Te declaro culpable CAPÍTULO VI #4
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CAPÍTULO VI #4

Las viviendas, de dos plantas, se alinean en filas a lo largo de una vía amplia.

Tienen fachadas claras y tejados oscuros, cada una con su propio garaje y un pequeño porche en la entrada.

El asfalto es liso y se funde con unas aceras despejadas que avanzan paralelas entre franjas de césped cuidadosamente mantenido.

Las farolas iluminan la calle con una luz débil, transmitiendo una extraña sensación de orden y tranquilidad.

Es uno de esos vecindarios donde, al menos en apariencia, nada parece estar fuera de lugar.

No hay escaparates ni rastro de vida comercial, solamente viviendas extendiéndose a ambos lados de la carretera.

Rebeca observa el lugar a través de la ventanilla.

Edward reduce la velocidad hasta prácticamente detener el vehículo y comprueba de nuevo la ubicación.

—Bueno… al parecer ya hemos llegado. Es ahí. La ubicación señala hacia esa casa —dice, indicándola con el dedo.

Rebeca sigue la dirección que señala y observa la vivienda con atención.

—¡No estamos muy lejos del pueblo donde vive mi padre! David dijo que vivía por los alrededores… —recuerda, pensando en voz alta.

Elvis también fija la mirada en la casa. Las luces del interior están encendidas y, cuanto más la observa, más crece su rabia.

—Tiene las luces encendidas. ¡Estará en esa casa, tan tranquilo el muy cabrón! Voy a echar la puerta abajo ahora mismo y le daré su merecido.

Se dispone a abrir la puerta del coche, cargado de adrenalina, pero Edward reacciona de inmediato y lo detiene antes de que pueda bajarse.

—¡Eh! ¡Quieto, animal! ¡¿Qué leches crees que estás haciendo?! ¡Contrólate, hombre! ¿Es que quieres que nos maten a todos? Todavía no podemos confirmar quién está ahí dentro y tampoco sabemos qué estará haciendo.

Elvis vuelve a acomodarse a regañadientes, claramente frustrado.

—¡Muy bien, listo! ¡Pues decide tú! ¿Qué hacemos?

—Lo primero será que te calmes, porque así no nos sirves de nada.

Edward lo agarra por los hombros y le da un par de sacudidas mientras lo mira intensamente a los ojos.

—¿Estás calmado? ¿Puedes hacerlo? ¡Tío, te estoy preguntando si puedes hacerlo!

Elvis respira hondo, tratando de contener la rabia.

—Sí, joder… Puedo hacerlo.

Edward lo suelta al comprobar que ha recuperado un mínimo de control y dirige la atención hacia todo el grupo.

—Bien, porque solo tenemos una oportunidad. Un error tonto podría costarle la vida a cualquiera de nosotros. ¿Tenéis claro lo frágil que es esta operación?

Todos asienten y responden afirmativamente.

Una vez aclarado el asunto, Edward continúa explicándoles el siguiente paso del plan.

—Primero me acercaré yo solo al buzón. Por suerte está alejado del porche y casi a pie de calle.

Allí comprobaré el nombre del tipo. Nos comunicaremos por mensajes, así que estad atentos y poned los móviles en vibración.

Luego os avisaré para que Elvis se acerque también y podamos acechar al tipo sin llamar demasiado la atención.

Rebeca, todavía preocupada por lo que puedan encontrar allí, hace una última advertencia:

—Por favor, observad bien. No demos por hecho que solo haya una persona… podrían ser varios. Incluso podría tener un perro guardián. Tened mucho cuidado.

Edward y Elvis asienten. Saben que Rebeca podría tener razón y que no es momento de bajar la guardia.

Edward continúa aclarando el plan para asegurarse de que ninguno cometa un error.

—Después entraremos. Pero antes… Beca, ¿recuerdas el apellido de David?

Rebeca lo mira casi ofendida por la pregunta.

—Por supuesto que sí. ¿Cómo olvidarlo? Hudson. David Hudson.

—Perfecto. No perderé más tiempo. Voy a comprobarlo.

Edward baja del vehículo y comienza a deslizarse entre las zonas más oscuras de la calle, procurando evitar la luz directa de las farolas. Cuando llega al buzón, se agacha frente a la pequeña placa y entrecierra los ojos, forzando la vista para distinguir el nombre.

Está demasiado oscuro y la iluminación de la calle apenas alcanza aquella pequeña chapa metálica.

Después de intentarlo durante unos segundos, saca el móvil y enciende la pantalla con un brillo moderado, suficiente para iluminar la placa sin llamar demasiado la atención.

Entonces consigue leerlo.

Desde el coche, los demás observan cada uno de sus movimientos, pendientes de que envíe algún mensaje o haga alguna señal.

De pronto, los tres teléfonos vibran prácticamente al mismo tiempo.

Edward acaba de crear un chat de grupo.

El mensaje aparece en sus pantallas:

«¡Es él! ¡Es David Hudson! Voy a rodear la casa para ver si está solo».

Rebeca fija la mirada en el texto.

La confirmación de que el teléfono de Sarah se encuentra en una propiedad perteneciente a David hace que la rabia ascienda por su interior como el mercurio de un termómetro en pleno verano.

Deja escapar un resoplido y trata de mantener el control mientras siente que todas las sospechas que la han perseguido desde la muerte de su hermana empiezan a encajar frente a ella.

Junto a la rabia se cuela también una amarga sensación de satisfacción.

No porque disfrute de lo que están descubriendo, sino porque, después de tanto tiempo, algo parece confirmar que nunca estuvo equivocada respecto a David.

Unos minutos después, los móviles vuelven a vibrar.

Otro mensaje de Edward:

«Ya puede venir Elvis. Entraremos por la ventana del lavabo. Está entreabierta. Parece que solo está él en la casa, sentado en el sillón del salón, fumándose un puro y bebiendo cerveza».

Elvis se dispone inmediatamente a abrir la puerta del coche, pero Colin levanta una mano y lo detiene.

—Espera. Edward está escribiendo algo más.

Elvis vuelve a mirar la pantalla.

Pasan unos segundos, pero no llega ningún mensaje.

Rebeca frunce el ceño.

—¿Por qué escribe tan lento? —masculla, impaciente.

En la pantalla continúa apareciendo el aviso:

Escribiendo… escribiendo… escribiendo…

Los tres esperan.

Escribiendo… escribiendo… escribiendo…

Finalmente aparece el mensaje:

«¿A qué narices estáis esperando? ¡Que Elvis mueva el culo hasta aquí, ya!»

Elvis pone los ojos en blanco, abre la puerta y baja del coche.

Aprovechando las zonas más sombrías de la calle para mantenerse fuera de la vista desde las ventanas, avanza hasta reunirse con Edward. Una vez juntos, ambos se aproximan con cautela hacia la ventana del baño situada en uno de los laterales de la casa.

Se asoman al interior.

Pero desde allí apenas distinguen el brillo tenue de los azulejos y la silueta de la cortina de la bañera.