la caída, intenta advertirle desde abajo.
—Cuidado, Ed… yo me tropecé con el…
No consigue terminar la frase. Edward pisa exactamente sobre la misma placa de mármol, resbala y cae de golpe junto a él.
Elvis lo observa desde el suelo.
—… el mueble —concluye.
Edward aprieta los dientes, haciendo un esfuerzo por no quejarse en voz alta.
—Ay, Dios… vaya leche me he dado. Me he partido la crisma.
David escucha también el segundo golpe desde el salón. Esta vez se incorpora del sofá completamente cabreado, arroja el mando de la televisión a un lado y comienza a avanzar hacia el baño con el gesto torcido, siguiendo la procedencia de aquellos ruidos.
Antes de que pueda llegar, la casa comienza a agitarse en la penumbra como si un pequeño temblor recorriera sus cimientos.
Golpes procedentes de otras habitaciones retumban de repente en distintos puntos, como si una presencia invisible estuviera intentando desviar deliberadamente a David de su camino.
Edward consigue incorporarse con la ayuda de Elvis mientras observa alrededor, alarmado.
—¡La leche…! ¿Qué coño ocurre ahora, un terremoto? ¿En serio?
Elvis lo comprende antes que él.
—¡Es Sarah! —susurra—. Está intentando distraerlo para cubrirnos.
Desde la cocina estallan varios golpes de loza al mismo tiempo que las luces comienzan a parpadear de forma vertiginosa. La distracción consigue exactamente lo que Sarah pretende: ganar unos segundos para que ambos encuentren dónde esconderse.
David cambia inmediatamente de dirección y se dirige hacia la cocina.
Cuando entra, se queda impactado ante la escena.
Los platos, los vasos, los cubiertos e incluso la tostadora permanecen suspendidos en el aire, sostenidos por una fuerza invisible. Durante un instante no consigue comprender lo que está viendo, hasta que varios objetos salen disparados de repente hacia él.
—¿¡Quién demonios hace esto!? ¿¡Qué narices queréis de mí!? —grita.
David agarra una bandeja y la utiliza como escudo mientras la loza comienza a estrellarse a su alrededor.
En el baño, los ojos de Elvis y Edward se han acostumbrado un poco más a la oscuridad.
Elvis reacciona primero. Abre las puertas del mueble situado bajo el lavamanos y, al comprobar que el hueco es lo suficientemente amplio, se introduce en su interior de cuclillas, encogiendo todo lo posible el cuerpo.
Edward, en cambio, permanece unos segundos paralizado mientras busca desesperadamente otro escondite. El baño es pequeño y apenas ofrece lugares donde ocultarse.
Desde la cocina, los golpes cesan repentinamente.
Calderos, utensilios, fragmentos de cristal y restos de porcelana ahora cubren el suelo como un pequeño campo de batalla doméstico.
David aparta la bandeja y observa el destrozo con la respiración agitada.
Entonces vuelve a recordar los golpes del baño.
Comienza a recorrer lentamente el pasillo en aquella dirección. Sus pasos resuenan bajo las botas con un ritmo pesado y constante, acercándose cada vez más a los intrusos.
Edward escucha sus pasos acercándose.
Cada pisada aumenta la presión que siente en el cuerpo y acelera aún más su corazón. Mira desesperadamente alrededor hasta que, sin encontrar otra alternativa, se mete dentro de la bañera y corre la cortina para ocultarse tras ella.
Los pasos se detienen frente a la puerta, y el pomo gira bruscamente. David abre la puerta y enciende la luz. Al mismo tiempo da una intensa calada al puro mientras toda la estancia queda iluminada de golpe.
Edward descubre demasiado tarde un pequeño detalle que desde la oscuridad no había podido apreciar. La cortina de la bañera es parcialmente transparente.
Durante un instante, ambos permanecen inmóviles, mirándose cara a cara sorprendidos.
El puro cae de la boca de David mientras su expresión pasa del desconcierto a una furia inmediata.
—¡Hijo de perra! —gruñe.
Se abalanza sobre Edward, descorre la cortina de un tirón y lo agarra violentamente por la camisa.
Lo levanta casi en el aire mientras lo saca de la bañera y, sin darle tiempo a reaccionar, lo zarandea hasta estamparle la cara contra el espejo.
El cristal se resquebraja formando una telaraña brillante alrededor del punto del impacto.
Edward cae al suelo aturdido, tratando de recuperar el sentido mientras una fina línea de sangre comienza a deslizarse por su frente. David hace sonar los nudillos y lo contempla con una expresión cargada de rabia.
—Sabía que estos fenómenos tenían una explicación.
No sé quién eres ni cómo has hecho el truco de la cocina, pero ahora mismo eso me importa una mierda —dice con una sonrisa cínica—.
Nos vamos a divertir un rato tú y yo. Voy a darte una paliza y luego alegaré defensa propia cuando te entregue a las autoridades.
Desde debajo del lavamanos, Elvis escucha la amenaza y decide intervenir.
Sale disparado del escondite y se lanza sobre David por la espalda como una fiera.
El impacto hace que ambos pierdan el equilibrio y caigan dentro de la bañera.
Durante el forcejeo arrancan la cortina al intentar agarrarse a cualquier cosa mientras intercambian golpes violentos en un espacio demasiado estrecho para moverse con libertad.
Para sorpresa de los jóvenes, David se defiende con una fuerza mucho mayor de la que esperaban. Sus puñetazos golpean contra la porcelana cada vez que fallan, retumbando dentro de la estancia como martillazos.
Finalmente consigue incorporarse y agarra a Elvis por la camisa. Con un fuerte tirón lo saca de la bañera y lo obliga a ponerse en pie, todavía mareado por el forcejeo.
David le propina un puñetazo seco en las costillas mientras Elvis se encoge por el dolor y el asfixie, y antes de que pueda reaccionar recibe otro golpe directo en el rostro. La sangre comienza a brotarle mientras retrocede varios pasos y termina cayendo de culo contra el suelo.
Edward consigue incorporarse mientras la sangre continúa deslizándose por su frente. Busca rápidamente algo con lo que defenderse, agarra un frasco de loción de uno de los estantes y lo estrella con todas sus fuerzas contra la nuca de David.
El vidrio revienta al impactar y los fragmentos le hace varios cortes en la palma de la mano a Edward, pero el golpe apenas consigue detener a David. El hombre se tambalea durante unos segundo parecido a una bestia irritada que a alguien verdaderamente debilitado.
Elvis y Edward aprovechan ese pequeño margen y salen del baño a toda prisa, desesperados por encontrar el teléfono de Sarah y largarse de aquella casa cuanto antes.
Al ser bastante más ágiles que David, consiguen ganar algo de distancia mientras atraviesan el pasillo. Elvis saca el móvil con las manos temblorosas y abre la aplicación para seguir la ruta exacta hacia el dispositivo de Sarah.
—¡Maldita sea, somos dos contra uno! ¡¿Cómo es que no hemos podido con él?! —grita, jadeando mientras corre.
—¡Es un jodido animal! —responde Edward—. ¡Encontremos el dispositivo y larguémonos de aquí cagando leches!
De repente, la casa vuelve a temblar.
La sacudida hace caer libros, lámparas y pequeños objetos de los muebles. Incluso el televisor del salón pierde el equilibrio y termina estrellándose contra el suelo. Las luces titilan mientras las paredes vibran como si un gigante estuviera zarandeando la vivienda desde el exterior.
David intenta salir del baño para perseguirlos.
Pero Sarah vuelve a intervenir. Cerrándole la puerta del lavabo violentamente justo cuando está apunto de cruzar el umbral y golpea a David de lleno en el rostro.
El impacto lo lanza hacia atrás y le rompe el tabique de la nariz, haciendo que caiga al suelo aturdido.
La enorme fuerza del portazo deja parte de la madera astillada.
David se lleva una mano al rostro y, al apartarla, contempla sus manos cubiertas de sangre, y su furia aumenta todavía más. Se incorpora y comienza a patear la puerta una y otra vez hasta que finalmente consigue hacerla ceder.
Sale al pasillo con la cara ensangrentada. Las luces continúan parpadeando. Y entonces ve algo que jamás pensó que vería en su vida. Entre uno de aquellos destellos, la silueta de Sarah aparece frente a él.
Su figura posee un aspecto tétrico, David se detiene en seco, completamente perplejo e incapaz de creer lo que está contemplando.